Con motivo del lanzamiento en francés de su libro: Sin Remedio (Un mal sans remède), entrevistaron esta semana por televisión a Antonio Caballero. Lo presentaron con toda deferencia y elegancia. Luego hicieron una reseña en la que un periodista explicaba con emoción quien era y lo que representaba. Acto seguido la entrevista en estudio. No, que emoción. Cuenta, explica, responde y hace uno de esos comentarios de los que él no se ríe, pero que hacen que los demás se rían a pesar de su profunda oscuridad. No, que emoción. Y yo a quién llamo a contarle. Diez minutos de éxtasis. Y me quedo en el sofá, atravesada por la felicidad y con ganas de llorar.
domingo, 25 de octubre de 2009
Antonio
Con motivo del lanzamiento en francés de su libro: Sin Remedio (Un mal sans remède), entrevistaron esta semana por televisión a Antonio Caballero. Lo presentaron con toda deferencia y elegancia. Luego hicieron una reseña en la que un periodista explicaba con emoción quien era y lo que representaba. Acto seguido la entrevista en estudio. No, que emoción. Cuenta, explica, responde y hace uno de esos comentarios de los que él no se ríe, pero que hacen que los demás se rían a pesar de su profunda oscuridad. No, que emoción. Y yo a quién llamo a contarle. Diez minutos de éxtasis. Y me quedo en el sofá, atravesada por la felicidad y con ganas de llorar.
jueves, 22 de octubre de 2009
Camisas blancas planchadas
Ya había escrito sobre esto. La repetición de la repetidera. Que lora con eso mija.
A mí me gustaban los yupies. En mi juventud, allá a lo lejos. Cuando todavía creía que había una relación directa entre el éxito y la felicidad. Siempre oliendo rico, con sus camisas planchadas. Preferiblemente blancas. Planchadas y almidonadas. Corredores de bolsa, ejecutivos, abogados, economistas, tecnócratas… qué se yo. La pinta les ayudaba - o lo era todo - y esas camisas blancas, planchaditas, impecables… Alguna vez un amigo me dijo: Imagínese al man atendiendo una tienda. Y vino a mí la imagen: Forrado en una camiseta de Pintuco, con un palillo entre la boca, chupándose un lápiz para sacarme el precio sumando detrás de un cartón. Favor que me hizo. Después de eso, les perdí el respeto a los yupies, metrosexuales y a todos esos que eran lo que eran por lo que tenían y no por lo que eran. Luego conocí al que hoy es mi esposo, me lo imaginé atendiendo una tienda y me dieron ganas de comprar una y atenderla con él. Prueba superada. Pero toda la carreta tiene que ver con las camisas blancas planchadas. Yo no plancho, o al menos eso procuro. No me gusta, me da dolor de espalda, no sé hacerlo. En 6 años le he planchado a mi esposo 6 camisas: las que se pone para Navidad. Y yo la verdad compro la ropa dependiendo de si toca plancharla o no. Pero lo que en el pasado fue una prueba de mi pereza y de mi limitada habilidad como ama de casa, se volvió hoy un gesto de solidaridad con el planeta. Planchar la ropa, y sobre todo ser de esas señoras maniáticas que planchan sábanas, toallas, calzoncillos, carpetas, carpeticas, limpiones, trapos del piso… y que antes de ponerse la ropa vuelven y la planchan… es uno de los gestos más agresivos que se hace desde los hogares, hacia el ecosistema. Socialmente, si uno está arrugadito, es un dejado, desordenado, que no tiene cuidado de su presentación personal… Claro, no se pensará que es un ecologista. Nadie le daría su dinero a un corredor de bolsa arrugado: Si uno va a perder su plata, que al menos él que se la invierte esté de punta en blanco.
Y qué decir de las bolsas del mercado. Cuántas personas que se consideran civilizadas, educadas y gente divinamente de toda la vida, piden que en Carulla les empaquen la carne en una bolsita, que luego meten en otra bolsa, separada de la bolsa en la que llevan el jabón. Como si fuera el equipaje con el que van a subir al Himalaya. Como si vivieran a 4 días de sus casas. Algunos al menos usan estas bolsas una segunda vez. Otros las botan y compran otras bolsas para la basura. Viviendo en Francia aprendí a usar bolsas de mercado de “larga duración”, llevo mis bolsas, empaco mi mercado y lo subo y lo guardo y lo cocino y me lo como. Y si bien de solo pensarlo me agoto, es evidente que el pequeño gesto de no usar 10 bolsas plásticas semanales, representa 520 bolsitas de menos en el mar al año.
Y la gente me dirá, qué hago yo pensando en ecología con medio mundo muriéndose de hambre, habiendo tanto tema chusco y controversial como la guerra, los desplazados, la desigualdad, la corrupción… etc. Tal vez yo siga creyendo en poner un granito de arena.
