jueves, 31 de marzo de 2011

A cada Madona le llega su Lady Gaga.

Para poder ir al gimnasio contraté una niñera por horas. A la usanza francesa llame a una agencia que me mandaría el día y la hora indicados una muchacha con la formación necesaria para ocuparse de mi niño. O al menos eso me dijo la gerente. Martes 9 a.m. Sudadera y tenis. Casa ordenada. Teteros y galletas a la vista. Niño bañado y peinado de medio lado. Nos sentamos a esperar en el sofá. Alguien golpea. Al abrir la puerta aparece una muchacha de 20 años, 1.70 m, 45 kilos, vestida como un personaje de Manga - días mas tarde un amigo me explicaría que eso se llama "Harajuku style"-. Una sofisticada mezcla de accesorios negros, rosados y fucsias. Maquillaje de película de ciencia ficción. Cartera de Hello Kitty. Para no salirme del ambiente le pido al Ojo de Thundera que me ayude a ver mas allá de lo evidente como lo hacían los ThunderCarts. Salgo del shock y le hablo. Le doy instrucciones. Me oye. Alza a mi niño que al poder tocar los aretes de esqueleticos dice: Wow.

Salgo de la casa y me voy a sudar en una escaladora para exorcizar mis malos hábitos. En el gimnasio un televisor que debe llevar prendido los últimos 23 años está sintonizado en el canal de videos musicales. Lady Gaga. Born this way. Trato de digerirlo. No sé si me gusta, incluso no sé si lo entiendo a pesar de los años de semántica, semiótica y lingüística que vi en la universidad. No puedo dejar de verlo. Pienso en la pobre Madona, preocupada por no envejecer, por ser mas bonita que a los 20, por parecer la hermana de su hija. Los videos que en una época nos escandalizaban parecen los Canticuentos al lado de las "propuestas conceptuales" de Mademoiselle Gaga. Pobre Madona. Y pobre yo que debí verme al lado de la niñera como salida del video de Like a Virgin.

Vuelvo a la casa. Los encuentro felices jugando en el piso con el Señor Cara de Papa. Qué le vamos a hacer... Like a virgin ... Touched for the very first time... Like a virgin... When your heart beats ... Next to mine...

Jueves 9 a.m. Sudadera y tenis. Casa ordenada. Teteros y galletas a la vista. Niño bañado y peinado de medio lado. Nos sentamos a esperar en el sofá. 9:20 a.m. Alguien golpea. Al abrir la puerta aparece la niñera excusándose porque se le hizo tarde. Blue jean, camiseta blanca y saco motoso gris. Pelo mojado. Sin maquillaje. Aunque suene como su mamá es diez veces más bonita sin el "disfraz". Mi niño la abraza y le dice bonjour. Afortunadamente el no se complica la cabeza con Madonas, Gagas y Harajukus y sin esforzarse puede ver más allá de lo evidente.

lunes, 14 de febrero de 2011

Pepas de durazno

- Mija, tengo una pregunta que hacerte y no es que yo quiera meterme en tu cosas.
- Dime tía.
- Mi reina linda ¿Tu bautizaste al niño y no nos invitaste o es que no lo has bautizado?
- Es que no lo voy a bautizar tía.
- No, me arrodillo en pepas de durazno mija. ¿Qué estoy oyendo?¿A ti que te dio?
- No me dio nada tía, mas bien se me quitó lo católica, apostólica, romana.
- No mija, espera yo me siento, creo que me va a dar un surménage.
- Pues desde que el niño nació yo le daba vueltas a la idea. Luego estaba el tema de que mi esposo y yo no somos casados por la iglesia. Además él no es fan de las religiones y por el contrario las detesta.
- ¿Mija pero qué es uno si no tiene religión?
- No se tía, me toca buscar en Internet… y la verdad desde que me leí el libro de Fernando Vallejo, me acabé de convencer y me llené de argumentos.
- No, no, no… Conchita tráigame rápido un vaso de agua y el pastillero… Muévase a ver que a mi me va a dar algo.
- Pero cálmate tía, no es para tanto. Yo me puse a hacer la cuenta: En el colegio me daban una hora de religión a la semana, una misa semanal, 10 minutos de rezo todas las mañanas, también iba a misa algunos domingos, entre las procesiones de semana santa y de la virgen, no se cuantas horas de preparación para la primera comunión y luego para la confirmación… y teniendo en cuenta que yo fui al mismo colegio desde kínder hasta sexto de bachillerato, me da un aproximado de 2000 horas… aprendiendo una cosa que solo me ha servido para hacer crucigramas… Santo de la paciencia. 3 letras. J-O-B. Si mi niño dedica el mismo tiempo a aprender idiomas, o a tocar un instrumento, o ha jugar futbol… Está hecho.
- ¡Conchaaaa! ¿Es que usted no me esta oyendo? ¿Qué hay que hacer para que en esta casa le den a uno un pinche vaso de agua?
- Tienes que leerte el libro* tía.
- No mija, el libro que hay que leerse es La Biblia y san se acabó. Estaré yo para leer a ese tipo homos…
- Pilas tía que te cuelgo.
- Además la gente dice que es un libro lleno de blasfemias, groserías, insultos… ¿Concha maldita sea donde se metió?
- Como si nunca hubieran oído groserías. Además es una investigación enorme tía, llena de datos, de citas… a mi me encantó. ¿Oye tía y tu teléfono no es inalámbrico?
- Si mija claro…
- ¿Y porqué no te sirves tu misma el vaso de agua?
- No es que tu ya tienes el diablo adentro. Si yo para eso tengo a esta pendeja, si antes le estoy haciendo el favor de contratarla. Yo la verdad mijita quedo muy triste y preocupada. Yo espero que tu lo pienses bien y que reconsideres tu decisión, porque no me imagino que va a decir la gente.
- Pues tía finalmente el que lo quiere a uno, lo quiere como es: con sus ideas y sus creencias. Yo no te digo a ti que dejes de creer.
- Ni mas faltaba mija. ¿20 minutos para un vaso de agua Concha? Qué cosa con usted.
- “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”
- Qué va a ser mi prójimo esta tonta que no sabe ni donde esta parada. Además tu ya tomaste tu decisión y no te queda bien ponerte a catequizar.
- En eso tía te doy toda la razón.
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*La Puta de Babilonia – Fernando Vallejo.

sábado, 22 de enero de 2011

3 años

Este febrero cumplo 3 años de vivir en Francia. Las fechas son una extraña contabilidad que hace el corazón para medir en cantidades inexistentes lo incuantificable. Aunque trato de evitarlo hago balances, me pregunto que habría hecho y que no, y como en una historia que venía en el Tarot de Osho, lo que un día se ve como un hecho afortunado, al siguiente se ve como un fatídico error.

