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sábado, 17 de abril de 2010

Estadística

- Hola tía ¿Cómo te ha ido con la campaña?
- Ah mijita, yo feliz acá dedicada a la política.
- ¿En serio?
- Si con tu tío no hemos parado en la casa.
- ¿Y cómo ves la cosa?
- Pues mijita como la llegada de <{(Èl)}> movió tanto las cosas, pues ya uno no sabe quién es quién, y menos en qué equipo juega. ¿Te acuerdas de los Parra?
- Si tía los de los caballos.
- Si mija, hasta donde yo me acuerdo ellos eran liberales. Después lo siguieron a <{(Èl)}>, por lo bien que les fue con los contratos, pero ahora están conservadores, o eso creo yo. Y como hay tanto candidato pues toca repartirse los votos, entonces la gente discute, no, que si yo era pariente de Mariano Ospina, que el Frente Nacional, no, es que mi tío abuelo estuvo en el gobierno de Lleras. Era más fácil cuando todos lo seguíamos a <{(Èl)}>. Pero lo que sí nos tiene felices es que vamos bien y todo seguirá como hasta ahora. El país que debe ser, el de la gente de bien.
- ¿Y mi tío qué comenta de todo?
- Mijita, nos hemos divertido mucho porque, claro en campaña a uno le toca ponerse en actitud democrática y nos hemos encontrado con que mucha gentecita viene a unírsenos. Gritan arengas, se ponen las camisetas. Chirriadísimos. Que la seguridad democrática. Que la continuidad en la gestión. Con tu tío nos preguntamos para qué le sirve la seguridad democrática a estos pobres que ni finca tienen. Pero es que ahí es donde uno entiende por qué debe ser la gente de bien la que decide, porque a estos les cerramos los hospitaluchos, les acabamos las universidades, les mandamos los hijos al monte y ellos felices como borreguitos. Tu tío dice que no hay nada más triste que un facho pobre. Claro no lo dice en público.
- Si, es mejor.
- Yo a tí ni te echo el cuento porque me imagino que seguirás con la camisa verde de los intelectuales.
- Si tía tú ya me conoces. ¿Y cómo les ha ido las encuestas?
- No mijita es que tú no sabes nada de política. Imagínate que Paquito de Zubiría nos enseñó que uno es el que dice cómo va en las encuestas, mejor dicho, tú la contratas le dices al encuestador: “Déme una con el 67% de favorabilidad” y entonces el encuestador va y hace la mímica de que encuestó una gente y que la metodología y que el 5% de error, y va, se pone la corbata más bonita y sale en el noticiero diciendo que es uno el que va a ganar.
- Si es verdad, no tiene nada que ver con las clases de estadística que vi en la universidad, cuando quería ser periodista.
- ¿Con la estadística? ¿Cómo así mijita?
- No tía, no me hagas caso, tu dedícate a la política.
- Yo feliz mija, yo feliz.

Delfines

 
Mi esposo decía que cuando se pensionara iba a comprar un barco. Los miraba en los puertos. Coleccionaba revistas del tema en el baño. Suspiraba. Algún día algo cansada del tema, le dije que era mejor si compraba el barco de tres puestos, uno para él, otro para mí y el último para la enfermera que nos iba a cuidar, teniendo en cuenta los años que faltaban para que él se pensionara. Le pregunté cuanto valía el barco más sencillo. No sabía. Le pregunté qué barco quería. Tampoco tenía idea. Al día siguiente cogió una revista de las que venden vehículos usados y llamó a todos los avisos. Encontró uno que era “El Renault 4 de los barquitos”. Viejo pero en buen estado. Lo vendía un señor que encantado le enseñó a navegar en un fin de semana. No valía mucho pero tenía muchos pendientes que mi esposo dedicado solucionó en sus ratos libres. Lo ha armado y desarmado y vuelto a armar, muchas veces. Pasamos tardes buscando el bombillito, el tornillo, el cable. Y cuando el viento es favorable, salimos a navegar. La mejor versión de mi esposo es la que conduce la nave. Feliz, orgulloso, libre. El mejor regalo que le puede dar a alguien es llevarlo a las islas que se ven desde nuestra casa.

Ayer salimos a navegar. Mi esposo quería darle una vuelta a su barquito antes de partir por 3 meses de misión. En la neverita del picnic echamos jamón, queso, pan, cerveza y los conejitos de chocolate que quedaron de la Pascua. En la mitad del trayecto, en medio del mar aparecieron los delfines. Delfines de verdad. Libres, salvajes. Les tomé fotos. Hasta un video. Sentí muchísima emoción. Luego me puse triste. Tal vez eran los últimos delfines. Pensaba en los que había visto otras veces, haciendo ridiculeces y comiendo galletas para el deleite del público. Los seres humanos somos estúpidos. Todo tiene que servir para algo, y en esa búsqueda despiadada matamos, devastamos, eliminamos todo lo que existe. Estamos convencidos de que los animales existen para complacernos. Si son salvajes amamos tener sus cadáveres en la sala. Domesticamos a los más gentiles para doblegarlos a nuestros deseos e imitar nuestros hábitos. Y a los que no nos gustan, o a los que tememos los destruimos sin piedad.