A mí me gustaban los yupies. En mi juventud, allá a lo lejos. Cuando todavía creía que había una relación directa entre el éxito y la felicidad. Siempre oliendo rico, con sus camisas planchadas. Preferiblemente blancas. Planchadas y almidonadas. Corredores de bolsa, ejecutivos, abogados, economistas, tecnócratas… qué se yo. La pinta les ayudaba - o lo era todo - y esas camisas blancas, planchaditas, impecables… Alguna vez un amigo me dijo: Imagínese al man atendiendo una tienda. Y vino a mí la imagen: Forrado en una camiseta de Pintuco, con un palillo entre la boca, chupándose un lápiz para sacarme el precio sumando detrás de un cartón. Favor que me hizo. Después de eso, les perdí el respeto a los yupies, metrosexuales y a todos esos que eran lo que eran por lo que tenían y no por lo que eran. Luego conocí al que hoy es mi esposo, me lo imaginé atendiendo una tienda y me dieron ganas de comprar una y atenderla con él. Prueba superada. Pero toda la carreta tiene que ver con las camisas blancas planchadas. Yo no plancho, o al menos eso procuro. No me gusta, me da dolor de espalda, no sé hacerlo. En 6 años le he planchado a mi esposo 6 camisas: las que se pone para Navidad. Y yo la verdad compro la ropa dependiendo de si toca plancharla o no. Pero lo que en el pasado fue una prueba de mi pereza y de mi limitada habilidad como ama de casa, se volvió hoy un gesto de solidaridad con el planeta. Planchar la ropa, y sobre todo ser de esas señoras maniáticas que planchan sábanas, toallas, calzoncillos, carpetas, carpeticas, limpiones, trapos del piso… y que antes de ponerse la ropa vuelven y la planchan… es uno de los gestos más agresivos que se hace desde los hogares, hacia el ecosistema. Socialmente, si uno está arrugadito, es un dejado, desordenado, que no tiene cuidado de su presentación personal… Claro, no se pensará que es un ecologista. Nadie le daría su dinero a un corredor de bolsa arrugado: Si uno va a perder su plata, que al menos él que se la invierte esté de punta en blanco.
Y qué decir de las bolsas del mercado. Cuántas personas que se consideran civilizadas, educadas y gente divinamente de toda la vida, piden que en Carulla les empaquen la carne en una bolsita, que luego meten en otra bolsa, separada de la bolsa en la que llevan el jabón. Como si fuera el equipaje con el que van a subir al Himalaya. Como si vivieran a 4 días de sus casas. Algunos al menos usan estas bolsas una segunda vez. Otros las botan y compran otras bolsas para la basura. Viviendo en Francia aprendí a usar bolsas de mercado de “larga duración”, llevo mis bolsas, empaco mi mercado y lo subo y lo guardo y lo cocino y me lo como. Y si bien de solo pensarlo me agoto, es evidente que el pequeño gesto de no usar 10 bolsas plásticas semanales, representa 520 bolsitas de menos en el mar al año.
Y la gente me dirá, qué hago yo pensando en ecología con medio mundo muriéndose de hambre, habiendo tanto tema chusco y controversial como la guerra, los desplazados, la desigualdad, la corrupción… etc. Tal vez yo siga creyendo en poner un granito de arena.
domingo, 18 de octubre de 2009
Barcos
- Hablé con la profesora.
- ¿Y qué te dijo?
- Qué el problema de André, es que es un soñador.
- Pero eso no es un problema…
- Parece que sí, que se la pasa en las nubes pensando no sabe en que cosas…
Llegamos a su casa y me invita a seguir. Encima de la mesa del comedor hay un barco hecho con cajas y botellas plásticas recicladas. Le pregunto al niño y me cuenta que el fin de semana vuelve su papá de misión, que está haciendo un barco para jugar con él en la playa. Como percibe mi interés, me lleva a su cuarto y me muestra otros barcos, carros, carretas y la maqueta de un restaurante llena de detalles hechos de toda clase de materiales.
- Si cuando sea grande no puedo trabajar haciendo barcos voy a ser chef.
Su mamá se acerca y se disculpa por el desorden. Me explica que este niño prefiere inventar mamarrachos con la basura que hacer las tareas del colegio. Que no sabe qué hacer con él. Tengo mil cosas para decir, pero me abstengo. Cuando escucho sus historias tengo la sensación de que la profesora y ella prefieren un muchachito promedio, que hagan lo que se le dice y que termine de cajero en un supermercado. Yo espero que al final André gane la batalla. Por el momento le estoy haciendo una bolsita con las tapas de las botellas, con alambres, y con otras cosas que me encuentro por ahí… Tenemos que mejorar la resistencia de sus barcos.
100 años
Saber que este niño va a vivir 100 años me produjo una crisis ecologista. Llevo dos días calculando. Primero su relación con el agua: cuántas veces va a ducharse, cuántas va a soltar el agua del inodoro, cuántas veces nadará en el mar, cuántas en una piscina, cuánta loza se lava en 100 años, cuánta ropa… Y he seguido y seguido pensando: cuántos galones de gasolina, cuánto consumo de energía eléctrica, cuántas toneladas de basura…
Luego vino la crisis existencial: cuántas veces puede enamorarse uno en 100 años, cuántos comerciales de televisión puede ver, cuántos mails mandará, cuántas preguntas le hará a Google, cuántas veces va a llorar, a reírse, a maldecir, a gritar… Cuántas cosas puede aprender, cuántas cosas debe olvidar, cuánta gente va a conocer, cuánto y que tan lejos viajará, a cuántas personas va a querer y a cuántas va a detestar…
Más tarde la crisis de identidad, cuántas personas distintas es uno en 100 años: el bebe, el niño, el alumno, el adolescente, el universitario, el empleado, el sindicalista, el turista, el enamorado, el divorciado, el inmigrante, el malo de la película, el bueno, el que se las sabe todas, el que no da una, el arrancado, el despechado, el desilusionado, el pesimista, el optimista, el vecino, el observador, el protagonista…
Yo sólo espero poder enseñarle cosas simples. Respetar la naturaleza. Tener la fuerza de voluntad para salir y reducir las horas frente a la televisión y el computador. Hacerle sentir que por más oscuros que sean los escenarios, todo pasa. Enseñarle a creer en el amor. Darle siempre una segunda oportunidad a las personas y a las cosas. Reparar antes de cambiar. Saludar. Sonreír. Saber el nombre de la gente, conocer sus gustos y ser solidario con sus problemas. Decir la verdad por principio y mentiras cuando haga falta. No ser el más bueno, ni el más malo… También tengo que enseñarle a que no me oiga, ni me tome tan en serio, para que los próximos 99 años sean los mejores de su vida.