Me pregunto qué he aprendido en estos tres años. A qué le he dedicado más tiempo. Qué he descubierto. Sin querer sonar como una “Susanita”, tal vez es la maternidad, la que en mi inútil balance, se lleva todos los premios. Aclarando que estoy lejos de ser una mamá perfecta, que sufro debido a mi evidente descoordinación, a pesar del hecho de no ser alguien dotado físicamente para correr 2 horas en un parque, de añorar las épocas en que podía ir a cine o conversar con mis amigos, aclarándolo todo, este es el amor que pone las cosas en la justa proporción, que consuela, que mejora, que equilibra.

Gran parte del tiempo que no le dedico a ser mamá lo he invertido en aprender francés de supervivencia. Cosa distinta a aprender francés en la Alianza Francesa para darse algo de caché. Años de gramática, pronunciación y conversación, difícilmente facilitarán que con la cocina inundada, usted a través del teléfono le explique a un plomero impaciente que el sifón del lavaplatos se tapó y que eso hace que el agua sucia se devuelva por el conducto de la lavadora de platos. Recordándole al amigo lector que la palabra “lavaplatos” no es ni parecida a la palabra “lavadora de platos” en tan sofisticada situación. Los idiomas son un problema de contexto, de expresiones idiomáticas cocinadas lentamente, nutridas de historias y personajes, modificadas por la publicidad o el cine, frases de canciones llenas de significado que no están incluidas en ningún libro, intraducibles en su sentido con un diccionario. Luego estará el problema del acento, que como un tatuaje marcará siempre todo lo que se diga y la forma en que esto sea interpretado, porque una cosa será llamar al plomero con un acento parisino y otra muy distinta con este cacareante acento bogotano, que me da el aire de estar siempre desesperada. Idioma que hablo, leo, en el que veo la televisión, en el que empecé a entender las metáforas, el cinismo y la ironías, en el que me puedo reír de algunos chistes, pero que me parece arcaico. No entiendo aún como ha habido científicos con una lengua que se me antoja tan inexacta, tan sujeta a una pronunciación melcochuda y llena de excepciones. Si no, dígale al profesor de la Alianza que le enseñe a pronunciar “ácido desoxirribonucleico”.

También me he dedicado a desmitificar este primer mundo donde todo es sofisticado menos sus ciudadanos. Flojos, ignorantes y perezosos, abandonados de la imaginación, sin motivaciones ni pasiones, estos países son los cementerios de los elefantes donde todos esperan envejecer para luego morirse. Habiendo, eso si, disfrutado de 30 o 40 años de pensión. Pasan de niños a ancianos sin haber sido adultos. Liberados de la responsabilidad de su destino, el estado les dirá que pensar, que sentir, que hacer y siempre se preguntarán el motivo de tanta insatisfacción.  Y mientras el mundo consume sus autores y engulle su cultura, ellos pasarán la vida sin haber puesto el pie en un museo, sin haberse leído un libro, nutridos de quesos, panes y vinos, y apelando “exótico” a todo aquello que no son capaces de entender o respetar.

Tristemente, también, el destino me ha mostrado como mi sabia amiga Jessica Colmenares tenía razón  y si uno quiere conocer una familia peor que la de uno, tiene que casarse. Si en su país de origen su familia política tendrá siempre una excusa para no quererla como el barrio en el que viven sus papas, el hecho de que usted no fue a la universidad, o el hecho de que si fue, que usted es gorda, que usted es flaca, que su mamá es divorciada, que sus papas aun no se han divorciado, etc., etc., Su condición de extranjera le da no sólo nuevos matices sino múltiples posibilidades. Usted no entiende nada o lo entiende todo al revés. Usted no habla la lengua, usted habla la lengua pero con acento, usted ya no habla. Como hacen ellos para saber como discriminarla cómodamente si no saben quien es usted a parte de que viene de un país (más) pobre. El problema radica en que al principio al no entender el idioma usted solo interpretara los gestos, con el tiempo algunas palabras, para finalmente convencerse que en contra de todos los pronósticos, si existía una familia peor que la suya.

Pero si en este punto usted esta diciendo: “pobre, debería devolverse”, hoy confieso que  la soledad, la dificultad y la intolerancia han hecho de mi una persona mas fuerte.  Puedo contar entre mis nuevas virtudes la capacidad de adaptarme a cualquier circunstancia, se me han quitado todos los complejos tercermundistas y tengo la certeza de ser mejor que muchos de los que me rodean.  Me he vuelto una persona agradecida porque he visto las dos caras de la humanidad y eso que yo soy me enorgullece. Lo he descubierto a un costo muy alto, pero ha valido la pena.

viernes, 14 de enero de 2011

Grippe saisonniere

Me bajé del carro y tenía frio a pesar de estar bañada en sudor. Subí los 4 pisos y llego la fiebre. 38. 39. Como si entendiera el niño se fue a su camita juicioso. Me dolían las manos, los pies, la cabeza… y otra vez el escalofrío. Envuelta en todo lo que encontré me metí entre la cama. Prendí la televisión. L.A. Confidential. Si es difícil entenderla en sano juicio, el hecho de intentarlo en este estado es ridículo. Kevin Spacey me habla. Porque me gusta tanto. Balazo en la cabeza, ya no va a salir mas. Lástima, lo matan muy rápido. Tengo que hacer algo. Hago tres intentos por salir de la cama. En el tercero me armo de valor y llego al baño. Abro en cajón y esta la bolsita de remedios que me trajo mi mamá con un Dolex-Gripa-Noche. Otro éxito de la industria farmacéutica. Llamo al médico domiciliario. Obra maestra de la seguridad social francesa. Llega dos horas después. Grippe saisonniere madame. El niño se despierta. Lo revisa y descubre que tiene laringitis. Aún no tiene la gripa. Nos prohíbe los besos y los abrazos. Nos receta vaporizaciones. Hago mi mayor esfuerzo. Me acuesto. La fiebre me trae a Kevin Spacey que me acompaña hasta el amanecer. Esta noche esta programado El Padrino III con Andy García. No me puedo quejar.