Ver los delfines, me puso triste. No. Tal vez ya estaba triste. Solo me faltaba una excusa para llorar y un tema para escribir.

El video: http://www.flickr.com/photos/32868671@N00/4526311036/

miércoles, 7 de abril de 2010

Muñecas

Juegas con muñecas. Te las robas del cuarto de tu hermana y las llevas al tuyo. Las cuidas, les cantas, les das tetero y cuando se portan mal gritas “tonto” y las lanzas al aire. Cuando te vas a acostar las ponemos junto a ti sobre la almohada, las tapamos, les damos un beso y esperamos a que se duerman. Cuando no las encuentras me preguntas “¿Bebe?” y yo te ayudo a buscarlas. También juegas a hacer abdominales en la máquina que me regaló tu papá. Abres las alacenas y los cajones, sacas el contenido y luego lo distribuyes aleatoriamente. Tiras las mandarinas por el balcón. Cantas a pedazos “Bohemian Rapzody” de Queen. Haces bocaquiusa con el Himno de la Alegría. Sacas las maracas cuando oímos a Celia Cruz y bailas dando vueltas. Apagas, desconectas y des configuras todos los computadores a tu alcance. Te gusta ver como se diluyen los royos de papel higiénico en el inodoro. Gritas. Cantas. Corres. Nos muerdes y luego nos llenas de abrazos y besos. Hablas por teléfono. Maldices. Te ríes a carcajadas. Al final del día te quedas dormido abrazado a tus muñecas. Contigo no me aburro nunca y aunque te regañe y haga mi pose de “estoy brava”, en el corazón soy muy feliz.

Generosidad

La mujer explica que a pesar de su dolor, quiere agradecer a las personas que les ayudaron durante la penosa enfermedad de su hijo. Al saber que le quedaban dos meses de vida, los compañeros de trabajo de su esposo le donaron días de vacaciones para que pudiera estar junto al niño. El papá acongojado toma la palabra y dice que lo que hicieron sus compañeros es no solo una muy buena idea, sino un ejemplo a seguir. Muestran la foto del hijo que ya no está y a los donadores de días, gente normal de jean y camisa, con una sutil expresión acorde a las circunstancias. Lloro del principio al final del reportaje, frente al televisor. Desde que soy mamá todas estas historias me rompen el corazón.

Hipótesis

Desde niño estaba convencido de que los ricos eran más felices. Mientras caminaba al colegio se iba pensando que haría si se ganara un millón de pesos. Se desplazaba mirando al piso en busca de alguna moneda. En su casa le enseñaron a ser bueno. Le dieron ejemplo. Nunca faltó nada. Nunca sobró. Pero siempre sintió que eso que no tenía, eso que no podía comprar, era la llave de la felicidad. Las pequeñas carencias lo hicieron hábil y recursivo. Los juguetes que no tuvo desarrollaron su imaginación y la capacidad de crear universos magníficos. Siempre insatisfecho, de todo y de sí mismo, desarrolló un sentido del humor negro y brillante que era el deleite de sus amigos. Porque amigos tuvo muchos, muchísimos, que lo querían sin preocuparse de lo que tenía. Solo disfrutaban de lo que él era. Su inteligencia lo llevo lejos. Le dio el dinero y el reconocimiento con que soñaba mientras recorría el camino al colegio. Pero siempre encontraba alguien más rico y desilusionado perdía de vista lo que era y lo que había conseguido. Angustiado dejó de crear y empezó a calcular, a medir, a comparar. Los universos magníficos desaparecieron en los hoyos negros de su soledad. Sus amigos trataron de mostrarle, sin éxito, que siempre tuvo todo para ser feliz, pero se sintió traicionado por ellos, convencido de que no podrían entenderlo. Y sin darse cuenta se volvió en sí mismo la comprobación de que su hipótesis era falsa: Los ricos no son necesariamente más felices.

martes, 30 de marzo de 2010

La camisa verde

- Hola tía, ¿Estás brava conmigo que no me has vuelto a llamar?

- Mijita después de la vergüenza que nos hiciste pasar…

- ¿Cuándo tía, yo qué hice?

- Mi reina, como se te ocurre decir a ti, que todos somos iguales en la mitad de las onces, que para colmo, hacíamos en honor de tu visita a Bogotá.