lunes, 12 de octubre de 2009
Pan y leche
Bajarse del bus y ser normal. Comprar el pan y la leche y no tener pena en tomársela directamente de la bolsa. Sentarse en un andén y amarrarse los zapatos. Encontrar 1000 pesos en el bolsillo y alegrarse. Ser normal. Soñar con el Nobel, con el Lotto, con el Oscar, pero despertarse feliz de no estar obligado a nada distinto de ser normal. Comer sánduche de jamón y queso. Reírse de lo que se ríen todos. Guardar debajo de la cama la pose intelectual. No es perder las ambiciones. Es más bien restarle importancia a los deseos, para ser normal, para estar bien. Una canción francesa dice que si la vida es terrible, el día puede ser el más hermoso. Tal vez mañana empiece a escribir el libro que me inmortalice, o compre el primer billete del Loto. Pero hoy, me bajo del bus de lo que debería ser y soy normal, compro el pan, me lo como, tomo leche de la bolsa y soy feliz con los 1000 pesos que me acabo de encontrar.
Disentir
Prometí no escribir esta semana. Ni una línea. Ni una letra. Nada. Estoy furiosa. Triste. Maldita costumbre de leer periódicos por Internet y sus espantosos foros. Intolerancia infinita. La semana pasada toque fondo. Tengo un amigo que vive al norte. Allá donde los gringos. Paso horas por teléfono preguntándole por Obama. Que los demócratas. Que el cambio. La política internacional y no sé cuantas pendejadas mas. Feliz me contesta, me cuenta anécdotas, me da cifras y me divierte con datos. Él, mi amigo, allá a lo lejos es un demócrata. Los demócratas creen en la igualdad de derechos, respetan a los homosexuales, promueven el cambio, no discriminan a las mujeres, se comprometen con la ecología, con el desarrollo sostenible y promulgan la democracia en la política exterior. Juegan a ser políticamente correctos y el discurso de las utopías les queda bien.
Pero cuando mi amigo habla de Colombia, se transforma. Se vuelve uno de los seguidores de régimen. Las ideas patológicas sobre ([{“Él”}]) entran en escena. Mano dura. ¡Qué constitución ni que carajos! ¡Si claro es un ladrón, pero todos han robado! Colecta firmas en cartas infames cuyo contenido evidencia el pecado sumo que es pensar diferente a ([{“Él”}]). Allá, al norte, mi amigo es un demócrata del primer mundo. Al sur, mi amigo es facho del tercero. Lo que yo interpreto es que en su visión, los gringos tienen derechos, libertades, instituciones. Obvio, porque ellos son mejores. Nosotros en cambio, no merecemos nada y mucho menos tenemos derecho a disentir.
Me dan ganas de recordarle que ([{“Él”}]) iba por John McCain. Pero todo es inútil. A pesar de haberme desahogado. Sigo furiosa.
Pero cuando mi amigo habla de Colombia, se transforma. Se vuelve uno de los seguidores de régimen. Las ideas patológicas sobre ([{“Él”}]) entran en escena. Mano dura. ¡Qué constitución ni que carajos! ¡Si claro es un ladrón, pero todos han robado! Colecta firmas en cartas infames cuyo contenido evidencia el pecado sumo que es pensar diferente a ([{“Él”}]). Allá, al norte, mi amigo es un demócrata del primer mundo. Al sur, mi amigo es facho del tercero. Lo que yo interpreto es que en su visión, los gringos tienen derechos, libertades, instituciones. Obvio, porque ellos son mejores. Nosotros en cambio, no merecemos nada y mucho menos tenemos derecho a disentir.
Me dan ganas de recordarle que ([{“Él”}]) iba por John McCain. Pero todo es inútil. A pesar de haberme desahogado. Sigo furiosa.
Gusano verde (Post 100)
martes, 6 de octubre de 2009
Actualización política
- Hola tía…
- Mijita, me contó tu mamá que vas a venir. ¡Qué dicha!
- Si tía, por eso te llamo. Necesito pedirte un favor.
- Dime mijita, para que soy buena.
- Tía necesito que me actualices en actualidad política.
- Mija, pero tú que vives pegada al internet, estas más actualizada que yo.
- No tía, lo que yo necesito es información puntual. Quien está con quien, para no irla a embarrar. Los últimos meses que viví en Colombia, me puse a criticarlo a ([{“Él”}]) abiertamente y hubo un montón de gente que no me volvió a hablar.
- Mija pero cómo se te ocurre. Lo primero que no aceptamos los que lo seguimos a ([{“Él”}]) es que se mente su santo nombre en vano y que se ponga en duda su sapiencia suma. Pero me parece bien que seas prudente y vengas preparada. Pregunta mijita, pregunta.
- Alicita de Benedetti y su esposo.
- Están con él. Felices. Hasta el final. Gracias a los subsidios de Agrícolas, acaban de hacerle una piscina a la finca de Honda. No mijita, una belleza, un lujo.
- ¿Y cómo hicieron, porque esa finca siempre ha sido de recreo?
- Pues haciendo la vuelta mija. Además los subsidios son para los que ya tienen tierras y plata.
- Ah… Sigamos. Olguita y Juan Concha.
- No mija. Esos nos dejaron.
- ¿Se murieron?
