sábado, 29 de agosto de 2009

Malas palabras

Decir malas palabras. Decir muchas malas palabras. Sentarse después del almuerzo en algún cafecito de medio pelo a tomarse un tinto, fumarse un cigarrillo y ambientar la conversación con miles, millares de malas palabras. Morirse de la risa. Inventarse insultos. Decirles a los amigos las más fuertes, las más grotescas, las más asquerosas, sólo por cariño, para luego reírse otra vez. Como me faltan mis amigos. También mis amigas. Pero mis amigos eran una fuente inagotable de malas palabras, siempre divertidas y oportunas. “Venga, como le digo, pedazo de (---). O fue que su (---), no le (---). Esto es mucho (---).”

Extraño sentido de la amistad que nos permitía vociferar montañas de sandeces, solo para enfatizar malos chismes y poder reírnos más.

Me faltan mis amigos. Lanzar al aire desmesurados insultos. Inventar épicas ofensas. Sólo por cariño. Reírse hasta reventar.

“Etre ronde c’est chic!”

La carátula de la revista Elle del mes de julio promociona en la primera página un artículo llamado: “Etre ronde c’est chic!”, que podría traducirse como: “Tener curvas o ser curvilínea, es estar a la moda”. Al interior un artículo sobre como la industria de la moda ha dado un “gran salto” y ha empezado a diseñar para mujeres de tallas superiores a la 42, para Colombia talla 12. Entonces cuentan casos y muestran ejemplos de cómo las marcas que han sacado colecciones especiales para dichas mujeres han tenido gran éxito. El articulo está acompañado por las fotos en blanco y negro de una mujer preciosa “pero” talla 44. Esta peinada al estilo de Frida Kalo. Hablan de ella, de su excepcional belleza y de cómo es una de las modelos más reconocidas en su “estilo”.

Estamos en verano. En verano no se piensa. Uno simplemente compra revistas frívolas para que lo entretengan mientras se queda dormido por el calor abrazador. Termino el artículo y me abandono al motoso post-almuerzo. Me despierto renovada. Miro la portada de la revista. A pesar de promocionar que tener curvas está de moda, la modelo de la carátula es talla 36, 6 u 8 para Colombia. No es tan linda como la modelo del artículo. Vuelvo a mirar el texto en mención.

Ahora resulta que hay que darle las gracias al mundo de la moda por diseñar para las mujeres reales. Les dio por tener un compromiso con lo femenino. Una posición frente a la anorexia y otras enfermedades que ellos mismos promueven. Mentira. El 60% de los norteamericanos tienen problemas de obesidad y se calcula que en 10 años Inglaterra va a tener la misma cifra. He leído como en este último país hay niños que nunca han probado una fruta fresca y al incluírselas en los almuerzos de los colegios públicos, las botan a la basura sin probarlas. El mundo de la moda no se ha comprometido con nada, es pura y simple participación en el mercado. Un buen negocio. Cifras. Hechos y datos. Siempre me pregunte si la industria de la moda no sabía que había niñas ricas gordas. Las mujeres siempre atrapadas en estas mentiras, se angustian, sueñan y se amargan. La modelo del artículo es mil veces más linda, que la de la carátula, pero Elle, tiene sus políticas. Nos harán el favor de hablar de las mujeres curvilíneas. ¿Pero darles la carátula? No, “su compromiso” no llega tan lejos.

domingo, 23 de agosto de 2009

Los perfectos

Los perfectos van por el mundo contando sus proezas, sus logros personales, sus buenas decisiones. Se ufanan de sus casas impecables, de sus hijos aplicados con el tiempo y la disciplina para aprender latín y tocar el violín entre otras actividades; de sus esposas siempre lindas que los esperan con un escocés en las rocas luego del trabajo.

Hombres magros con tiempo para el último best-seller, para el deporte, para la familia. Camisa a rayas y saco de lagartico sobre los hombros. Mujeres impecables, atractivas, atléticas, preferiblemente rubias, que siguieron idénticas después del parto de los trillizos. Con agendas organizadas para combinar el hogar con algún lucrativo negocio personal.

He estado cerca de varios perfectos. He trabajado con ellos. Han sido clientes, amigos, contrincantes, conocidos. Los he soportado silenciosamente, preguntándome siempre como lo hacen. Siempre con la solución en la punta de los labios. Siempre con expresiones superlativas de lo fácil que es hacer las cosas. Siempre en el ejercicio de recordarnos su perfección.

Pero la vida me ha premiado. Uno a uno los he visto resbalarse, patinar, caer. Quejarse. Deprimirse. Bajar al infierno de lo normal, lo bueno, lo imperfecto, lo posible. Los he acompañado, oído, aconsejado. Finalmente nosotros, los imperfectos, sabemos que todo lo que sube baja y a veces vuelve y sube. No sabemos cuándo, pero somos más pacientes.