- Pero tía, Magolita de Child me preguntó que yo qué había aprendido en estos dos años, yo sólo le dije lo que pensaba.

- Mija es que esas ideas tuyas son simpáticas en familia, para ponerle picante a la discusión, pero son peligrosísimas. Uno no dice esas cosas en púbico. Tu tío y yo te las aguantamos, porque te conocemos, pero ¡Qué contrariedad!

- Discúlpame tía, que pena contigo y con Magolita.

- No si la más conmocionada fue Bertica de Useche. Al otro día me llamó muy descompuesta, que si yo me imaginaba qué pasaría donde esas ideas tuyas se promovieran. Qué pasaría con sus cultivos de palma y con sus acciones en la EPS. La gente de bien se iría para el carajo mija.

- ¿Y estaba muy descompuesta?

- No tanto como Estelita de Campuzano. A ella la llamé yo. Muy triste me decía que no volvía a comprar ningún producto francés. Que si ella hubiera sabido antes que Francia era socialista, y que todo el mundo tenía los mismos derechos, y todas las pendejadas esas de la salud y la educación para todos, ella si no le hubiera gastado un peso a la champaña francesa, ni a la visita al Museo de L’Ouvre. Qué dónde esta el caché de comprar le cosas a un país donde no se sabe quién es quién.

- No tía que pena contigo. Pobres tus amigas.

- Tu tío dice que gracias a dios no viniste en período de elecciones. Que ya estarías en las plazas públicas con una camiseta verde, contándole a la gente tus hallazgos en el primer mundo.

- No es para tanto tía. Además ¿Quién me oyó? Unas amigas tuyas a las que lo que dije les parece espantoso.

- Si claro, hazte la pendeja, que Conchita oyó todo mientras nos servía las onces, y claro, al otro día me recordó que no la tenemos afiliada al seguro y que si era posible que tuviera libre el sábado además del domingo. No faltaba más que ahora me toque a mí hacer desayuno los sábados.

- ¿Y qué vas a hacer hoy?

- Mija pues nos vamos a un meeting político en el club. Toca hacerle fuerza al candidato que garantice que todo seguirá igual, no sea que se nos cuele algún intelectual que le enseñe cosas raras a la gentecita y se nos acabe la comodidad. ¿Y tú qué vas a hacer mijita?

- No tía, nada especial, como es sábado nos levantamos tarde y ahora estamos haciendo el desayuno.

viernes, 26 de marzo de 2010

El álbum

Para el día en que me preguntes quién era yo antes de venir a Francia. Por qué soy diferente. Por qué tengo este acento, o Por qué hablamos español en nuestra casa, preparé un álbum de fotos. Muchas me las robé de los álbumes de la abuelita, otras estaban guardadas entre cajones del que fue mi cuarto. Muchas están en mala calidad porque estuvieron pegadas en un corcho mientras fui adolescente. No están en orden, porque la vida no pasa en orden. Simplemente pasa. Verás que en las fotos hay otras personas: Están mis amigas del colegio, mis compañeros de trabajo, mis abuelos, mis alumnos, gente a la que quiero o a la que quise, o a la que sigo queriendo aunque no esté con nosotros. No hay fotos de mis novios porque todas las rompí llorando. No hay ninguna con frenillo porque el tiempo que lo tuve no dejé que nadie me fotografiara. Hay muchas con mi hermano, porque a pesar de pelear día y noche, hicimos muchas cosas juntos. De la abuelita hay pocas porque no le gustan las fotos. Cuando terminé de ponerlas en el álbum me di cuenta que las cosas que me parecían terribles no lo eran.Que uno se viste siempre de los mismos colores.Que a pesar de las
circunstancias uno siempre puede reírse para la foto. Espero que cuando lo veamos juntos nos riamos mucho y no me ponga triste como hoy al observarlo.

domingo, 21 de marzo de 2010

El palillo

El congresista se limpia los dientes con un palillo mientras comienza la interlocución. Gordo. Sudoroso. Grasiento. Estaba rico el almuerzo. Saluda a un compañero. Se saca el pedazo de carne. Se pasa la mano por la solapa. Esta lleno. Disimula mientras se afloja el botón del pantalón. El sabe que no puede acompañar el almuerzo con cerveza porque eso le produce sueño. Dios mio, que si me duermo no ronque.

El está en un corredor del hospital esperando una habitación. Es un niño. Esta enfermo. A pesar de la precariedad de sus empleos y de la contratación indigna, sus papás han hecho todo para pagar la cuota de la EPS. Pero el sigue ahí, en el corredor. Con frio. Asustado.