sábado, 8 de enero de 2011

Inventario invernal

El único día de sol que nos regaló el invierno, te trajo una sombra negra y larga con la que jugaste hasta que oscureció.  Ahora que entiendo lo que dices, me paso el día oyéndote:  C'est quoi ça?”, “Eooo il y a quelqu'un?”, “Pas par lá!!!!!, ¡C'est à moi!”, “Ça va?”, “Calin”, “Oh no!”, “Qué paso?”. A veces pones música y me sacas a bailar. Seguimos viendo películas, pero tenemos algunas nuevas. Me haces reír. Me llenas de besos, de pellizcos, de abrazos. Me despiertas todos los días a las 5 de la mañana pero a veces solo para abrazarme y arruncharte conmigo. Me remedas, me imitas, te burlas. A pesar de los días cortos del invierno, del frio, puedo decir que no nos hemos aburrido ni un minuto.

Remedio

 A mi lo extranjera de la (*) se me quita volviendo a mi país. A usted lo intolerante de la (*) no se le quita con nada.
(*) Incluya aquí su improperio favorito. No es un chiste original, pero aplica.

Prueba ácida

Pasivos en ceros. Cuenta de ahorros: algunos euros. En consecuencia con la baja rentabilidad se percibe una reducción del 30% en los “amigos”. Los amigos restantes duplicaron su valor debido a la constancia en situaciones críticas. Casa limpia. Closets, armarios y cajones en orden.

Observaciones: A pesar de las grandes pérdidas del año anterior, los indicadores muestran un incremento considerable en el rubro “Experiencia”. Habiendo detectado el riesgo, controlado el factor disociador y como resultado de una reclasificación de los afectos, se inicia el año con el corazón el orden. 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mother Fucker


Mother Fucker. Así se llama el ultimo espectáculo de la cómica francesa Florence Foresti basado en su experiencia como mamá. Abandonada de los lugares comunes y de la imagen de las mujeres perfectas de los años 50, narra entre muecas y gritos, entre cinismo y honestidad su visión de la maternidad. Me preocupa. Me siento profundamente identificada. Por mas que me esfuerzo no soy como Betty Crocker. Hay un punto en que los bebés se vuelven niños y la tarea de educarlos parece más una prueba de supervivencia que un “intercambio dialectico madre-hijo”.  Volvamos a Florence, el público estalla cuando confiesa todas las cosas que juraba antes de dar a luz a su hija:: “Todos los juguetes de mi hijo serán de madera. Clásicos”. “Mi hijo no verá televisión”. “Mi hijo solo comerá bio-orgánico. Nada de dulces o comidas rápidas”. Mientras lo enumera hace la mueca de la prepotencia típica de aquellos que lo saben todo antes de haberlo vivido. Luego dice que antes de ser mamá era radical en sus ideas, apasionada, enérgica. Se ríe de si misma. Luego pregunta si alguien sabe como duele un golpe con un cubo de madera en la cabeza, canta todos los jingles de los programas para niños, y luego recita las publicidades de los chocolates, de las galletas, etc., etc.… No se si me rio de ella o de mi.

La promesa de la televisión no la hice. Pero cuando mi niño empezó a interesarse, busqué películas especiales con temas educativos… bla bla bla… El mes pasado me gasté una parte importante del presupuesto de la casa en películas originales porque ya me sabía el momento en que se oían las toses y las risas en las versiones piratas. Y si finalmente cada película la voy a ver/oír/repetir mentalmente entre 5 o 7 veces al día, pues mejor que sea de buena calidad. Con las películas vinieron los muñequitos de los personajes y con ellos la ropa, único medio que he encontrado para convencer a este niño mio de dejarse vestir rápido. Porque además aprendió a desvestirse y prefirió el invierno para sus prácticas nudistas.

La promesa de los juguetes de madera la hice. Incluso los compré, pero dado que son mas artesanales que prácticos los tengo protegidos en la parte de arriba del closet para que mi hijo no los destruya. Adicionalmente a mi me encantan los juguetes de los niños-hombres: los caballos con los jinetes, los carritos con puertas que se abren, las herramientas… No puedo evitar salir sin comprarle algo y  me justifico pensando que afortunadamente yo se los compro y el me los presta.

La promesa de la comida bio-orgánica no la hice jamás, pero si prometí  cocinar siempre con comida fresca, nada de congelados o comida rápida. Pero no había pensado en que mi hijo sería francés y viviríamos en un país con estaciones y que además tendría que educarlo, cocinarle, lavarle y procurarle una casa limpia yo sola, sin abuelas, tías, primas, amigas o niñeras que me hicieran la segunda.  Entonces de las 168 horas que tiene una semana yo estoy con mi niño 159 horas. Incluyo las horas en las que está dormido, porque me da tristeza pensar que este con frio y me paro a taparlo varias veces durante la noche. De las 9 horas que él va a la guardería por semana, paso 3 estudiando francés y me quedan 6 para hacer mercado, subirlo y guardarlo. Ir al banco, al correo, lavar el carro y para hacer todas las tareas que implican lugares donde es mejor ir sin niños. Entonces, lo confieso, he sucumbido a las alitas de pollo congeladas que le encantan y a los rollitos chinos que se come sin chistar. Y por más que me esfuerzo no siempre logro que coma verduras o frutas  y me consuelo cuando coge los bananos para comérselos escondido entre su carpa. También me digo a mi misma que cuando trabaje en “Médicos sin fronteras” o cuando sea embajador de buena voluntad por el mundo, no podrá ser muy exigente con la comida. Entonces pienso en que diría Florence Foresti. No pierdo el tiempo pensando en que diría Betty Crocket. Pienso en las tardes despues del colegio en que con mi hermano nos comíamos la gelatina de la caja, en polvo, sin haberla preparado. “Con mis Gudis soy feliz porque son de maíz”. En la Barbie de pelo negro que me trajo mi mamá por haber pasado el año. A veces me preocupo demasiado por ser una mamá perfecta, pero me repito que lo perfecto es enemigo de lo bueno y abrazo a mi niño mentras miramos alguna de sus películas.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Siempre.