Lo que más me divierte es que los perfectos piensan que los demás, además, no tenemos memoria y después de caer fingen que no ha pasado nada. Ingenuos. ¿Cómo se nos podría olvidar? Y pienso en la historia de mi abuela de un hombre anciano que les vende a los curas un árbol de cerezo para hacer un santo. Al entrar a la iglesia y el observarlo, el hombre repetía: “Yo que te conocí verde cerezo, no te puedo olvidar y no te rezo.”

sábado, 22 de agosto de 2009

Galleta de la suerte

Otro domingo solos tu y yo. A diferencia del último, yo estaba de mejor ánimo. Tu siempre sonriente y feliz me acompañaste juicioso en el viaje a Toulon. Luego esperaste estoicamente a que mirara todos los puestos del mercado callejero. Encontramos un restaurante asiático atenido por una familia “asiática”. Me da pena que echamos en un mismo saco a chinos, japoneses, vietnamitas… Debemos parecerles unos ignorantes e irrespetuosos. Nos atienden como reyes. Están encantados contigo y te traen un platico de arroz cantonés que te comes hasta el final. Más tarde me daré cuenta que fue una cortesía y que no nos lo cobraron. La mamá de la familia te trae de regalo una galleta de la suerte que por un lado dice: “You are sociable and entertaning”, y por el otro: “Vous etes sociable et amusant”. La traducción sería: "Usted es sociable y divertido". Es increíble lo que uno puede aprender en un almuerzo: Primero que las galletas de la suerte son políglotas y segundo, que son increíblemente acertadas.

viernes, 14 de agosto de 2009

País extraño

Clarita querida,

Estoy en Francia visitando a mi sobrina. Te confieso que es una belleza de país y a la vez es muy extraño. Mientras ella cocina, lava y atiende al bebé aprovecha para explicarme como son las cosas acá, pero no he logrado entender (o creer) prácticamente nada. La relación entre ellos, entre franceses con franceses, es absolutamente incomprensible. Por ejemplo. Hay varios partidos políticos. Dos fuertes, uno de izquierda y uno de derecha. A veces no están de acuerdo. A veces sí. Cuando no están de acuerdo no se insultan, ni se amenazan, ni se mandan matar. Por ejemplo no se dicen ni paraco, ni guerrillero, ni facho, nada. Increíble. Yo no entiendo cómo hacen para no mostrar su odio, ni su deseo de venganza. Están locos, respetan al otro que no piensa como ellos. ¿Cómo hacen para aguantarse las ganas de dejarlo "falso positivo”?. No, ni idea. Pelean, se dicen cosas, se sacan los chiros al sol: sí, pero no parece que se odiarán. Más parece que son contrincantes no enemigos. Por ejemplo si uno de un partido se muere, los otros no se alegran, sino que le mandan el pésame a la familia.

Hay periodistas, humoristas, analistas y hasta gente del común que no está de acuerdo con el presidente. Y uno los ve por ahí. Libres. Nadie los amenaza. Nadie les allana la casa. No, nada. Y entonces ¿Cómo harán para que la gente le tenga miedo al presidente? ¿Para que sepan que él es el que manda? No, ni idea. Al señor Nicolás le hacen caricaturas, chistes, mofas, le sacan fotos de cómo lo tiene Carla de flaco. Y a veces él mismo se ríe de lo que dicen de él. Me imagino que otras veces “le sacan la piedra”, pero no se le nota tanto. Y lo más absurdo es que al otro día sus detractores siguen por ahí, libres, vivos, los ve uno haciendo mercado y lavando el carro como si nada. Yo no entiendo.

La gente no le tiene miedo al ejército, ni a la policía, ni a la gendarmería. Este verano se redujo el número de muertes en accidentes de tránsito y la gente le reconocía a los policías y a los gendarmes su buena labor. La gente piensa que el ejercito esta para protegerlos a todos y no solo a unos. Incluso no les dan recompensas por matar a los que piensan distinto. Claro los sueldos no son malos. Pero si uno piensa distinto al presidente no le tiene miedo al ejército. Es difícil de explicar, pero es como si a pesar de no estar de acuerdo con el presidente, uno tuviera los mismos derechos.

Si lo anterior no fuera suficiente, ahora descubro que el gobierno respeta a las ONGS y a los sindicatos. Por ejemplo lo que pasó esta semana. Imagínate que existe una ley que dice que según el número de hijos se reducen los años que una mujer necesita para pensionarse –otra excentricidad- y un señor demandó la ley y ganó, lo que implica que hay que modificarla, y el ministro salió a convocar a todas estas organizaciones para mirar las opciones y las alternativas en conjunto. Como si a un gobierno serio le importara lo que piensan todos esos hippies postmodernos que trabajan en esos sitios.

No, y lo peor no es eso. Imagínate que los campesinos protestaron por el precio en que los Hipermercados venden los alimentos que a ellos les compran muy baratos, y el presidente y los ministros ¡oyéndolos!. Acá si un hombrecito de estos protesta, a nadie se le ocurre que sea ni un guerrillero, ni un revoltoso. ¡Qué peligro! Yo acá si no podría vivir, tú te imaginas si la gentecita, los campesinos, los obreros tuvieran los mismo derechos que uno, cómo haría uno para saber quién es la gente de bien, la gente divinamente, los indios levantados, los arribistas… ¿Qué gracia tiene ser de clase alta? ¿Cómo sabe uno quien es?