Empieza la interlocución. El congresista le timbra a la secretaria para que le recuerde como es que tiene que votar. ¿Mija, al fin quien fué el que nos patrocinó este voto? Detrás de la factura del restaurante anota para que no se le olvide: Votar no. Y subraya. El vecino le conversa. El congresista no le entiende, está lleno. Malaya una sal de frutas. Un tinto. La suerte lo acompaña y se lo toma a ver si entiende al menos al vecino.

Yo rezo desde acá por este niño. Mi familia lleva semanas de peregrinación de hospital en hospital. Trato de no perder la esperanza. Me avergüenza. Me escucho a mi misma preguntándole a mi mamá si no tenemos una palanca. ¿Oye y el amigo que tú tienes allá, no nos podrá ayudar? Repasamos de uno en uno los nombres de la libreta a ver si hay alguien que pueda ayudarnos, porque sabemos que para el niño no es un tema de derechos, es la suerte de encontrar el contacto que nos dé una mano.

El tinto no hizo efecto. El congresista duerme la siesta y yo lo miro dormir, en la página de noticias, donde comentan el hecho dentro de las curiosidades de la semana.

Primavera

Cuando está por llegar la primavera los cerezos estallan en flores blancas y rosadas. La temperatura sube cada día un poquito. Un día se sale sin gorro, otro sin guantes, otro sin bufanda… a veces llueve a cántaros y toca devolverse por el impermeable. Todo va cambiando y yo que crecí en Bogotá donde las 4 estaciones pueden suceder en un solo día, me sorprendo. Negocio magnifico este de estar alejados de la línea del Ecuador. Cambia la decoración de las casas, la ropa, los zapatos, los cosméticos, las prioridades. Increíblemente no sirve nada de una estación a otra. Lo que más me gusta es que cambia la dieta. En las noticias informan que ya podemos comer fresas francesas. Son rojas, enormes, brillantes. La periodista parada en medio del cultivo las prueba y hace: ¡Mmmm! Presa del mundo mediatizado me emociono, me pongo la chaqueta, se la pongo al niño y me voy a comprar fresas. 4 euros el kilo. No importa. Cojo mi cajita y cuando me dirijo a pagar, una mujer con un abrigo beige, rubia y espigada se acerca, coge una de las fresas y me muestra como no está “perfectamente” madura. Alega, está furiosa. El 7% de la fresa no está totalmente roja. Yo asiento con la cabeza. No digo nada. Sigo. Miro mis fresitas.

Yo he hecho todo para integrarme a este país. Hablo, leo y escribo su idioma. Me leo los periódicos y las revistas. Veo los noticieros. Trato de aprender su historia para comprender su visión de la vida. Espío las conversaciones de la gente en los restaurantes. Sigo sus leyes. Me como sus quesos. Me tomo sus vinos. No sé que más podría hacer. Me estoy dando por vencida. Nunca seré una verdadera francesa. No sólo no me parece grave que el 7% de la fresa no esté “perfectamente” roja. Sino que me dan unas ganas incontenibles de mechonear a la rubia del abrigo, que no sabe lo que es el hambre, el respeto a la naturaleza, lo sagrado en los alimentos. Si yo fuera valiente le echaba la madre. Pero no, me subo al carro y me como una de las fresitas. Esta dulce, fresca, jugosa. Es una lástima que la gente a mi alrededor no la pueda disfrutar.

jueves, 18 de marzo de 2010

La rifa del tigre

El matrimonio se parece a ganarse la rifa de un tigre. Cuando uno va a los zoológicos que son las casas de las amigas casadas (y ojalá con niños), se descresta con la belleza del animal. Entonces uno hace todo para ganarse el premio. Compra las boletas. Espera. Se ilusiona y finalmente un día se lo gana. El mio es rubio, ojiazul y con acento francés. Por algún tiempo fui la envidia de mis amigas solteras. Las casadas no me envidiaban porque sabían y no me lo dijeron, que tigre es tigre. Pero llega el día de irse a vivir con el felino en mención. Entonces empieza el trabajo que implica tener un bicho de estos en la casa: cocinar, lavar, recoger, etc. También habrá que ocuparse semanalmente de los tigrillos concebidos con otras hembras y por si fuera poco, aguantarse la suegra que por obvias razones será una fiera.

Hace unos días mi esposo fue asignado a una misión más larga y más lejos de lo habitual. Al saberlo entre en crisis: Qué voy a hacer yo acá sola y con el niño… Pero el estrés de la misión exacerbó al tigre, como si estuviera enjaulado pero listo para irse de casería. Entonces por arte de magia mis dudas sobre que voy a hacer se despejaron: redecoraré la jaula, perdón, la casa, pasaré uno que otro día en piyama, dormiré con la televisión prendida, no contestaré el teléfono cuando llame la fiera, etc.