Cuando uno tiene suerte como yo la tuve,  tiene una mejor amiga que a su vez tiene una familia que lo quiere a uno como a otro hijo. Una familia que lo adopta, una casa a la que siempre puede ir, donde siempre hay un plato en la mesa para uno, donde uno siempre esta invitado a las fiestas. Siempre. Yo tuve la bendición de pasar mi adolescencia en la casa de mi amiga Olguita Ramírez. Tuvimos la fortuna de complementarnos y ella era la dura en todo lo que a mi no me gustaba: trigonometría, cálculo, química… y dado que siempre fuimos sinceras y generosas al respecto tuvimos un equipo que nos dejaba estar en los cinco primeros puestos del cuadro de honor. Siempre. Después del colegio nos íbamos caminando hasta su casa, con otras amigas que formaban parte del club de los adoptados por Los Ramírez : Jesica Colmenares y Diana Rojas, igual de nerds a nosotras. Almorzábamos en un comedor enorme donde estaban además los compañeros de universidad de los hermanos de Olguita, también adoptados. Hacíamos tareas. Estudiábamos. Si era viernes nos cambiábamos el uniforme, Clara la hermana de Olguita nos maquillaba y nos íbamos de fiesta a bailar hasta que se le acabara la suela a los zapatos, porque si algo hicimos en la vida fue bailar.

En esa casa lloré todas mis penas de amor. Celebré todas mis alegrías. Tuve amigos y amigas. Conversaciones apasionadas. Ataques de risa. La generosidad de la familia de Olguita hizo de mi adolescencia un mal menor y tengo dentro de mis recuerdos felices las tardes que pasamos juntas. No se si ya te lo había dicho, pero contigo y con tu familia, siempre estaré en deuda y agradecida. 

"Joyeux Noel" ("Feliz Navidad")

Desde hace dos semanas los medios franceses analizan y calculan cual será la inversión promedio de una familia francesa en navidad. Los rubros son tres: Comida, regalos y desplazamientos. Porque en invierno la tradición indica ir a la nieve a esquiar, así como en verano indica desplazarse hacia las costas a disfrutar del mar.

Dada la “crisis” que atraviesa la quinta economía del mundo -con cobertura total en salud y educación, con una infraestructura vial que provee el 100% del territorio, etc., etc., -“ los franceses han previsto que gastarán durante la navidad un promedio de 521 euros o 213 euros por persona”, según el INSEE, que es el equivalente al DANE colombiano. Después de la presentación de la cifra, los medios entrevistan personas que confiesan con pesar que este año no podrán ser tan generosas como en años anteriores. Luego explican que los regalos equivaldrán al 56% del presupuesto y pasan imágenes de los almacenes decorados donde los comerciantes dejan entrever la preocupación por la “crisis”.

El mismo estudio muestra además que los 60 millones de franceses gastarán en la navidad de 2010, 62,45 millardos de euros, (1millardo es igual a mil millones) , y que entre 2007 y 2010, el gasto se ha incrementado en 2,7%. Porque estamos en “crisis”. España con 46 millones de habitantes gastará “solo” 31,215 millardos.
Algunos dirán que juego con las cifras para justificar mi punto. Que este texto es pura demagogia. Adicionalmente no tengo el dato de cuanto gastará un hogar colombiano en navidad, de cuanto será destinado a los buñuelos, la natilla y el Niño Dios. Y luego mis amigos economistas dirán que comparar un país con otro es comparar peras con manzanas. Que en Francia la clase media es el 90% de la población y que en Colombia hay que mirarlo de acuerdo al estrato, o que se yo.

La visión que los franceses tienen de la “crisis” es un insulto al concepto en si mismo. En el mismo noticiero pasan las imágenes de Haití y el nuevo brote de cólera, sumido en la miseria, la de verdad verdad. Imágenes de las elecciones en Costa de Marfil con personas que protestan descalzas por las calles. Pero esa pobreza es interpretada por los franceses como una exótica estética, una realidad paralela que no los toca. Además ellos están en “crisis”, no tendrían porque preocuparse por las “crisis” de los otros. Las colonias…¿Cuáles colonias? Eso pasó hace rato.

Y pasará la navidad y ellos quedarán con la sensación de que ya no están en los buenos tiempos, que les tocaron las vacas flacas, que este año sólo podrán comprar el foie gras mas chiquito. Culpa de los árabes y del avión de Sarkozy… y habiendo recibido los regalos mas caros, la mejor comida y de haber jugado en la nieve, seguirán tristes por no ser felices. 

viernes, 26 de noviembre de 2010

Síndrome de Mary Poppins

La mayor parte del tiempo sufro del Síndrome de Mary Poppins. Extraña enfermedad que me hace verle el lado bueno a las personas malas, el lado simpático a las situaciones, el lado positivo a las catástrofes. Entre los múltiples síntomas están la posibilidad de reírse y llorar al mismo tiempo y las respuestas sistemáticas como: “no es tan grave”, o “la próxima vez nos irá mejor”. La gente piensa que soy una persona positiva y con una gran capacidad de análisis, pero lo que no saben es que he desarrollado esta sofisticada enfermedad como mecanismo de defensa contra el fracaso y la desilusión.

Pero lo más extraño de este síndrome, es que a veces desaparece: no puedo verle el lado bueno a los malos, todas las situaciones me parecen catástrofes, repito frases en futuro definitivo como: “hasta aquí llegamos”, o “no doy mas”. Las personas que entran en contacto conmigo en estos periodos, piensan que soy negativa y melodramática. Que solo veo lo que quiero ver. Que soy una neurótica - quejumbrosa.

Hace 19 días Mary Poppins se bajó del bus y me dejó sola. Esta es la razón por la que hace 19 días no escribo. Todo lo que digo o pienso es gris. Estoy triste y desilusionada. Es posible que sea el invierno, la cercanía a la navidad y la lejanía de los que quiero. Es posible que Mary Poppins se haya dado por vencida después de meses en los que no hemos parado de luchar. La pobre ha tenido un año muy duro. No la puedo culpar.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Consuelo

Yo conocí al que hoy es mi esposo a los 30 años. Lo que quiere decir que entre los 20 y los 30 me dediqué a amargarme la vida entre relaciones insatisfactorias y el auto flagelo por ser soltera. Al mismo tiempo, para entretenerme, mientras finalmente alguien se casaba conmigo, fui a la universidad, trabajé, viajé, compre todos y cada uno de mis caprichos, rumbié, leí, conocí gente fantástica y fui a cine casi una vez por semana. Pero después del segundo trago ya estaba triste de no haber encontrado el amor de mi vida. Además me las ingeniaba para tener amores platónicos inalcanzables, con tan mala suerte que a veces me “paraban bolas” y yo salía corriendo.