Lo que más me preocupa es que a mi sobrina vivir acá no le ha quitado la pendejada izquierdosa y por el contrario se la ha reforzado: ayer la encontré llorando frente al computador leyendo un artículo de los 10 años de la muerte de Jaime Garzón. ¡Con ella, se perdió esa platica! Parece que ya sirvieron el almuerzo, luego te escribo.

Un abrazo.

lunes, 10 de agosto de 2009

La calidad

Calzoncillos y esqueleto blancos. Poco a la imaginación. Así se vestía a este hombre blanco de ojos y pelo negro con el que muchas, muchísimas se portaron mal. Sin importar los 8 grados centígrados promedio de las noches bogotanas, el llegaba cada noche del trabajo, se quitaba el vestido negro, la camisa blanca y la corbata de seda de algún color rechinante. Fuera quien fuera a su casa lo recibía en calzoncillos. Nunca se supo muy bien en que trabajaba y a sus espaldas le decían “el contrabandista”. Debía ganar mucho dinero para poder mantener a su esposa, a su mujer, a su mujercita y a su exesposa. Y a los 9 hijos que tenía repartidos entre ellas. Tuve la suerte de estar entre sus afectos por ser amiga de su hija consentida. Si alguien nos pegaba, nos molestaba, nos quitaba la cicla, corríamos donde él llorando, se asomaba a la ventana y miraba al implicado sin decir palabra, pero le daba a entender: “Te estoy mirando y se dónde vives pendejo”. Hasta ahí les llegaba la valentía.

Yo lo quería mucho por eso y porque en su casa aprendí a bailar salsa. Hombre de pocas palabras que se hacía entender. Cuando tenía algún problema con Jhonatan, uno de sus hijos calaveras, le decía: “¿Qué se le dijo Jonatancito? ¿Qué se le dijo?”. Era claro que le había dicho y lo que él no había hecho. Alguna vez me pidió que le ayudara a redactar unas cartas y para agradecerme dijo: “La calidad, mija, la calidad.” No podía existir un mejor cumplido.

Pero lo mejor eran sus amenazas. Perfectas. Cortas. Elocuentes. Como deben ser las amenazas. Sencillas. Mínimo de palabras, máximo de impacto. Nunca olvidaré esa noche. La administradora del edificio venía a amenazarlo con quitarle el parqueadero, porque estaba colgado en dos cuotas de administración. Había amigos de la señora colgados en más 20 cuotas. Pero a ella le dolía no estar entre sus afectos. La escucho 20 minutos de cantaleta, en calzoncillos y sin musitar palabra. Cuando ella terminó dijo: “Mi señora, usted haga lo que tenga que hacer, que yo hado lo que tenga que hacer.” Ella abrió los ojos y él cerró la puerta. Ella no hizo nada y él se puso al día unos meses después.

Siempre que hago este bendito trámite pienso en él. Esta señorita me mira como si me estuviera haciendo un favor. A pesar de que atenderme es su trabajo, me dice hipócritamente condescendiente que va a mirar que puede hacer, a sabiendas de que mis papeles están correctos. Y yo me pregunto cómo se dirá en francés: “Usted haga lo que tenga que hacer (…)”. Pero como sea, mañana mismo lo averiguo.

jueves, 6 de agosto de 2009

Habas

Yo no me quejo. Por lejos que uno se vaya, siempre hay alguien que lo acompaña: uno mismo. La habilidad de ser feliz, de adaptarse, de cambiar, de mimetizarse… Es la misma aquí o allá. Uno se va con lo que es y en la medida que se administre, logra estar bien la mayor parte del tiempo. Yo vivo en un pueblito lindo (a veces demasiado lindo para mi gusto, y también demasiado pueblito), tengo un esposo chévere, un niño al que adoro, desde mi balcón se ve el mar. Pero obviamente vivo partida en dos. Extraño cosas, personas, lugares y tengo miedo de que al volver ya no existan o hayan cambiado. Me extraño también a mí misma, o a la que era, pero eso no quiere decir que la nueva yo, no me divierta: Si antes era despistada, si antes tenía un humor negro y oscuro, si antes lloraba por cualquier cosa, eso sigue estando ahí, pero el cambio de escenario genera resultados inesperados. La conciencia de mi despiste me ha hecho volverme ordenada y un poco más cuadriculada. Mi sentido del humor es peligroso y si a mis amigos de antes los divertía, a mis nuevos amigos los asusta. Y llorar por todo, se redujo a tener ganas de llorar y aguantárselas para no asustar a mi niño o al menos para no contagiarlo de nostalgias ajenas.