- No mija. Es que ellos tenían al hijo trabajando en una embajada, estaban felices pero con lo de la reelección, pues al muchacho lo sacaron para meter a la hija de un congresista. Entonces ahora el pobre Juan vive diciendo que él nunca jugó en el equipo de ([{“Él”}]) y que siempre ha izado las banderas del Partido Liberal.
- Paulita, Amelita y Julianita Castañeda.
- Pues mija es que ellas estaban en muy mala situación. Como se dice, llevaban años siendo gente bien venida a menos y en un golpe de suerte a Julianita le salió un trabajo en una ONG americana. Entonces ahora son como tú. Izquierdosas del Centro Andino. De mochila wayúu y zapato de marca. Que los desplazados, que los derechos humanos y todas esas pendejadas que se inventan las ONGs para sacarle plata a los gringos y a los europeos.
- Gracias por el vainazo. Sigamos pero habla más despacio que yo estoy aquí anotando. Alejandrito Parra.
- Mija es que ese muchacho siempre ha sido un desadaptado. Me dicen que se ha dado sus paseos por El Polo… Así como alguien que yo conozco pero que no digo quien es…
- Pues claro que yo me doy mis paseos por El Polo. Por el Polo Club, llevamos como 30 años viviendo ahí tía.
- Si, hazte la pendeja.
- Oye tía… ¿y mi tío?
- Mija, cómo te dijera. El dice que desafortunadamente uno siempre debe jugar en el mismo equipo, en el equipo de los ganadores, pero a tu tío ([{“Él”}]) no lo convence. Cada vez que abre el periódico dice que es un capataz de medio pelo. Un dictadorcito barato. Un enfermo de poder enceguecido por la ambición. Que dejó la pobre Constitución hecha un chicote. Que no lo soporta. Pero claro tu tío no dice eso en público. No va y lo confundan con un guerrillero y aparezca debajo de un puente vestido de camuflado y con una pistola amarrada a la mano con cinta aislante.
- Bueno y si mi tío dice eso, ¿Tu por qué eres tan adepta a ([{“Él”}])?
- Pues mijita, porque yo siempre fui del partido conservador como lo era mi papá. Pero estar con ([{“Él”}]) se volvió una moda y yo no quiero que me pase como a ti, que por no seguir la corriente la gente piensa que uno está con los guerrilos y no lo vuelven a invitar a nada.
- Ah, o sea que tu no eres una “fumadora social”, sino una “fanática social”…
- Algo así mija, algo así…
- Bueno saberlo.
- Mijita, me contó tu mamá que vas a venir. ¡Qué dicha!
- Si tía, por eso te llamo. Necesito pedirte un favor.
- Dime mijita, para que soy buena.
- Tía necesito que me actualices en actualidad política.
- Mija, pero tú que vives pegada al internet, estas más actualizada que yo.
- No tía, lo que yo necesito es información puntual. Quien está con quien, para no irla a embarrar. Los últimos meses que viví en Colombia, me puse a criticarlo a ([{“Él”}]) abiertamente y hubo un montón de gente que no me volvió a hablar.
- Mija pero cómo se te ocurre. Lo primero que no aceptamos los que lo seguimos a ([{“Él”}]) es que se mente su santo nombre en vano y que se ponga en duda su sapiencia suma. Pero me parece bien que seas prudente y vengas preparada. Pregunta mijita, pregunta.
- Alicita de Benedetti y su esposo.
- Están con él. Felices. Hasta el final. Gracias a los subsidios de Agrícolas, acaban de hacerle una piscina a la finca de Honda. No mijita, una belleza, un lujo.
- ¿Y cómo hicieron, porque esa finca siempre ha sido de recreo?
- Pues haciendo la vuelta mija. Además los subsidios son para los que ya tienen tierras y plata.
- Ah… Sigamos. Olguita y Juan Concha.
- No mija. Esos nos dejaron.
- ¿Se murieron?
- No mija. Es que ellos tenían al hijo trabajando en una embajada, estaban felices pero con lo de la reelección, pues al muchacho lo sacaron para meter a la hija de un congresista. Entonces ahora el pobre Juan vive diciendo que él nunca jugó en el equipo de ([{“Él”}]) y que siempre ha izado las banderas del Partido Liberal.
- Paulita, Amelita y Julianita Castañeda.
- Pues mija es que ellas estaban en muy mala situación. Como se dice, llevaban años siendo gente bien venida a menos y en un golpe de suerte a Julianita le salió un trabajo en una ONG americana. Entonces ahora son como tú. Izquierdosas del Centro Andino. De mochila wayúu y zapato de marca. Que los desplazados, que los derechos humanos y todas esas pendejadas que se inventan las ONGs para sacarle plata a los gringos y a los europeos.
- Gracias por el vainazo. Sigamos pero habla más despacio que yo estoy aquí anotando. Alejandrito Parra.
- Mija es que ese muchacho siempre ha sido un desadaptado. Me dicen que se ha dado sus paseos por El Polo… Así como alguien que yo conozco pero que no digo quien es…
- Pues claro que yo me doy mis paseos por El Polo. Por el Polo Club, llevamos como 30 años viviendo ahí tía.
- Si, hazte la pendeja.
- Oye tía… ¿y mi tío?
- Mija, cómo te dijera. El dice que desafortunadamente uno siempre debe jugar en el mismo equipo, en el equipo de los ganadores, pero a tu tío ([{“Él”}]) no lo convence. Cada vez que abre el periódico dice que es un capataz de medio pelo. Un dictadorcito barato. Un enfermo de poder enceguecido por la ambición. Que dejó la pobre Constitución hecha un chicote. Que no lo soporta. Pero claro tu tío no dice eso en público. No va y lo confundan con un guerrillero y aparezca debajo de un puente vestido de camuflado y con una pistola amarrada a la mano con cinta aislante.