No es que diga que no me va a hacer falta, pero si cuando el gato se va los ratones hacen fiesta, ¿Cómo será cuando se va el tigre?
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El de la foto no es un tigre, pero esa es la idea.

martes, 9 de marzo de 2010

Treinta y muchísimos

Hace unos días cumplí treinta y muchísimos años. Soy afortunada de vivir en Francia donde hay tanto viejito, porque acá sigo pareciendo joven, mientras que en Colombia estaría en la categoría de las “cuchi”, con el agravante de no tener la plata ni la intención de plastificarme en “cuchi-barbie”. Cuando el hijo de mi esposo hizo la cuenta de cuantos años tenía sentí como una caída libre en el estómago. Después me di cuenta que no era tan grave. Ya superé los años atroces entre los 15 y los 20, donde uno quiere parecer de 30 y pretende que se las sabe todas. Ya tuve frenillo. Ya sé que no se me ve bien la permanente, ni los rayitos rubios. Ya no tengo la angustia horrible de quedarme solterona que tuve entre los 20 y los 30. El hecho de no tener que “pensar” en otro me dio a posibilidad de crecer, de viajar, de darme gusto, de trabajar en cosas interesantes y diversas… pero vaya y dígale eso a una muchacha de 25 años, que llora porque no le ha llegado el mancito que es. Tiempo tan perdido el de sufrir por estar soltera. Si hubiera invertido ese tiempo en aprender idiomas y en hacer ejercicio, sería una mamasita políglota. Tuve suerte porque me llegó el que era a los 30 y la maternidad a los 35: yo ya había rumbiado, comido y comprado todo lo que se me había antojado, ya no era un problema la estabilidad, ni la monotonía, ni el sacrificio. Hoy me pregunto como hace una niña de 14 años para ser mamá y no sentirse perdida y a veces desesperada.

Sin que ahora sea una matrona disfruto de una insipiente sabiduría: Las más bonitas no son necesariamente las más felices. Los más bonitos son los que más hacen sufrir y con los que menos se tiene de que hablar. Cuando uno piensa que la plata lo es todo, lo que tenga nunca será suficiente. Si te responden que no importa, si importa. La inversión que se haga en la fiesta de matrimonio no garantiza el éxito de mismo. Ahorrar es bueno. Gastar también.

Pero claro toda esta sabiduría ya no me sirve de nada, porque me cambiaron todas las preguntas. ¿Cómo hago para educar a este niño y que no quede ni psicorígido ni salvaje? ¿Cómo hago para ser una buena madrasta y no oscilar entre Cruela de Vil y Mary Popins? Si el hijastro se vuelve adolecente ¿Dónde puedo esconderme? ¿Me toca pagar los impuestos por Internet? ¿La póliza de qué? Excuse moi je n'ai pas compris. Si mi amor. No mi amor no los he visto. Dame 5 minutos. ¿Se van a divorciar? ¿Qué yo qué opino? ¿Lo pongo a fuego lento y lo saco cuando este doradito? ¿Viene tu mamá este fin de semana?

Me imagino que cuando esté cumpliendo cuarenta y muchísimos tendré algunas de estas respuestas. Solo espero administrar mis neurosis equilibradamente y celebrar cada año aunque la cifra se vuelva inconfesable.

domingo, 28 de febrero de 2010

La perfección. La casa.

La conversación empezó con el siguiente comentario:

- Yo entendí que tú no eres buena ama de casa porque te gustan mucho los libros.

Y concluyó con el este:

- En cambio mira a … - Dijo orientándose hacia mi cuñada. – … La casa de ella siempre esta perfecta porque ella no lee libros.

Los comentarios de mi suegra se miden con la Escala de Richter. Cuando felizmente cierra la boca, se hace un control de daños a ver con quien acabó, se recogen los escombros y se ordena el desastre.

Yo no soy Bree Hodge. No me interesa. Hace sólo dos años y un mes que soy ama de casa. Hago mi mejor esfuerzo. Pero el oficio sólo se nota cuando uno no lo ha hecho. Las cosas que no sé hacer (como planchar) las omito y me justifico con mi nueva conciencia ecológica. Me gusta cocinar y confieso que la alegría del hogar se llama VIVA, una lavadora de platos con dos funciones: limpiar y esconder el desorden. No sé de donde sale tanta ropa sucia, pero he descubierto que no es grave ponerse el mismo blue jean tres días seguidos. Tengo problemas para acordarme de limpiar el polvo y el día que cambio las sábanas hago la siesta. Ayer oí que una vecina lava las cortinas en cada estación, pero dado que yo nací en la Zona Tórrida, lo haré cada año. A mí las estaciones no se me dan.

Lo que más me molesta son las señoras que cantan mientras limpian el piso en los comerciales. Huelen la superficie brillante. Acarician la baldosa. ¿Por qué están tan bien vestidas? ¿Tan peinadas? ¿Acaso sólo yo hago oficio en pijama? ¿Por qué no se ponen furiosas cuando el niño riega la papilla? ¿Quién va a visitarlas a sus casas perfectas, Geoge Clooney?