Me volví ligera. Viajo liviano. A veces salgo sin maquillaje. Uso ropa de promoción. Ya no tengo estrato. Ya no soy ex alumna de ninguna parte. Ni socia de nada. Ni VIP, ni millas, ni puntos. Ahora soy inmigrante pero eso sólo lo siento a veces en los trámites o con alguna cajera impaciente. Un día soy invisible, transparente; y al siguiente me siento como un papagayo en una reunión de osos polares.

No soy ni más ni menos feliz. La vida no es una película gringa que se resuelve con un beso a contraluz. La felicidad no tiene nada que ver con vivir en el Primer Mundo. En las autopistas de 10 carriles no hay puestos de mazorcas. A veces la civilización es más inhóspita que el desierto más seco. Acá no hay misceláneas, ni servicio a domicilio, ni aguacates en el semáforo. Y muchos dirán que esas cosas son sintomáticas del subdesarrollo, que son una vergüenza, que no vamos para ninguna parte. Algún imbécil nos dijo que lo que somos no era suficiente. Algún atrevido nos trató de narcotraficantes y no mencionó que cada país tuvo su historia y sus tragedias. Acomplejados no preguntamos cuantos Nazis había en sus familias, si sus tíos bombardearon Hiroshima, si sus antepasados traficaban con esclavos, o si deforestaban las selvas.

A mí que me muestren un país sin suegras, sin intolerancia, sin racismo, sin hipocresía. Sin empleados públicos intransigentes. Sin ancianos solos. Sí, es verdad, acá los niños no se mueren de hambre, pero el origen de esa riqueza es el oro de alguna colonia, o los diamantes de sangre o el buen negocio de las armas y la guerra.

Yo no soy ni más ni menos feliz. Yo sólo miro cómo se cuecen las habas de aquí y de allá. Ni mejores ni peores. Solo habas.

Artículo especial para Conexión Colombia.

martes, 4 de agosto de 2009

Destino esquivo

Cuando llegue a Francia por primera vez me preguntaban si yo sabía bailar como Shakira, a lo que yo contestaba que no, que yo si sabía bailar. Luego me preguntaban que si yo había conocido a Ingrid, a lo que yo contestaba que los que no la conocían eran ellos. Después me toco traducir al francés "La camisa negra" de Juanes, como si algo así tuviera traducción. Y ahora me van a preguntar que si yo soy una "Loba" como Shakira. Destino esquivo.

sábado, 1 de agosto de 2009

Andorra

Andorra es un principado ente España y Francia que al igual que Panamá o Luxemburgo permite que el comercio esté exento de impuestos. Como no estábamos tan lejos, aprovechamos para visitarlo. En resumen es una horrible región, con una horrible ciudad, llena de centros comerciales y almacenes con todas las marcas más prestigiosas. Como en el resto de Europa estaban en “saldos”. Toda una ganga: Sin impuestos y con descuentos del 30, 40 y 50%. En una vitrina una camisa para el bebe. Linda y con el logo de la marca lo suficientemente grande para enfermar de envidia a los demás niños de la guardería. Preguntamos el precio. Sin los impuestos y después del generoso descuento del 50%, equivalía a 16 de las camisas que le compramos para el verano. Primero me dio risa y luego sentí una extraña liberación: Nada me obligaba a comprarla.

Sabiduría Mexicana

Conocí a una señora mexicana que vende artesanías en los mercados de los pueblitos de la región. Conversamos. Intercambiamos coordenadas. Nos reímos y llegamos invariablemente al tema de la “Crisis Mundial”.
- ¿Y se te han bajado las ventas desde la “crisis”?
- Si un poco… como si a los franceses realmente los afectara…
- A mí me parece que ha sido exagerado el cubrimiento que le dan los medios…
- Es que ahí está el problema: Un francés, por más estudiado que sea, piensa que todo lo que dice la televisión es verdad. Mientras que hasta el mexicano más pobre sabe que todo lo que sale en la televisión es mentira.
- Amén.

Como tú

Fin de las vacaciones. 8 horas de viaje en carro en medio de autopistas que parecían parqueaderos. Tu amarrado a tu sillita de bebé, dormiste, jugaste, gritaste, tomaste tetero, te untaste el pelo de galleta… Bendito sea Mac Donalds que nos permitió paradas técnicas donde pudimos hacer pipi, cambiar pañales, comer helado y jugar en los espacios para niños. Es el único lugar de la tierra donde no es terrible tener chinos malcriados, llorones e hiperactivos. La comida es horrible pero ¿A quién le importa?

Durante la última hora del viaje tu papá y yo cantamos “Manamana Patipitipi” para calmar tus gritos desesperados. Al final te uniste a la parte del “Manamana” y te pareció cursi el patipitipi.