- Bueno y si mi tío dice eso, ¿Tu por qué eres tan adepta a ([{“Él”}])?
- Pues mijita, porque yo siempre fui del partido conservador como lo era mi papá. Pero estar con ([{“Él”}]) se volvió una moda y yo no quiero que me pase como a ti, que por no seguir la corriente la gente piensa que uno está con los guerrilos y no lo vuelven a invitar a nada.
- Ah, o sea que tu no eres una “fumadora social”, sino una “fanática social”…
- Algo así mija, algo así…
- Bueno saberlo.
lunes, 5 de octubre de 2009
El día de las brujas
Todo iba bien. Las viejitas de la casa de recuperación venían felices a sus clases de trabajo manual. Pero los “creativos” tenemos un problema: nos las damos de creativos. Y dada la cercanía del Halloween me inventé la idea fantástica de enseñarles a hacer máscaras y antifaces para sus nietos. No vino nadie. Las enfermeras que cuidan a mis alumnas me dijeron que era posible que estuvieran cansadas. No desistí. Y volvieron a faltar. Mientras recogía los materiales dada la falta de público, apareció una señora que había venido las primeras veces.- Nadie va a venir.
- ¿Y sabe usted porque?
- Porque el Halloween es una costumbre americana, no es francesa.
- ¿En serio?
- Si.
No entré en discusiones y fui a hablar con la directora. Me dijo que no me preocupara. Que si me parecía volviéramos al collage.
En el almuerzo del domingo comento lo sucedido. Mi suegra se molesta.
- ¿Pero es que a quién se le ocurre hacer cosas para el Halloween? En mi pueblo hicimos un grupo que pasó una carta a la Alcaldía para que se prohibiera el Halloween.
- ¿No fue el mismo grupo que hizo la carta para que no dejaran montar un Ikea? – pregunta mi esposo picándole la lengua.
- Claro, los mismos.
- Pero Ikea es sueca.
- Pues de donde sea, pero no es francesa.
Mi esposo se ríe y sin que su mamá se dé cuenta alza el plato y me muestra la marca: “Ikea”.
- ¿Y no han hecho una carta para que acaben los restaurantes chinos?
- No porque a los nietos del presidente del grupo les gusta mucho el arroz cantonés. Yo si no como de esa comida jamás. Ni la he probado.
Yo sigo en silencio y pienso que afortunadamente Louis Pasteur era francés, porque o si no la industria láctea francesa no hubiera llegado a ser lo que es. Yo por el momento mantendré en secreto que los números naturales fueron inventados por lo árabes, para no poner en riesgo el sistema financiero europeo y que se sospecha que la rueda se inventó en Mesopotamia. Por si acaso. Lo único que me falta es tener que hacer mercado a caballo.
martes, 29 de septiembre de 2009
Un mundo diferente
Teníamos un club privado para hablar mal del gobierno. Escondidos en alguna esquina de su casa, hablábamos en voz baja. ¡El estado de derecho! ¡La constitución! ¡Habeas corpus! ¡Jurisprudencia! El era abogado y yo había oído a mi mamá 5 años estudiar derecho en la mesa del comedor con sus amigas. Repaso de la actualidad política. Calificábamos a cada mortal dependiendo si estaba o no con el “mesías”.
Yo pensaba que era uno de los mejores cocineros sobre la tierra. Alguna vez, al regreso de un paseo nos hizo unas pastas con salchichón al horno. Días más tarde le pedí que me diera la receta y empezó a “patinar”. Yo comprendí que así como podía hacer grandes banquetes con todo medido y preparado, podía hacer algo delicioso con las sobras de la nevera el último día de la quincena. Yo me sentaba a devorar su minestrone mientras cambiábamos secretos culinarios. A pesar de que yo no igualo su talento, siempre fueron generosos sus comentarios de mi sazón.
El día que supe que estaba embarazada lo llamé y le pregunté:
- ¿Usted me quiere como a una hija?
- Por supuesto.
- Entonces va a ser abuelo.
Cuando cierro los ojos y lo tengo frente a mi cantando “Piensa en mí” sobre la versión de Chavela Vargas. La última vez que hablé con él, le prometí rezar por su salud, me contestó que a Dios le encantaban las oraciones de los pecadores. Que seguro me iba a oír. Tal vez empecé a rezar demasiado tarde, o tal vez no he pecado lo suficiente. “Si tienes un hondo penar, piensa en mí”. Mi hondo penar, es que pienso en él, y él ya no está.
Yo pensaba que era uno de los mejores cocineros sobre la tierra. Alguna vez, al regreso de un paseo nos hizo unas pastas con salchichón al horno. Días más tarde le pedí que me diera la receta y empezó a “patinar”. Yo comprendí que así como podía hacer grandes banquetes con todo medido y preparado, podía hacer algo delicioso con las sobras de la nevera el último día de la quincena. Yo me sentaba a devorar su minestrone mientras cambiábamos secretos culinarios. A pesar de que yo no igualo su talento, siempre fueron generosos sus comentarios de mi sazón.
El día que supe que estaba embarazada lo llamé y le pregunté:
- ¿Usted me quiere como a una hija?
- Por supuesto.
- Entonces va a ser abuelo.