Mi casa no es perfecta. El revuelto de niños de varios matrimonios, de los muebles de pino y de un ama de casa de buen corazón pero bastante mediocre, la han hecho un lugar ideal para echar motosos el fin de semana y para sentirme siempre como en mi casa.

La perfección. Las huellas.

El tipo me sacó a bailar. Tenía una cicatriz que empezaba en la frente y terminaba abajo del ojo. Era español y trabajaba para la Cruz Roja. La mezcla de las tres cosas, me hizo sucumbir. Mientras bailaba (sin ritmo) me lo imaginaba en algún rescate. Le pregunté cómo se hizo la cicatriz.

- Vamos que era un crio, y como la verdad yo soy un poco torpe, pues que casi no aprendo a montar en bicicleta. Y pues me he caído, y en el piso había un …

Cuarenta y cinco minutos de historia después, yo buscaba mi chaqueta y pedía un taxi para irme sola a mi casa. Me fui pensando que si hubiera sido una mujer la de la cicatriz, tendría un complejo insoportable y habría hecho miles de cosas para borrar la huella del accidente, como hacemos las mujeres con todas las huellas. Yo sufro con las de la maternidad a pesar de tener un hijo precioso. (Precioso porque es mi hijo.) Cremas, ejercicios, dietas. Todo. Lo confesable y lo inconfesable. Mi esposo aburrido con mi último experimento de régimen, entró hace dos noches a nuestro cuarto con una revista para mujeres en las manos.

- Acá dice que esta crema es adelgazante. Que en 10 días vas a bajar 2 centímetros. ¿Yo te la compro y vuelves a comer como antes?

No tengo corazón para decirle que esas cremas no funcionan. Como casi todos los productos de una industria dedicada a hacernos sentir imperfectas. No tenemos derecho a las arrugas. A los kilos de más. A las manchas del sol. A las canas. Pero estamos obligadas a comprar todo y a soñar con borrar el paso del tiempo, la gula del fin de año, el hecho de haber tenido un hijo.

Me consuelo pensando que las mujeres perfectas tampoco son felices. Que viven con hambre. Que tarde o temprano envejecen. Que es puro Photoshop. Que la presión es tanta que terminan haciéndose un lifting que las deja parecidas a una Barbie: siempre con la misma expresión idiota.

Pero no. En la meta esta la trampa. La meta es la perfección, no la felicidad.

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Foto retocada con PhotoShop.

lunes, 22 de febrero de 2010

La nieve

La nieve es linda cuando es de icopor y decora la vitrina de la Panamericana. De resto, es horrible. Fría. Húmeda. El cine nos engaña mostrándonos niños que hacen muñecos y abuelitas que agradecen que nevó en la víspera de navidad. Viejas locas. Postales de Los Alpes mentirosas, tratando de vender el turismo de entrenadores de sky churrísimos y rubias despampanantes. Debajo de esa capa blanca hay personas, animales y cosas que no sobreviven. Nadie es sexy con la nariz roja y un gorrito motoso.

Mi esposo me ha llevado dos veces a ver la nieve. La primera, me puso un vestido que estuvo de moda al mismo tiempo que Billi Jean. Para hacer más interesante la experiencia, tuvo a bien inventarse un camino y nos perdimos. Yo solo pensaba que afortunadamente los colores fluorecentes de la chaqueta le ayudarían a los helicópteros a encontrarnos. Cuando por fin encontramos la ruta yo juré que nunca más pisaría la nieve. Sí, como no. Hace 8 días nevó en el pueblo en el que vive mi suegra después de 10 años de no suceder y mi esposo no perdió la oportunidad de llevarnos a ver “el espectáculo”. No solo la vimos, nos obligó además a bajarnos del carro y a jugar con ella. Después de 1 hora yo ya me había caído dos veces porque la nieve se convierte en hielo, y es inevitable resbalarse. Como estábamos con los niños sacaron un trineo y todos aprovechamos para hacer el ridículo en el parqueadero del conjunto. Mi contacto con la nieve me reitera el hecho de que el invierno y todos sus accesorios van en contra de mi naturaleza. Y de que definitivamente uno hace muchas cosas por amor.