Llegamos. Estabas pegado a la silla del sudor. Yo subí contigo y nos metimos a la ducha en el término de la distancia. Qué delicia. Te envolví en tu toalla de sapito y prendí la luz de tu cuarto. Al mirar todos tus juguetes dijiste: ¡WOW!, y te pusiste feliz como si fuera la primera vez que los vieras. Como si todos fueran regalos nuevos. Saludaste cada carrito, tus sapitos, tus perros, tus títeres…

Estabas feliz de volver a tu casa a pesar de que durante las vacaciones no saliste de la piscina, le hablaste a los animales del zoológico, comiste papas a la francesa en todos los almuerzos, subiste montañas y visitaste la cueva de las estalactitas.

Me preocupa que va a ser muy, muy, muy difícil educarte, porque la mayor parte del tiempo me gustaría ser como tú.

jueves, 23 de julio de 2009

Solicitud frívola y superficial

Querido Dios,

Mi hijito divino, gracias, mil veces más especial de lo que hubiera podido imaginar. Mi esposo, es un hombre bueno y amoroso, pero el matrimonio por más querido que sea el cónyuge, es de por vida y eso tiene sus inconvenientes. Francia, pues chévere si yo fuera francesa, pero no me puedo quejar. Generalmente no te pido nada. No lo hago por arrogancia. Pero tengo una solicitud, no sólo para mí sino para todas las mujeres del mundo. Esto mostraría tu compromiso con nuestra causa, tu reconocimiento a nuestra labor, la reivindicación de nuestro esfuerzo como madres, esposas, hermanas o amigas. Dios mío, por favor, haz que el oficio cuente como deporte y/o como actividad física. Que las horas que invertimos recogiendo juguetes, colgando y recogiendo ropa, ordenando cajones, cocinando, lavando la nevera, bajando la basura, subiendo el mercado, clasificando frascos y acomodando refractarias, buscando el zapato compañero, sacándole la mancha al tapete, echándole agüita a la mata, etc., etc. Dios mío que eso sea suficiente para quemar las calorías extras o en su defecto para dejarnos comer postre sin culpa. Que cuando vamos al nutricionista, el atrevido no pueda decirnos: - Señora, imposible que no le quede una hora libre al día para salir a correr. Si no pone de su parte, no hay nada que yo pueda hacer. – Y si lo anterior no se te da, no te sientas en deuda conmigo, con lo demás ya te luciste. Pero viniendo de tu parte, sería un detalle de fina coquetería. Amén.

viernes, 17 de julio de 2009

17 de Julio

Cerca a mi casa hay un cafecito que desde la prohibición de fumar en este tipo de establecimientos está de capa caída. El dueño decidió instalar un televisor para que durante el verano la gente venga a ver el Tour de Francia. En el paseo diario con el bebé nos detenemos, compramos una botellita de agua que compartimos y nos sentamos al lado de un hombre anciano a ver la etapa.

- El Tour ya no es lo que solía ser… - Comenta el hombre anciano. -
- Y ahora con los auriculares, la tecnología, el doping. ! Esos ya no son deportistas, son cyborgs! - Agrega el dueño del café en tono burlón. -
- ¿En su país conocen el Tour de Francia? - Me pregunta el dueño del café amablemente.-
- ¡Claro! Todos fuimos fanáticos del Tour gracias a Lucho Herrera y a Fabio Parra.
- Por supuesto Lucho Herrera, el rey de las montañas. - Aseguró el anciano. -
- ¿Se acuerda usted de él?
- Claro, los colombianos eran famosos por que subían paredes. Claro, entrenados en Los Andes. -

Yo no lo podía creer, era el primer francés que conocía a los colombianos por algo más que los temas de siempre y que además sabía que a Colombia la atravesaba la Cordillera de Los Andes.

- Yo era niña en el 85 cuando ganó la etapa entre Autrans y Saint-Étienne. Me acuerdo estar en piyama con mi hermano mirando el Tour por televisión. A pocos metros de la meta se cayó de la bicicleta y se rompió la cara, mi hermano y yo gritábamos como locos, pero Lucho se paró y ensangrentado atravesó la meta. Se podían oír los gritos en las otras casas.
- Ese año fue memorable.
- Si…
- ¿Y los colombianos no hacían doping?- Pregunta el dueño del café con la intención de que no termine la conversación.-
- Yo diría que no, pero sí comían panela…
- Ah sí, los ladrillos de dulce… - Comenta de nuevo el anciano que no deja de sorprenderme.-
- La panela es un alimento hecho a base del jugo de la caña de azúcar. Se puede comer directamente o usarla para endulzar bebidas y postres. Es energía pura.
- Yo me acuerdo que hicieron un reportaje en televisión sobre la panela, a propósito de los colombianos en el Tour.
- El señor Olivier es un erudito del ciclismo. - Comenta el dueño del café. -
- Del ciclismo y de muchas cosas más. -Agrego agradecida por la conversación. -

El señor Olivier me toma las manos y sonríe. La etapa termina, el niño esta acalorado y es hora de volver. Me despido.

Tal vez yo no tenga con quien celebrar el 20 de Julio, porque soy la única colombiana en kilómetros y kilómetros a la redonda, pero por 20 minutos me acordé de mi hermano, de Lucho Herrera, de las vacaciones en piyama hasta medio día, de la panela que me comía de la despensa.