Cuando cierro los ojos y lo tengo frente a mi cantando “Piensa en mí” sobre la versión de Chavela Vargas. La última vez que hablé con él, le prometí rezar por su salud, me contestó que a Dios le encantaban las oraciones de los pecadores. Que seguro me iba a oír. Tal vez empecé a rezar demasiado tarde, o tal vez no he pecado lo suficiente. “Si tienes un hondo penar, piensa en mí”. Mi hondo penar, es que pienso en él, y él ya no está.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Yo no duermo
Otra conversación inutil
- Hola mijita querida, pensé que te habías olvidado de mi.
- No tía, eso imposible. ¿Oye tía tú te acuerdas de un señor que era amigo de mi tío,que tenía un puente de un color y los dientes de verdad de otro?
- Ay mija, que lengua la tuya. Ese es Paco de Serrezuela. ¿Porqué me preguntas por él?
- Tía… ¿Él no tenía unos cultivos de palma de aceite?
- Claro mijita, el es un gran terrateniente que heredó medio departamento de sus abuelos paternos y ahora está metido en lo de la palma, y acá entre nos, nosotros también…
- ¿En serio?
- Si mija, el convenció a tu tío de meter unos pesitos. Y tu tío encantado. Tú sabes mija, cualquier negocio que tenga la mano de “Él”, es negocio asegurado. Porque es obvio que él va a hacer lo que haya que hacer para que todo salga bien: Cambiar las leyes, dar exenciones tributarias, desplazar a los que haya que desplazar… ¡Todo mija! ¿Por qué me preguntas?
- No tía, porque ayer dieron en televisión un reportaje mostrando las condiciones de la gente que trabaja en los cultivos de palma: sin guantes, sin zapatos, llenos de espinas, muertos de hambre, sin seguridad social…
- ¡Ah no mija! Ahí están pintados los europeos, con el arrebato del comercio justo y todas esas ridiculeces. Qué se va a poner uno a gastarse las utilidades y los excedentes de capital en guantes, zapatos y pendejadas de esas. ¡Así no es como se hacen las fortunas!
- Tía pero es que son las normas mínimas de seguridad industrial…
- Otra pendejada izquierdosa tuya, la seguridad industrial es otra moda como la salud, las pensiones y las cesantías… ¡Cómo se ve que no saben de negocios! Indios desagradecidos, no solo se les da trabajo sino que además queda uno en deuda. No pues también querrán indemnizaciones y seguro de vida.
- ¿Bueno y desde cuando tú sabes “tanto” de negocios?
- No mijita, es que nosotros estamos encantados aprendiendo del tema. Paquito, el benjamín de Paco, nos ha estado instruyendo…
- ¿Ese muchachito no era amigo del mancito de las pirámides?
- Si mija, pero parece que no tan amigo, que se vieron en alguna fiesta de las que hacen los hijos de “Él”, pero nada más.
- Sí, eso dicen todos ahora.
- Además mija, ahí la carta ganadora es el jóker de “Palacio”. El siempre tan trabajador: ¿Qué esa gente les molesta? Yo se las desplazo. ¿Que esa ley no les gusta? Yo se las cambio. ¿Que sin impuestos? Si claro, ni que estuviéramos bravos. Divino como siempre dejando hacer fortuna a la gente de bien. ¿Y qué más decían en el reportaje?
- No, pues analizaban el impacto ambiental, qué pasa cuando se dejan de producir alimentos para producir combustibles, cosas de ese estilo…
- Ah… ¿Y tú qué piensas mijita?
- Yo prefiero no pensar tía. Afortunadamente mi carrito es GPL.
- No, ahí si me dejaste en las mismas.
- Tía querida, siempre vamos a estar en las mismas.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Mentiras piadosas
Extraño sentido de la amistad que nos permitía no decir la verdad para reducir el tamaño de grandes problemas y aumentar la medida de pequeños logros.
Me faltan mis amigas. Inventar miles de pequeñas mentiras. Sólo por cariño. Mentir. Desahogarse. Suspirar.
Testamento
A pesar de tener un heredero, hice mi lista. Son más de doscientos. A veces creo que no debería quejarme tanto.
Chicles y falafel
Durante dos días compartí la habitación del hospital con una mujer marroquí, de 43 años y seis meses de embarazo. Acosada por la diabetes gestacional, soportaba juiciosamente las pruebas de glicemia que le realizaban cada dos horas. No tan juiciosamente se comía todo lo que yo dejaba, que era prácticamente la comida sin probar, porque me sentía muy mal y porque estaba espantosa. Adicionalmente el hijo mayor de su esposo, venía cargado de sopa de garbanzos, falafel y otras delicias típicas, que me ofrecían generosos pero que yo no quería ni probar. Me contó que llevaba 9 meses viviendo en Francia, como casi pierde un ojo, que tenía dos hijas de 13 años y 14 meses, que este bebé había sido un “accidente” pero que lo esperaba con mucha ilusión. A mí lo único que me provocaba eran los chicles de menta, para que se me quitara el sabor horrible de la boca que me provocaban los medicamentos. Mi esposo me trajo dos paquetes, sin azúcar, gracias a Alá, porque la señora se sentó y se comió un paquete completo masticando con una energía contagiosa: nunca había visto a alguien sacarle tanto gusto a un chicle, ni hacer tanto ruido haciéndolo. El segundo día vino una doctora, francesa para más señas, especializada en diabetes. Empezó a explicarle que necesitaba insulina, que sus niveles de azúcar estaban muy elevados… pero la mujer parecía no entender debido a la velocidad meteórica con que la especialista hablaba. En reacción a esto, la segunda empezó a hablarle más duro, como si su interlocutora fuera sorda, pero no más despacio. La situación empeoraba. Para resolverla yo empecé a repetir más despacio lo que la doctora decía.
- ¿Usted sabe hablar árabe?
- No, yo sé hablar francés despacio.