A mi esposo lo conocí en extrañas circunstancias a tres meses de irse de Colombia para siempre. Y yo, amante del drama, sufría por ese amor imposible. Ajá. Este mes cumplimos 7 años de tan fatídico suceso, que nos trajo un niño al que adoramos, miles de recuerdos y aventuras, una economía restringida y un matrimonio normal. Y en este momento mis amigas solteras suspiran y dicen: ¡Nooo divinoooooo! Y mis amigas casadas: Ajá.

Ajá. Si las solteras supieran que las casadas se la pasan imaginándose la vida si se divorciaran, si no se hubieran casado, si el esposo se fuera de viaje un mes. Aunque fuera un mes. Cuando les cuento a mis amigas solteras que mi esposo se va de misión 3 meses, me consuelan. Mis amigas casadas me dicen: ¿En serio? Deli!!!!

Hace unos días mi esposo me dio la mano mientras se dormía, luego me dijo que aprovechaba que ese día lo estaba queriendo, porque últimamente había días que no lo quería. Yo me quedé pensando y le dije que últimamente había días que no me quería ni a mi misma. Que en el fondo de mi corazón lo quería siempre, pero que a veces sería más fácil no quererlo tanto.

Porque lo que se les olvida a las solteras, es que si hoy se levantan con ganas de irse de paseo, lo hacen, sin negociar, sin preguntar, con alguna amiga igual de desparchada. Cuando uno se casa y además tiene niños, tiene que inventar toda una logística para hacer eso que uno quiere y no cuando quiere, sino cuando puede.

Alguna vez por televisión mostraban un matrimonio gay entre dos mujeres y el pastor decía que uno no se enamoraba para toda la vida, que el amor era una decisión de cada día. Nada más cierto.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

P.O.P.

Hace muchos pero muchos años, cuando aún estaba en la universidad conseguí un trabajo en una multinacional de tecnología como “channel marketing”. A pesar del caché que me daba el nombre, mi trabajo consistía en organizar la bodega del material P.O.P. (Material Punto de Venta, en inglés Point-of-Purchase) y distribuirlo. 400m2, de cosas que cinco minutos después de ser entregadas a los posibles clientes irían a la caneca. Botones, botoncitos, cartones, esferitos con tinta para tres palabras, llaveros, almanaques, afiches, muñequitos, linternas, clips, camisetas, etc., etc. Mi trabajo era organizarlo para luego distribuirlo. Pero para distribuirlo tenía que tener la aprobación de 3 personas sentadas en los cubículos que colindaban con el mío, que al no saber hablar correctamente el inglés, lo mezclaban con el español, lo que les daba ese aire de “gente de mundo – del tercer mundo”.  La muchacha del cubículo de la derecha estaba enamorada del señor casado del cubículo de la izquierda y sus decisiones dependían de lo que él dijera. Él a su vez era adicto a los antiácidos y sus mejores momentos eran los que estuvieran alejados de las horas de digestión. En el tercer cubículo había una señorita que sufría de serlo y que a los 45 años seguía pensando que la minifalda la habían inventado pensando en ella. Las aprobaciones eran periplos interminables en los que nunca logré sincronizar la digestión, con el amor platónico, con la minifalda. Pero el tiempo pasaba y el material P.O.P. perdía vigencia, entonces cajas llenas de cosas debían archivarse porque no podían ni reciclarse, ni regalarse, ni destruirse. Pero dado que era una multinacional  y que las decisiones estrategicas estaban dictadas por algún señor en Malasia o en Nueva York, cada semana llegaban nuevos conteirnes de material P.O.P. hecho en China, que deberían luego archivarse porque la aprobación dependía de la digestión, la traga y la minifalda.  A veces, cuando estaba cercana la fecha de presentar los indicadores de gestión, un aprobación aparecía de la nada y yo feliz, llenaba mi Fiat 147 amarillo y me iba a entregar el material a los distribuidores. Desafortunadamente nunca hubo sincronía entre la promoción que salía por televisión y el material que yo debía entregar y los distribuidores rechazaban la entrega. Pero  no tenía derecho a devolver el material a la bodega porque había sido aprobado. Yo renuncié un lunes. El viernes anterior me fui a la universidad con mi carro lleno de camisetas. En el prado que había frente al edificio se jugaba la copa “La Amistad”, que reunía los equipos de futbol de diferentes facultades. Me acuerdo que saque las camisetas de baúl y que le di “uniformes” a casi todos los equipos.  Luego me senté a ver el partido. De las 1200 camisetas solo 60 fueron a parar en las manos de alguien que las usaría.

El material P.O.P. es una industria en la que el 99% de lo que se produce, nace siendo basura. Cosas que se botan luego de que se reciben, que no sirven para nada, que sufren del mal gusto de tener una marca impresa la cual no tiene relación con su utilidad o su origen. Muchos de ellos cuentan con baterías que nadie tiene el cuidado de reciclar. Las cantidades son enormes. Los presupuestos ridículos. Al no tener argumentos para vender los productos por si mismos, la leyes de la publicidad indican dar un regalo insulso para “posicionar la marca”. No importan las montañas de basura que se genere, la contaminación, el uso de los recursos del planeta y el gasto de energía.