En mi corazón y por 30 minutos, celebré por primera vez la fiesta de la Independencia, aunque fuera 17 de julio y no 20.

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Artículo especial para celebración del 20 de Julio de Conexión Colombia.

3 pasos

Tres pasos entre la silla y tu mamá. Mamma, mammma, dices y llegas con los bracitos abiertos para agarrarte de mi pierna. Caminas. Momento glorioso. We are the champions, we are the champions… Eres libre. Puedes ir a donde quieras. Si quieres podemos ir juntos, pero aunque solloce y me lamente, cuando quieras ir solo, dímelo. Ojalá hayas heredado los pies fuertes de tu papá que parece una cabra subiendo montañas. Ojalá siempre tengas zapatos cómodos que no te amarguen el paseo. Si te parece delicioso caminar, no te imaginas el placer que sentirás al correr, brincar, bailar… Lo delicioso que es pararse e irse. Perderse por ahí para volver a encontrarse. Atravesar ciudades. Recorrer caminos. Caminar en la punta de los pies para no hacer ruido. O usar zuelas ruidosas para que todos sepan que llegaste. Caminas tú solito. Sin ayuda. Pero con una certeza: siempre vamos a estar ahí para ti.

lunes, 13 de julio de 2009

Anexo culinario

Alguna vez le pregunté a mi esposo qué comía cuando era niño. En mi papel de esposa recién casada quería aprender a preparar sus platos favoritos. Murmuró: Conejo. Yo no sé prepararlo, pensé. Me repugna verlo en las bandejitas desnudo y estirado. Y matarlo yo misma, ni soñarlo. Acuciosa llame a mi cuñada a preguntarle si ella sabía algo al respecto. A lo que ella respondió:

-“Cuenta la leyenda que nuestra suegra no era (es) amante de cocinar. Para alimentar a sus tres hijos varones, cuando su esposo –también gendarme- estaba de misión, mataba 3 conejos, los cocinaba entre ajos y cebollas y los servía con queso y pan. Dependiendo de la duración de la misión del padre, se contaban las semanas de almuerzo y comida con conejo.”

Podría estar exagerando, así que le pregunté a mi suegra.

- Conejo. Tú sabes, a los niños les encanta el conejo.

Una semana después, mientras hacíamos mercado tomé una bandejita de conejo y la eché al carrito. Al verla mi esposo me miró espantado y dijo:

- ¡Guácatela! Yo odio el conejo.
- ¿Sí? Pero entonces dime qué te gusta.
- Yo gusto las pequeñitas cositas que tú haces. Que tú abres la nevera y sales dos cositas y me haces algo delicioso. (Literal del francesñol hablado por mi esposo.)

Tal vez lo que a mi esposo le gusta es la variedad. O la sorpresa. O los experimentos, que mezclan los productos franceses, con la sazón colombiana. Por esta razón escribo este anexo culinario, como la promesa de que conejo: ¡Jamás!

Pimentones rellenos de queso de cabra suave y jamón serrano.

Cojo 3 ó 4 pimentones rojos, que ojalá estén pesaditos, los lavo les quito el corazón y las pepas y los meto al horno entre 20 y 30 minutos. El horno debe estar en su temperatura máxima y se debe procurar que se quemen las cascaras y no la “pulpa”. Los saco, los dejo enfriar un poquito, los lavo con agua fría. En un recipiente hecho un poquito de aceite de oliva. Cada pimentón lo relleno con uno o dos rollitos hechos con las láminas del jamón serrano y con el queso de cabra suave, del que no tiene cáscara. Acomodo los pimentones sobre el aceite y los presiono para que se compacten unos contra otros. Esto lo tapo con papel de aluminio o una bolsa plástica y lo meto a la nevera. El ideal es hacerlo de un día para otro. Se puede cortar en tajadas. Se los sirvo al francés con pan ídem.

Papas con guiso de queso Enmental o Gouda.

Cocinar las papas hasta que estén blanditas. En una olla honda echar margarina y una cucharada de aceite. Picar en cubos grandes unos 6 u 8 tomates que estén maduros y preferiblemente rojos. Ponerlos en bajito entre la mantequilla y el aceite. Como en Francia no se consigue la cebolla larga colombiana, esta receta la he hecho con cebollín o con las colas verdes de unas cebollas blancas que se consiguen en los mercados. Así, picar las colas verdes, o el cebollín y echárselo a los tomates. La cantidad va en el gusto que el cocinero le encuentre al sabor de la cebolla. Dejarlo en bajito un buen rato hasta que le salga jugo a los tomates. Sal al gusto. Un minuto antes de servir, echar media taza de queso rapé que puede ser Enmental o Gouda. Revolver. Cuando se deslía el queso, apagar. Aprovechando el calor, echar media taza de crema de leche y revolver. Servir en una refractaria colocando primero las papas y luego el guiso.