Cuando salí del hospital le dejé mis chicles, mis revistas y le recomendé que siguiera las instrucciones de los médicos. Desafortunadamente, no creo que me haga caso.
- ¿Usted sabe hablar árabe?
- No, yo sé hablar francés despacio.
Cuando salí del hospital le dejé mis chicles, mis revistas y le recomendé que siguiera las instrucciones de los médicos. Desafortunadamente, no creo que me haga caso.
martes, 15 de septiembre de 2009
Collage
Para facilitar las cosas, y teniendo en cuenta que las viejitas son realmente viejitas, me empeño en enseñarles a hacer collage. Llevo una caja llena de papeles, recortes, estampillas, lentejuelas… Me he pasado la vida haciendo trabajos manuales, en mi casa hay materiales para hacer collage los próximos 10 años. Me preparo. Me arreglo. Me presento:
- Me llamo Angela, como Angela Merkel, pero yo me visto mejor:
El chiste que mezcla política y moda, rompe el hielo. Les explico mi situación y que tienen la libertad de corregirme cuando hable mal. Me reciben de buen ánimo. De las 10, 3 hacen todo lo que digo y lo disfrutan. Otras 2 se esfuerzan pero se quejan de su poca habilidad manual. 2 entran y salen. 2 disfrutan sólo con mirar. Y hay una que se dedica a criticarnos a todas. Nada de lo que hacemos o decimos le parece. Me hace reír. Entre las más aplicadas hay una que parece un personaje de un cuento: de piel muy blanca, manos delicadas y pelo largo peinado como una niña, envuelta de cuello a pies en una bata levantadora roja. Como si fuera una travesura me habla en español. Dice que siempre fue su idioma favorito. Mientras corta papelitos lanza palabras al aire:
- ¡Tiburón! ¡Amor! ¡Amigo! ¡Guapa!
Yo traduzco lo que ella dice a las otras señoras que se ríen y comentan. La clase se termina. Me siento especialmente bien. Tal vez nunca hable francés a la perfección, pero al menos tengo una excusa para pasar la tarde y conversar con mis viejitas.
lunes, 14 de septiembre de 2009
El Rey Chichón
Con la cabeza coronada de chichones este rey conquista el mundo. Se sube, se baja, se lanza, se tira, rebota, llora, se queja, se ríe, canta, baila, sube los brazos, manda besos y celebra… Con el primer chichón lloré, con el segundo maldije, con el tercero compré el árnica, con el cuarto ensayé el vinagre… con el quinto no me acuerdo. Lo que un día fue una casa, es ahora un campo de entrenamiento donde buscamos como reducir hasta el más mínimo peligro, pero este pequeño monarca se las ingenia y todo se vuelve una aventura. Pregunto y como siempre me dicen que es una etapa, que no me afane, que tenga cuidado, pero que es normal. Me da tristeza, pero al mismo tiempo me sorprende como poco a poco se pega menos y disfruta más. Amor mío siempre tan fuerte. Rey de su reino. Siempre feliz a pesar de todo.
Burkina Faso
En el colegio privado me acusaban de comunista porque mi papá era profesor de una universidad pública. En la universidad pública no me bajaban de niña rica porque había estudiado en un colegio privado. Cuando trabajé con los yupis me aguantaba chistes idiotas por haber ido a una universidad pública. Cuando era profesora en una universidad privada católica, me acusaron de no tener “caridad cristiana” por pelear con un celador que no me dejaba entrar, porque no creía que alguien tan joven pudiera ser profesor. Ahora soy inmigrante en un país del primer mundo que le teme a la diferencia. Tal vez sea una extraña habilidad para estar en el lugar equivocado o simplemente soy una especie de desadaptada funcional. Estas situaciones no me hacen ni más fuerte, ni especial, ni me han dado poderes sobrenaturales. Es siempre interesante como por todo y por nada, podemos ser discriminados.Hace unos meses conocí una mujer negra, nacida en Burkina Faso, que a los 60 años está tratando de aprender a leer. Inmigrante como yo, lava platos en un restaurante, trabajo que le permitió comprarse una motocicleta usada, con la que atraviesa 3 pueblos para venir a sus clases de alfabetización. Me saluda con cariño. Me pregunta por mi hijo y comparte mis alegrías. Ella piensa que soy una persona especial porque me gustan sus historias de un país lejano, sin costas en el mar, donde nunca tuvo una cama. Ella me tiene en buen concepto y eso es suficiente para mí.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Salir del Closet
Aunque sea demasiado tarde. Aunque haya callado. Aunque haya pecado por omisión. Aunque no le importe a nadie. Salgo del closet. Confieso abiertamente mi amor y mi compromiso incondicional con los homosexuales, con la Comunidad Homosexual o como quieran llamarse. Mi respeto absoluto. Mi adición a la lucha por la reivindicación de sus derechos y a la búsqueda de la igualdad ante la ley.
De ellos solo he recibido amor, amistad, respeto, conocimiento. A lo largo de mi vida han caminado a mi lado para soportarme, ayudarme, educarme, entenderme o consolarme. Cuando los propios me dieron la espalda tuve una familia en ellos. Un lugar donde llegar. Un plato de comida caliente. Una conversación apasionada. Un silencio cómodo.
¿Qué parte de “todos somos iguales a los ojos de Dios”, no le queda clara a los pacatos inmisericordes e intolerantes? Ignorancia inverosímil que abucheaba a dos niñas homosexuales en el colegio Leonardo Da Vinci, el homosexual más cool de la historia. Religiones engañosas que enseñan el amor y aplican el odio. Educación insípida que premia lo mediocre y castiga lo excepcional. ¿A qué le temen? Hemos leído sus libros, bailado su música, amado sus obras, enloquecido ante su genio y sucumbido a sus encantos.