Al graduarme prometí no trabajar nunca más en multinacionales, ni dejar que mi vida dependiera de personas atrapadas en cubículos. Ingenua. Sobre todo ahora que a estas condiciones le sumo la conciencia ecológica. Dos veces ingenua.

viernes, 29 de octubre de 2010

Los cuatro monjes (Cuento)

Cuando el hombre anciano sintió que su tiempo estaba por terminarse fue a hablar con los 4 monjes para pedirles que lo cuidaran y que a cambio recibirían su casa. Los monjes aceptaron. Meses más tarde cuando la salud del anciano comenzó a deteriorarse, este vino a vivir a la casa de los monjes. A su llegada el monje laborioso se hizo cargo. Organizó una habitación y se ocupó de la alimentación y la limpieza. El monje que calculaba hizo un cálculo del valor del agua, de la habitación, de la comida, del tiempo que ocupaba el monje laborioso y del tiempo que el mismo dedicaba a hacer los cálculos, los cuales eran mucho más costosos que la comida y los cuidados, razón por la cual los anotaba en una libreta para no perderlos de vista. El monje bueno se dedicaba a serlo. Estupefacto en su bondad se dedicaba a repetir sus sabios consejos, para tener el placer de oírlos y ante las solicitudes del monje laborioso respondía con negativas y le recordaba que este sacrificio era el camino de su salvación. Luego se retiraba a la habitación a seguir siendo bueno. El cuarto monje se dedicaba a mirar la casa del anciano desde la ventana. Impaciente, esperaba el día de la muerte del anciano para apoderarse de ella. Ante los cuidados del monje laborioso argumentaba que eran innecesarios, porque entre más tiempo viviera el anciano, más tiempo deberían esperar para disfrutar de la casa.

El monje laborioso acompañó al anciano hasta el momento de su muerte y luego pudo descansar acompañado del sentimiento del deber cumplido. El monje bueno repitió sus consejos al viento, repitió sus sabias frases sobre la vida y la muerte, pero extrañamente no se sentía bien, se reconocía incómodo y no podía entender la razón de su desasosiego, siendo el tan bueno. El monje que calculaba sacó su libreta y les explicó a los otros como la casa no podría ser distribuida en partes iguales, porque los cálculos que el había hecho eran mucho más costosos que lo hecho por los demás, y entre cifras y fórmulas se apoderó de la parte que le correspondía al monje bueno. El cuarto monje que solo quería la casa y la libertad que veía reflejada en ella, entregó todos sus ahorros al monje que calculaba y al monje laborioso y se fue a vivir a la casa. El monje bueno se fue a seguir siéndolo y no entendía porque a pesar de su bondad sentía hambre y frio. El monje que calculaba después de infinitos cálculos comprendió como a pesar de tener más que los demás, nunca sería suficiente y enloquecido siguió calculando ya no con el dinero que tenía sino con el que le faltaba y con el que nunca podría tener. Con su parte el monje laborioso compró un huerto que siempre le procuró alimento y abrigo.

El cuarto monje fue a vivir a la casa convencido de haber alcanzado la libertad tan añorada. Pero la casa que había sido construida por el anciano, albergaba su espíritu y asqueada de su ambición prefirió derrumbarse y caer sobre el cuarto monje mientras este dormía.

Desde el cielo en anciano mira el huerto y le habla de él al sol y a la lluvia, para tener el placer de verlo siempre florecido.

domingo, 24 de octubre de 2010

Protesta

El pueblo francés lleva todo el mes en medio de huelgas y protestas a la reforma pensional. Los sindicatos, los estudiantes, los empleados públicos y los privados. Ha habido trancones, bloqueos a los distribuidores de combustible y en menor medida a los de alimentos. La poca aceptación con la que contaba la imagen de Sarkozy acabó de hundirse y de un plumazo se aprobó una reforma en medio del “caos”. Y pongo “caos” entre comillas porque con contadas excepciones estas huelgas y protestas parecen más unos amigos que van a un concierto o al futbol. Lo digo con conocimiento de causa, yo que estudié diseño gráfico en la Universidad Nacional y el edificio queda sobre la 26.

La mayor aspiración de un francés es la pensión. Incluso en la encuesta sobre la felicidad, los que acaban de pensionarse son los que se confiesan felices con mayor frecuencia respecto de los demás grupos. Me daba entre tristeza y ternura ver a los adolescentes protestando por la pensión. Cuando yo era adolescente, estaba convencida de que no iba a envejecer y además estaba mas preocupada por vivir, por sacarle jugo a mi existencia que por el día en que iba a dejar de trabajar. Y no es que yo diga que no es una protesta justa, pero respecto a otras dolencias que aquejan a la sociedad francesa, esta es de las menos graves. Además si uno tiene en cuenta el subsidio de desempleo, las ayudas por tener hijos, las facilidades de formación, la educación gratuita, la seguridad social y todos los demás beneficios con los que cuentan los franceses, no puedo dejar de pensar en Verónica Castro llorando a través de sus pestañas postizas en la presentación de “Los ricos también lloran”.

Como un gatico que se muerde la cola, la pobre Francia vive atrapada entre la realidad y la teoría. Tener la mejor seguridad social del mundo vale y el discurso del gobierno parece más el de un papá consentidor, botaratas y sobre protector el día que el sueldo no le alcanza para tanto capricho. La misma gente que protesta le saca a la seguridad social dos cajas de un remedio del que solo necesita una, para luego votar la otra el día que se pasa la fecha de vencimiento. Si de algo saben los franceses es de revisar dichas fechas para luego tirarlo todo a la basura.

Si yo tuviera tiempo y energía para salir a protestar, si me interesara, si no estuviera en medio de una indigestión de francofonía, o si al menos fuera francesa, protestaría por otras cosas. Gritaría arengas por el derecho a elegir. Le pediría al Estado que dejara de pensar por mi. Que me diera la responsabilidad sobre mi vida y mis decisiones. Pediría que me devolvieran la ambición, el apetito, la necesidad. Que dejaran de rellenarme de subsidios para sentir el júbilo del logro y la satisfacción personal. Que me dejen fumar tranquila, hacer ruido, comer grasas… Pediría que me discriminaran de frente, que me dijeran *&$%* extranjera de la gran *&$%*, en vez de mirarme con recelo y dirigirse a mi con eufemismos. Protestaría por vivir una vida plena hasta los 80 y no una insípida hasta los 125. Pero no vale la pena protestar, porque aqui nadie me entendería.

jueves, 14 de octubre de 2010

Nevera

Siempre que mi esposo se va de misión se daña algo. Esta vez fue la nevera. Un día dejó de cerrar la puerta y tres días después  el  hielo cubría las manzanas, el queso y el jamón. El cuarto día nadaban en el agua derretida. Le pregunté a mi vecina si conocía algún servicio técnico. Me preguntó si estaba en garantía. Le dije que tenía más de diez años y que era de la anterior administración.  Me miró con picardía: Cámbiala! Le respondí que no tenía tanto dinero. Me dijo que la pagara en varias cuotas. Me sentí como cuando Indiana Jones descubre el Arca perdida. Me acordé que hace meses tenemos la tarjeta Casino, que nos permite comprar en cuotas, hacer créditos, etc., etc. Todas las semanas nos llega un correo, físico o por email, recordándonos todo lo que podemos comprar y que nadie nos está diciendo que paguemos ya.