Empanadas de duraznos de estación y almendras

Aprovechando que en Francia venden la pasta de la piza, la del hojaldre y otra que no sé cómo se llama en español, pero que sirven para hacer las tartas, me he dedicado a experimentar con el horno. Esta también pude hacerla gracias a que mi tío José Manuel me mandó el aparatico para hacer las empanadas.

Lavo unos 3 ó 4 duraznos maduros. Los meto a una olla con miel, uvas pasas y almendras picadas. Los cocino suavemente. Dejo enfriar la mezcla. Con la ayuda del aparatico de hacer empanadas, las armo con masa de hojaldre. Las meto en la nevera y antes de servirlas las horneo hasta que están doradas, unos 15 minutos a 400 grados. Las pongo calientes en un plato acompañadas de una bola de helado de vainilla.

viernes, 10 de julio de 2009

Efecto perverso 1

El último estudio sobre obesidad dice que las mujeres francesas son las más flacas de Europa. El mismo estudio confirma que también son las que se sienten más gordas.

Yo estoy esperando el estudio de cuáles son las mujeres más felices. Porque tengo una sospecha que de confirmarla acabaría con la publicidad, la moda, la industria cosmética y un área de la industria farmacéutica: La delgadez no es sinónimo de felicidad.

Efecto perverso 2

El 2008 fue el año en que nacieron más niños en Francia en los últimos 30 años. Antes de nacer los niños tienen derecho a un subsidio de 850 euros para preparar su llegada. Al nacer y durante 3 años tienen derecho a un subsidio mensual de 170 euros. A los 3 años entran al sistema educativo público que es gratuito. Las familias grandes tienen derecho a un subsidio adicional de acuerdo al tamaño y además tienen derecho al subsidio de alojamiento que les ayuda a pagar el arriendo. Las mujeres solas y/o divorciadas tienen derecho a otro subsidio adicional. Se han hecho cada vez más frecuentes las familias de más de 8 hijos de un solo matrimonio o recompuestas. En las conversaciones la gente no comenta que “está buscando el hermanito”, sino cuántos niños le faltan para un apartamento de 2 alcobas.

Los subsidios generan un efecto perverso: garantizan la supervivencia, pero matan la ambición y la necesidad de nuevos retos. Los mercados están llenos de mujeres exhaustas con los carritos llenos de niños insoportables. Muchas dejaron de estudiar o jamás lo hicieron a pesar de haber tenido la oportunidad de hacerlo. Le tienen terror al mercado laboral y pánico a construir sus propios negocios. Sueñan con tener una casa propia, pero sienten que es algo inalcanzable.

Existe la expresión de que una mujer que tiene muchos hijos “Ha trabajado bien para la Francia”. Yo que me cuestioné tantas veces sobre “para qué traer hijos al mundo”, ni en mis sueños más salvajes, pensé que fueran una forma de subsistir.

jueves, 9 de julio de 2009

Penélope

La perfección de este pueblo me deforma el cerebro. La limpieza de sus calles. La educación de sus gentes. Vivir en un lugar “perfecto” es tan agobiante que despierta mis demonios. Nunca he cerrado la puerta del carro. Incluso en verano lo dejo con las ventanas abajo. No tengo llaves de mi casa: la puerta está siempre abierta. La gente me saluda, pero difícilmente me habla. A veces me siento a conversar con el único mendigo que se alberga en el parqueadero de “Centre Ville”, pero incluso él, no vive en este pueblo. Las zonas que ocupan los árabes están tan bien delimitadas que ni siquiera hay conflictos. Todo es tan bonito, tan limpio, tan exacto que la gente se impacienta con la más mínima modificación a su agenda. Durante el verano, los lugareños suben a la montaña, para evitar el calor y el contacto con los turistas a quienes miran con desprecio. Yo por el contrario soy feliz de hablarles, porque en su ingenuidad y a pesar de mi acento, los turistas no tienen problema con que yo “viva” acá. A pesar de que en Francia la industria del turismo es una parte representativa del PIB, los franceses no sienten que nadie merezca estar en su país. Es muy difícil comer comida francesa, no solo por el precio, sino porque los meseros miran a sus clientes con desdén y les molesta tener que explicar los menús. En castigo, el mundo globalizado los ha invadido de MacDonalds, de restaurantes asiáticos y de pizzerías.