Hooligans henchidos de testosterona cantan enloquecidos “We are the champions” de Fredy Mercury. Políticos reaccionarios que citan el fino cinismo de Oscar Wilde… y la lista sigue y sigue porque el amor y a quien se ame, no son problema de nadie, solo de los que aman y no definen el genio ni la inteligencia.
Salgo del closet y confieso querer y haber querido a los que me quieren y me han querido. Pido perdón por mi silencio. Por no haber hecho pública mi posición. Por no defender a los que tanto quise. Estúpidamente pensé que si caminaba en las marchas del Orgullo Gay, la gente iba a pensar que yo también era homosexual y tuve miedo. Pero qué pasa con los papás, con las mamás, con las hermanas y hermanos, con los amigos y amigas, con esos que como yo tuvimos la suerte de tener a nuestro lado personas magnificas de las que nos sentimos orgullosos. ¿Desde cuándo es un pecado, confesar el amor, la tolerancia y el respeto?
De ellos solo he recibido amor, amistad, respeto, conocimiento. A lo largo de mi vida han caminado a mi lado para soportarme, ayudarme, educarme, entenderme o consolarme. Cuando los propios me dieron la espalda tuve una familia en ellos. Un lugar donde llegar. Un plato de comida caliente. Una conversación apasionada. Un silencio cómodo.
¿Qué parte de “todos somos iguales a los ojos de Dios”, no le queda clara a los pacatos inmisericordes e intolerantes? Ignorancia inverosímil que abucheaba a dos niñas homosexuales en el colegio Leonardo Da Vinci, el homosexual más cool de la historia. Religiones engañosas que enseñan el amor y aplican el odio. Educación insípida que premia lo mediocre y castiga lo excepcional. ¿A qué le temen? Hemos leído sus libros, bailado su música, amado sus obras, enloquecido ante su genio y sucumbido a sus encantos.
Hooligans henchidos de testosterona cantan enloquecidos “We are the champions” de Fredy Mercury. Políticos reaccionarios que citan el fino cinismo de Oscar Wilde… y la lista sigue y sigue porque el amor y a quien se ame, no son problema de nadie, solo de los que aman y no definen el genio ni la inteligencia.
Salgo del closet y confieso querer y haber querido a los que me quieren y me han querido. Pido perdón por mi silencio. Por no haber hecho pública mi posición. Por no defender a los que tanto quise. Estúpidamente pensé que si caminaba en las marchas del Orgullo Gay, la gente iba a pensar que yo también era homosexual y tuve miedo. Pero qué pasa con los papás, con las mamás, con las hermanas y hermanos, con los amigos y amigas, con esos que como yo tuvimos la suerte de tener a nuestro lado personas magnificas de las que nos sentimos orgullosos. ¿Desde cuándo es un pecado, confesar el amor, la tolerancia y el respeto?
jueves, 3 de septiembre de 2009
Pedro
Cuando llamaba a pedir un domicilio, le decía a la señora de la tienda:
- Sí, la del bloque 5 (…) Sí, la del perrito negro (…) dos bolsas de leche y una 2 litros (…
Cuando llamaba a los amigos de mi mamá a pedirles favores y a pesar de tener más de 30 años, les decía:
- Hola, hablas con Ángela, la hija de Guadalupe.
- Angelita, ya estas grande para presentarte como la hija de Guadalupe, yo sé quién eres…
Me contestaban jocosamente, pero yo quería amarrar los perros y asegurarme de que sabían quién era yo.
Yo era (y espero seguir siéndolo a pesar de estar lejos), la sobrina, la hermana, la amiga, la vecina, la socia, la parcera, la conocida de… No siempre era Ángela, pero era alguien. La dueña del perrito, la del carro rojo, la de la oficina del segundo piso.
A veces era chévere ser yo: Frente a mi oficina se sentaba un mendigo, que tenía la costumbre de cuidarme cuando salía tarde de trabajar.
- Suba la ventana doctora. No debería salir tan tarde doctora. Cuando no le guste más ese abrigo, ¿Me lo regala doctora?
- Venga amigo, pero es que yo no soy doctora.
- Pero con severas pintas como no va ser una doctora.
Alguna vez este amigo entró a pedir limosna a un restaurantucho del sector y el dueño llamó a un policía que estaba cerca para ahuyentarlo. Yo que pasaba por ahí, pregunté qué pasaba.
- Acá el polocho que no lo deja a uno pedir tranquilo. Me la tiene montada amiga.
- Usted que va a ser amigo de la señorita.
- Claro que somos amigos señor agente. Camine Fernando almorzamos y deje tranquilos a los señores.
El mendigo se dio mañas para soltarse del policía y se vino conmigo.
- Gracias doctora.
- No, de nada amigo.
- Y yo me llamo Pedro doctora, no Fernando… pero mucha abeja, dejó mamando al polocho.
- Yo me llamo Ángela.
- Sí, yo sé doctora. Muy bacano que haya dicho que somos amigos.
- Vea Pedro, nos vemos por la mañana, nos vemos cuando salgo a almorzar, me acompaña por la noche… ¿y no me da el placer de ser su amiga? Estamos mal Pedro, estamos mal.
Pedro se alejó sonriente. Nunca dejó de esperarme a la salida de la oficina.
En este pueblo no hay Pedros, ni restaurantuchos y los policías están para otras cosas. A veces no es chévere ser yo. En este pueblo nadie me va a tratar mejor a pesar de que yo sea la amiga de Pedro.
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