Emocionada me voy al hipermercado en mención. Miro con ilusión todas esas neveras que enfrían donde deben enfriar y congelan donde deben congelar. Con sus cajoncitos y bandejas completos y sin remiendos de silicona o cinta pegante. Con puertas que cierran como la puerta de una nevera. Escojo dos y me voy a hablar con el vendedor. Me dice que debe mirar en el sistema si esos modelos están en stock. Y empieza a desplazarse, lentamente, sin afán, con un ritmo casi imperceptible, hasta el otro lado de las góndolas, donde está el computador. Se arregla el pelo, se toca la nariz, y sigue desplazándose, lentamente, sin afán. Finalmente llegamos. Digita los códigos. No señora, no tenemos esos modelos en stock. Le pregunto que modelos están en stock. No señora, el sistema no me deja ver que modelos están en stock, tendría que digitar todos los códigos. Le pregunto cuando le llegan nuevas neveras. No se señora, el sistema no me deja ver eso tampoco, tiene que venir todos los días a ver si hay modelos nuevos en stock. Le agradezco la atención y veo el presupuesto de publicidad de Casino volverse agua y correr por la calle para caer luego en un alcantarilla.

En la noche le cuento a mi esposo todo lo sucedido. Me dice que estamos en una sociedad de consumo, que si no me venden a mi, le venden a otro, que no tienen afán de vender. Le replico que esa es la versión francesa de la sociedad de consumo, que en el resto del mundo me venden a mi y al otro y al otro y al otro, o si no que le pregunte a los chinos. Se ríe y me dice que vaya al almacén donde compramos la lavadora de platos. No es muy bonito, ni glamoroso, y no deforesta un bosque en cada publicidad, pero tiene buenas opciones.

Al día siguiente me voy con mi amiga Mónica al almacén. Ella se queda con los niños en el carro. Una vendedora me recibe en la puerta, le cuento que no tengo mucho dinero, que además tengo afán porque no tengo nevera, que debo comprar algo que esté en stock y que necesito que lo lleven a mi casa lo antes posible. La vendedora hace la cara de “esto es una misión para súper chica” y se va a la bodega gritando desde el corredor para que le ayuden a buscar las neveras en inventario. Dos minutos después vuelve despeinada y sonriente. Me señala: esa y esa. La primera es muy chiquita y la segunda sería perfecta, si tuviera el doble del presupuesto. La miro desilusionada. Me pregunta cuanto tengo. Vuelve súper chica que ahora se sienta frente al computador y dice que va a intentar darme todos los descuentos a los que tiene acceso. Que además es un modelo ecológico y tengo derecho a la prima del gobierno. Saca la calculadora, suma, resta, piensa y me muestra un numero en la calculadora equivalente a mi presupuesto. ¿Le sirve? Le contesto que si, que perfecto. Mientras llena un formulario me dice que la entrega es gratis. Salgo feliz y nos vamos con Mónica y los niños a disfrutar lo que nos queda del día.

Al día siguiente a la hora indicada veo el camión subir por la calle que lleva a mi casa. Dos muchachos la instalan y se llevan la vieja. Espero dos horas para conectarla y me dedico durante la hora siguiente a organizar el mercado. Mi primera nevera. Mía de mi. Si la gente le pusiera nombres a las neveras, yo le pondría el nombre de la vendedora.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Apodos

Mi abuelo me decía “Cacheta” o “Cachetica”, porque siempre fui cachetona. Mi tío José Manuel me sigue diciendo así. Mi abuela me decía “Mi reina”, pero era mas que un apodo una forma de hablar muy cachaca. Mi papá me decía “Ratonau”. En la familia de mi papá me dicen “Pala”. Cuenta la leyenda que yo nunca hablé en media lengua y que mientras paseábamos un tío me mostró un pájaro y dijo: pa-la, y yo le contesté: Pá-ja-ro. En el colegio me dijeron “Choquis” algún tiempo porque alguna vez me cogieron en clase comiéndome unos. Hernán, el hermano de mi amiga Olga y su mejor amigo Raba me decían “La Poderosa”,  porque durante la adolescencia solía usar la expresión “poderoso” para describir las cosas cuando eran o buenas, o grandes, o generosas: Un sánduche poderoso, un carro poderoso, etc., etc. Me encantaba ese apodo y la forma en que lo decían. Mucha gente me dice “Angelita”, pero me han dicho “Angelina”, “Angelein”, “Gelú”, “Angie”, “Angelix”, “Anyeye”. En Francia la personas me dicen: “Anyela”, pero no como un apodo sino porque les cuesta trabajo pronunciar la “G”. Mi esposo me dice: “Guapita” y “Mamacita”. Alguna vez en un súper mercado en Bogotá una cajera le dijo: Perdóneme señor pero usted es un papacito. El aterrado me dijo: - Esa señora piensa que yo soy su papá. Luego de la explicación de que lo que realmente quería la señora era que él fuera el papá de sus hijos, nos quedamos “papacito” y “mamacita”. Pero el mejor apodo de todos me lo puso mi amigo Mario. Hace unos años cuando era la gerente de la compañía en la que trabajábamos, dada la “suavidad” de mi carácter y la forma “sutil” de decir las cosas, el decidió darme mi nombre en Sioux *: “Ave que putea”. Pocas veces me he divertido tanto. Para mi fue como un cumplido que me describía perfectamente. Me imagino que en ocasiones debieron darme otros apodos o “apelaciones”, que no tuvieron a bien decirme de frente. Pero a los que se rieron de mi, conmigo, muchas gracias.