Hablando solo

Salió hablando solo del café. Sollozaba, gritaba, gesticulaba, movía las manos. No era francés y me parece cada vez más incompleta la definición “árabe”. A veces siento que “árabe” es la síntesis de “todo eso que no entiendo y todos esos que no son como yo”. Atravesó la plaza. No era viejo ni joven. Cojeaba. Más que borracho parecía enfermo. No sé si hablaba solo, o simplemente lo estaba. Como yo que lo miraba desde el carro. Hace 13 días volví y hasta hoy sentí el peso de la soledad. Me estaba haciendo la loca. Todo bien. Normal. Ya puse las artesanías en la alacena. Ya organice las montañas de juguetes y de ropa que le dieron al niño. Ya. Todo bien. Normal. Pero el hombre atravesó la plaza hablando solo. Y yo lo miraba desde el carro. Tal vez escribo para disimular que yo también he empezado a hablar sola.

lunes, 15 de febrero de 2010

Pascalito

Tú te llamabas Pascalito. Cuando aún eras un proyecto, un deseo atesorado en los corazones de tu papá y yo, jugábamos en la distancia a imaginarnos tu nombre. Un día tu papá dijo: - ¡Que se llame Pascalo de la Vega! – Y nos morimos de risa. Pero desde ese día fuiste nuestro Pascalito. Y cuando la magia hizo efecto y empezaste a crecer en mi barriga, yo le hablaba a mi Pascalito. Encontrarás tarjetas y cartas felicitándonos que te llaman de esa forma. Pero mientras yo te esperaba, tu papá estaba aficionado a jugar Age of Empires, y por esa razón quiso ponerte Alexander (Alexandre). El Grande. Te confieso que a mí no me gustaba. Pero naciste y eras enorme. Has ido creciendo y te has convertido en un macancán. Fuerte, valiente. Obviamente te queda mejor el Alexander que el Pascalito. Y como siempre en la vida las cosas son más chéveres cuando salen bien, a pesar de no ser como uno las planeó.

viernes, 12 de febrero de 2010

Tener un tío

Tener un tío que te enseñe a jugar futbol. Que te deje hacer ruido con el piano y desafinar su guitarra. Que te lleve a comprar el pan y te gaste buñuelo. Que se ría cuando estas insoportable. Que celebre cuando eres maleducado. Un tío que te lleva a jugar al parque y que pelea con las niñas cuando no te dejan entrar a su “cocina”. Que se levanta a jugar contigo a las seis de la mañana. Que corrió detrás de ti por todo el aeropuerto a pesar del calor y la multitud. Un tío como este mereció el honor de ser la primera persona a la que llamaste por su nombre: “Tati” (Santi). Tienes suerte. Tienes tremendo tío.

jueves, 11 de febrero de 2010

El taller y los pájaros.

Para ir a su casa atravesábamos la ciudad. Pasaba los días cacharreando en un pequeño taller debajo de la escalera con puerta al patio. Yo tenía la certeza de que había desarmado y vuelto a armar todo lo que lo rodeaba. Miles de tornillos, tuercas, destornilladores, martillos, pedazos y pedacitos de todo y de nada. Yo que vivía en un apartamento crecí pensando que si un día tenía una casa iba a tener mi propio taller.

La vida cambió. Lo volví a ver años después visitando a mi papá en el hospital.

Gracias al internet volvimos a encontrarnos. Hemos intercambiado mensajes discutiendo de lo divino y de lo humano. De política. De moda. De mi hijo y de su vida. A mí me gusta leerlo y a él les gusta escribirme. Y viceversa. A veces me hace reír. A veces me pone triste, no por lo que dice sino por lo que me recuerda.

Ayer me escribió contándome de los casi 100 pájaros que comen y toman agua alrededor de su nueva casa lejos de la ciudad. Me describió sus colores y sus cantos. Al terminar de leerlo me fui a dormir. Me soñé con él, con el taller y con los pájaros. No sé de qué hablábamos. Me despertó el ruido de una ventana cerrada por el viento. Me levanté al baño. Prendí la luz y vi como sobre el horrible papel tapiz de florecitas, había dibujados 5 pájaros rojos de pecho negro volando en círculos. Pensé en el bebé. Me fui a su cuarto y vi como dormía plácidamente. El alzar la mirada vi que el móvil de pescaditos tenía ahora 6 periquitos de tela, cada uno de un color. Pensé que tal vez me lo estaba soñando y volví a la cama. Al levantarme esta mañana vi como mi taza del desayuno estaba decorada con 12 pajaritos blancos de pico amarillo. En el tapete de la entrada aparecieron bordados 14 pajaritos verdes de alitas azules y pecho rojo. El tarro del azúcar tiene ahora 20 pajaritos violeta parados todos sobre el borde de la tapa. En el reflejo que hacen las plantas sobre la pared de la sala se ven dibujados 34 pajaritos que juegan entre una fuente de agua. Mientras me tomo el té del desayuno recorro la casa. No encuentro más. Saco papel y lápiz y anoto cuantos hay y donde están. En total son 101. Prendo el computador y escribo:

- Querido tío, a tu casa vienen a comer y a tomar agua 101 pajaritos. Acá los estoy viendo. Son preciosos. Gracias por mandármelos.