El domingo no soporté más el anonimato y me fui a Toulón, la cuidad más cercana. Mi esposo estaba de misión y caminé por ahí, para que no se me olvide lo que se siente tener sucia la zuela de mis zapatos. Toulón es un puerto sobre el Mediterráneo, que sin ser tan grande como Barcelona o Marseille, es habitado por franceses, árabes, africanos y otros tantos grupos no tan ricos, ni tan elegantes como los habitantes de mi pueblo. Compré cerezas y tiré las semillas al piso. Exhausta por el calor y mirando que mi niño tenía hambre, me senté en un bar de mala muerte a darle su sopa y a tomarme una gaseosa. Era la única mujer, y de pronto me vi rodeada de viejitos borrachos felices con mi presencia. Yo no soy lo que se dice una diva, pero a diferencia de las francesas y las árabes, saludo y sonrío. En el fondo tres señores me miraban y trataban de acordarse de algo… Finalmente lo hicieron. El más viejo de todos, se paró y vino caminando hasta mi dibujando una línea más curva que recta: “Madame, usted es tan bonita como Penélope Cruz”. Me dio tanta risa que le tomé las manos y le di las gracias. Mi niño también sonrió. Los otros señores me saludaban desde lejos. El barman se acercó a preguntarme si me estaban molestando. Le dije que no…

Benditas sean las calles sucias con bares de mala muerte. Los viejitos borrachos. Bendita sea la imperfección que me reconcilia con mis ángeles y apacigua mis demonios.

viernes, 3 de julio de 2009

Cerveza y aceitunas

Mi cuñada viene a despedirse de mí antes de salir dos meses de vacaciones a la casa de su mamá en Bosnia. Siempre me ha dicho que estoy invitada si quiero ir con ellos. En mi ignorancia geográfica descubro que Bosnia esta “ahí no más” al otro lado de Italia y que el viaje es de un día en autopista. Algún día voy a hacerlo. Viene y me trae sus dos matas consentidas para que les eche agua. Ella sabe que a mí no me germina un fríjol y que cuando compro una mata mi esposo la mira y le dice: Pobrecita, vas a morir. Alguna vez vino un señor a revisar las conexiones eléctricas y miró lo que quedaba de uno de mis proyectos botánicos y dijo: No sabía que en Ikea vendían matas muertas. Yo haré todo para que las de mi cuñada sobrevivan a este verano ardiente.

Mi cuñada coincide conmigo en dos cosas, ella también es inmigrante, aunque ella ya tiene la nacionalidad, y en la familia política. Estos dos “premios” los compartimos estóicamente y aunque no nos vemos todos los días, ella vive pendiente de mí y yo de ella. Por solicitud mía, le habla y le canta al bebé en Bosniac. Lo hace entre abrazos y besos llenos de verdadero amor. A veces entre cervezas y aceitunas compartirnos historias de guerra. Las mías, a decir verdad, vienen de la televisión, de los periódicos, de los amigos. Ella cuenta historias de necesidad, de carencia absoluta de recursos, de cómo no pudo hablar por casi dos años con su familia, de cómo su esposo en un acto heroico logró traerla a vivir a Francia.

Cuando estaba embarazada, me llamaba y me preguntaba si ya había hecho la comida, y dos minutos después llegaba su hija mayor con albóndigas, arroz o lasagna. Cuando pienso en esas refractarias calienticas, llenas de manjares revivo el placer con que las devorábamos. Como su mamá estaba de visita, una mujer buena y dulce con la que no compartíamos una sola palabra, venían a mi casa a tomarme la tensión y me acomodaban en el sofá con los pies de para arriba.

Copio descaradamente sus secretos de ama de casa, le pregunto todo, le aprendo todo. Ella ha aprendido a reírse de mi sentido del humor, y se ríe conmigo de mí. Lo cual agradezco. Se puso feliz cuando le hice a su hija una piñata para su cumpleaños y le divierte cuando me burlo de cómo consiente desmedidamente a sus hijos.

No compartimos la religión, ni las ideas políticas, ni la nacionalidad. Yo no sabría que Bosnia existía si no hubiera sido por la guerra. Ella trata de aprender español y yo la verdad no creo poder con el Bosniac, pero tal vez algún día encuentre a alguien que me traduzca este texto, para que ella sepa lo mucho que hace por mí. Por ahora, agua a las matas.

miércoles, 1 de julio de 2009

Reporte del Clima

Cuando la gente no tiene nada de qué hablar, habla del clima. Cada vez que conozco a alguien en Francia me pregunta qué clima está haciendo en Colombia. Y empieza la bendita explicación de la zona tórrida y los pisos térmicos. Qué no hay estaciones, qué Bogotá es fría, etc. Es excepcional encontrar un francés que conozca el concepto a priori.

Durante la visita de mi mamá, conocimos a un señor que dentro de la cortesía habitual arrancó por el tema en mención. Con la explicación de mi mamá –quien habla francés de forma más correcta que yo– el señor estaba absolutamente sorprendido.

- ¿Un país sin estaciones? ¿Señora, y cuando usted era joven, tampoco había estaciones?

Mi mamá estupefacta, contestó que siempre había sido igual. Yo observé en silencio. Al subirnos al carro, yo enfilaba mi lista de chistes, que incluían conceptos como las glaciaciones, el neolítico…

- Mami…

Mi mamá hizo un el gesto universal de no-bus-ques-lo-que-no-se-te-ha-per-di-do. Y volvimos en silencio a la casa.

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Del otro lado de la puerta, el señor Picard recoge la mesa mientras le comenta a su esposa:

- ¿Un país sin estaciones? ¡Viejas locas!