* Tribu de nativos americanos asentados en los territorios de lo que ahora son los Estados Unidos

martes, 12 de octubre de 2010

Plus-que-parfait

Para practicar el plus-que-parfait el tema de la clase son los recuerdos. Me cuesta trabajo. Busco uno que no me vaya a poner triste. Mi nueva compañera búlgara, habla de los recuerdos que traen los olores y los sabores. Yo miro su diccionario en alfabeto cirílico y me da estrés de sólo pensar lo difícil que debe ser para ella aprender este “bendito” idioma. Mi turno. Hace dos días estaba oyendo “Asesíname” de Charly García. Me agarro de ahí y digo que la música es como la banda sonora de determinadas épocas de la vida. Cuento como con mi hermano comprábamos los casetes piratas a los hippies. Las voces que se oían como cantando por entre un tubo. Un universo sin ecualizador donde todo sonaba a la misma altura. También hablo de los primeros cds no-piratas que tuvimos. De la magia de poder oír las versiones limpias. De la felicidad vertiginosa de los conciertos de los músicos argentinos que siempre nos gustaron tanto. Aclaro que éramos un poco “mamertos” y explico la expresión. Ellas se ríen y me preguntan si estoy segura de no seguir siéndolo. Yo replico que el ejercicio dice que use el plus-que-parfait. Ellas responden que el ejercicio no autoriza a decir mentiras. Siguen riéndose. No me queda más que reírme con ellas.

Pero el verdadero recuerdo es otro. Alguna vez vi un reportaje sobre Charly García en el que él mismo contaba como resistía los embates de la dictadura haciéndose el loco. También de sus problemas de droga, de su hijo, de la pintura, de cómo veía que todos sus amigos debían irse a refugiar a otros países para conservar su vida, y de cómo los esperaba. De la gente que lo odia y de la que lo ama hasta el delirio. Mientras voy en el carro repasando esta historia, me rio de ver que hasta mis recuerdos son mamertos. Para curarme la crisis de existencialismo me compro una revista de chismes y la leo mientras espero que sea la hora de recoger al niño de la guardería. El problema de la distancia es que hace que los recuerdos se vuelvan mas-que-perfectos (plus-que-parfait).

viernes, 1 de octubre de 2010

Opinar

Hoy me llegó el primer comentario de intolerancia a lo que escribo en este blog. A veces la gente me regaña por lo que digo, a veces no están de acuerdo, a veces me mandan consejos. Mis amigos me suben el ánimo. Mis familiares me consuelan. Pero hoy me llegó el primer comentario que me dice que no tengo derecho a opinar. Es un anónimo. Para atacarme me comparan con Ingrid Betancourt y me dicen que se me “pegó lo francesa”. Pero que les gusta el blog menos cuando hablo de política.

Hace dos años que escribo para ayudarme y ayudar a otros a desmitificar el “Primer mundo”. Para mostrar como todos somos iguales para bien y para mal. Como la felicidad no la hacen las grandes obras de infraestructura sino la capacidad de adaptarse y aceptar la vida como es. Escribo como aquí y allá hay personas generosas, buenas, nobles. De cómo los “ciudadanos modernos”, entendidos como seres humanitarios, tolerantes y respetuosos, nacen en todas partes gracias a una feliz coincidencia del destino.

Hace dos años, también, escribo sobre mi hijo, de cómo crece, de cómo quisiera ser como él y ver el mundo como él lo ve. Hablo de mi esposo. De los sacrificios que se hacen por amor y de la felicidad que se recibe a cambio. De lo que pasa el día que uno cambia el trabajo por el matrimonio. Hablo de ser inmigrante. De hacer mercado. De hacer oficio.

Pero a veces hablo de un país al que he revaluado desde la distancia. Del país en el que nací. En el que viven las personas que quiero. También hablo del país en el que vivo. De las cosas que admiro. De las cosas que me desesperan y vencen mi paciencia. De la discriminación. De la ignorancia y de la intolerancia que trae consigo.

Pero hoy alguien me dice que no tengo derecho a opinar. Yo, como cualquier ciudadano, tengo derechos. Opinar es uno de ellos, independientemente de lo que opine. Sin importar el origen, la ubicación, la estratificación social, la orientación política, las personas tienen derecho a disentir, a cuestionar, a lamentar. Algo muy terrible nos controla cuando no podemos aceptar a los que no piensan como nosotros. Cuando la primera reacción es el odio. Cuando sentimos que tenemos el don de ignorar los derechos de los demás, algo muy oscuro pasa en nuestro interior. Me aterra como un blog que no siguen más de 80 personas genera la misma actitud de odio que los foros de nuestros medios masivos. Mi vanidad lo toma como un cumplido. Pero mi corazón lo resiente como un fracaso: dos años escribiendo sobre la tolerancia y algunos no han entendido nada.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Censurado

- … y qué fue lo que pasó tía?
- Nada mija, una revisadita de la casa, tu sabes estos periodistas son felices buscando lo que no se les ha perdido y toca ir a controlar que es lo que han encontrado.
- Pero en la “revisadita” se le llevaron el computador y otras cosas…
- Pues claro mija, para revisar bien.
- Ajá.
- Ah mijita no te me pongas en ese plan que tu sabes que estamos en guerra.
- ¿En este gobierno si estamos en guerra?
- ¿Sabes que no estoy segura? Me toca preguntarle a tu tío. Además, con ese argumento ridículo de la libertad de prensa, es que me da hasta risa el nombre. Yo que no soy una lumbrera entiendo que la prensa es para controlar mijita. Los periódicos y lo noticieros son para decirle a la gentecita como pensar. Si no cuál es el negocio.
- Pero lo mismo deben decir Chaves o Castro…
- No mija, que son esas referencias, que horror… No es lo mismo, porque yo por ejemplo pienso como la gente de bien…
- ¿En este gobierno también hay gente de bien y de la otra?
- Claro mijita. Claro que con Juanma hemos dado un paso adelante, ahora somos gente divinamente de toda la vida. No lo has visto como sale de chirriado y de punta en blanco, caray, es que es un gusto verlo. Ahora si puede sacar la percha y quitarse por fin el Envigado’s Para Look.
- La verdad no he vuelto a leer nada tía.
- Claro porque a ti lo que te gustaba era criticar a tu ya sabes quien.
- Si, es posible.
- Pero no te afanes no te has perdido de mucho. Algunas diferencias de forma, como poner ministros con estudios universitarios, un poco menos de pasión en los discursos, uno que otro Armani, pero en el fondo todo sigue igual, como debe ser. ¿No te parece una maravilla?
- La verdad tía, yo mejor, me autocensuro.
- ¿Te auto qué?
- Nada tía, no me hagas caso.