Mi esposo se despierta. Entra al baño. Sale, me da un beso. No dice nada. Se alista para ir al trabajo y por casualidad mira el tapete de la entrada. Ve los pajaritos bordados y me dice:

- ¿Tapete nuevo?
- Si mi amor.

Me da un beso y se va. Baja las escaleras silbando la tonada que oí en mi sueño. Me siento otra vez frente al computador y escribo:

- ¿… y los cantos? Tienes razón, son bellísimos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Sospecha

Me preguntas que he aprendido en este tiempo que llevo lejos. Aprendí que todos somos iguales. Para bien y para mal. Todos nos enamoramos, odiamos, nos enfurecemos. Todos nos ponemos simpáticos con dos tragos y patéticos con diez. Todos soñamos con ganarnos la lotería, hacemos trampa cuando hacemos dieta, envidiamos el carro del vecino. Todos fuimos niños. Peleamos con nuestros hermanos. Esperamos a alguien mirando por la ventana. En todas partes hay cínicos, sádicos, mártines, héroes, profetas y villanos. Somos tan iguales que nos esforzamos en buscar diferencias para identificarnos. Y esa búsqueda termina siendo una trampa y una mentira.

Pero también nuestros derechos son (o deberían ser) los mismos. Es tan grave la injusticia para unos como para otros. Es igual de trágica la impunidad. Es igual de dolorosa la muerte aquí o allá. Pero a menos que la desgracia toque nuestra puerta somos entes insensibles. Todo se vuelve ficción y miramos las noticias como cualquier otra emisión. La sangre es de tempera y la tristeza una actuación.

En los países desarrollados la discriminación se ejerce hacía afuera, contra los extranjeros, los inmigrantes, incluso contra los turistas. En los países en vía de desarrollo la discriminación se hace hacia adentro. Es social. Hay gente y gentecita. Gente de bien y la otra gente, generalmente la que tiene opiniones políticas opuestas a las propias. El primer mundo se hizo rico, en parte, porque hizo mercado en otros países y no pagó la cuenta. En el tercer mundo los ricos, se hacen más ricos, porque se usufructúan de las diferencias sociales y de los gobiernos corruptos: salarios mínimos miserables, impuestos convenientes, exenciones oportunas, legislaciones a la medida.

Creo que no he aprendido nada nuevo. Sólo tuve nuevas pruebas de algo que sospechaba.

viernes, 29 de enero de 2010

Jugo de curuba. Desde Bogotá.

Uno se va. Cambia. Se adapta. Se hace una armadura. Escoge que olvidar y que recordar. No piensa en muchas cosas. Adquiere hábitos. Nuevas manías, vicios y costumbres. Se da permiso de seguir haciendo algunas cosas a la colombiana. A veces pone a Carlos Vives. A veces lee los periódicos por Internet. Pero uno sabe que para que la tristeza no gane, esas cosas no deben ser el centro. Entonces arma en el corazón un compartimento, donde guarda todo eso que uno era. No deja de ser, pero deja de estar.

Pero un día vuelve y todo lo que ama, lo que odia, lo que adora, lo que no sabía que extrañaba lo atropella. Lo acosa. Lo abraza. El viaje se vuelve un revuelto de emociones que van de desde el dolor de muela hasta el éxtasis pasando por la alegría, la nostalgia, la pena. Maldita sea. ¿Cómo es que puedo vivir sin el jugo de curuba? ¿Cómo es que puedo pasar meses sin conversar contigo? ¿A qué horas se crecieron estos niños? ¿Por qué diablos no pasan por la cebra? ¡No, no me pongas noticieros colombianos! ¿Se acabó La Piazzeta? ¿Te acuerdas de ese almacén que quedaba en la esquina? Lástima, cambiaron el menú. ¿Ya no viven ahí? ¿En serio? ¡No, qué injusticia!

Percibe el cariño firme a pesar del tiempo y la distancia. El peso de sentirse abandonado. La carga del que se queda. La incertidumbre del que queriéndose ir no lo ha hecho. La envidia de los que están convencidos de que afuera todo es mejor. La pereza de volver a quererse para tener que despedirse. Otra vez. No me acordaba que te quería tanto.

Uno vuelve y narra su cuento. Donde vive. Cómo. Qué hace. Repite anécdotas. Trata de explicar eso que aún no ha entendido. Que es lo mismo pero diferente. Que no es mucho más feliz. Que allá, en el nuevo hogar que trata de construir, también le da gripa, también hay que subir el mercado, también se aburre, también se cansa. Compra artesanías que nunca habría volteado a mirar si viviera en Colombia. Arma su maleta y se va. Otra vez. No me acordaba que te extrañaba tanto.