viernes, 11 de diciembre de 2009

La heredera

Nadie se merece una herencia. O al menos no se la merece tanto como cree. No la trabajó, no la ahorró, simplemente la esperó o le llegó porque alguien más desapareció. Había una publicidad que decía que si usted no viaja en primera clase pudiendo hacerlo, sus herederos lo harían. El problema de no saber cuándo se muere uno, hace que guarde o ahorre inútilmente unos recursos que debió disfrutar. Por el contrario, entre mejores sean esos recursos más contentos estarán sus parientes cercanos de cualquier falla en su salud o de las posibilidades de un accidente. Cuanto hijo indigno aparece llorando a reclamar su pedazo de la casa, la lámpara de la sala y el espejo de la entrada, a pesar de no haber movido un dedo los últimos 20 años por su anciana madre. Las herencias como todo lo que tiene que ver con dinero, tienen un lado oscuro, una historia, un pasado.

Yo he recibido una extraña herencia: el 50% de un divorcio. Un montón de muebles de pino. Con lo lindos que son los pinos en las postales de Los Alpes, o en las tarjetas de navidad, ¿Porqué vienen a invadirme a mí que nunca tuve la intención de cortarlos?. También heredé montañas de sabanas, toallas y limpiones viejos, que han desaparecido misteriosamente, cada vez que hay promociones de lencería y ropa de hogar en Carrefour. La mitad de una vajilla azul y amarilla de pésima calidad que se rompe cuando toca el piso con el más mínimo impulso. Un juego de copas de cristal que no me hace feliz, pero que no me incomoda. Unos cubiertos de mango azul plástico, que se confunden con la comida y van a parar a la caneca al menor descuido. Una docena de electrodomésticos tipo waflera, sanduchera, crepera, que dado su buen estado, no me producen ni frio ni calor. Pero también lo heredé a él. La máquina del diablo como le dice mi esposo. Un ayudante de cocina con más de 50 accesorios. Algún día buscando si entre todas esas cajas había una licuadora para hacer jugo lo encontré en su empaque original. Nuevo. Sin abrir. Incluía la licuadora así que lo saque y preparé un jugo de banano con mandarina. El que hoy es mi esposo que en esa época era mi novio, saltó como una fiera a la cocina a ver qué era lo que sonaba, y me encontró con las manos en el ayudante. Si el ayudante hubiera sido un muchacho buenmozo de 20 años, no se habría puesto tan furioso. Me dijo que era una máquina carísima y delicadísima. Que tuviera cuidado de no dañarla. Y dicho y hecho, yo seguí experimentando con tan mala suerte que le puse mal una de las 50 piezas y sonó un ruido horrible que evidenció que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Segunda vaciada. Y así sucesivamente. Un día con juicio saqué el manual y aprendí todas y cada una de las funciones. Pero cada vez que lo usaba mi esposo se ponía insoportable. Le pregunté a mi cuñada si sabía la historia del señor Moulinex. Haberlo sabido. Fue el último regalo de mi suegra a la anterior esposa de mi esposo, con una nota: “Para que aprendas a cocinar”. Sutil y a la yugular como todas las cosas entre suegras y nueras. Después de 10 años de comer todos los fines de semana en su casa, le regala algo a ver si por fin aprende. Encantadora como siempre.

Como buena herencia yo lo disfruto sin merecerlo. Ya casi lo domestico. Ya sé hacer papas y platanitos en chips. He hecho tortas de zanahoria y de espinaca. Toda clase de ponqués, tortas y masitas. Jugos y sorbetes. Guisos, salsas y picadillos. Lo uso como licuadora, como batidora y como picadora y sé que hay otras utilidades que aun no he ensayado. Pero siempre que lo uso pienso que nadie sabe para quien trabaja, o como un regalo que era para amargarle la vida a unos, termina facilitandole la vida a otros.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Dos mundos

Existen dos mundos. Un mundo de los que tenemos niños y un mundo de los que no los tienen. No teniendo suficiente con la montaña de clasificaciones que han encajado mi vida – para bien y para mal – ahora disfruto y sufro la de ser mamá de un niño de menos de dos años. Mezcla perversa entre sufrir el apartheid y pertenecer a un club social. Mientras los amigos solteros comentan: “La hemos perdido, ya no es la que solía ser!”, las amigas-mamás sentencian : “Así te quería ver, pendeja!.”

Mientras a los amigos solteros la navidad y el final del año, les da permiso de deprimirse y/o emborracharse y/o cuestionar el sentido de sus vidas, los que tenemos niños, no tenemos ni permiso ni tiempo de deprimirnos ni de cuestionar nada diferente a armar el árbol, comprar los regalos, organizar las celebraciones, pasear por las iluminaciones… Los solteros se auto regalaran el último teléfono, el último computador, lo más top, lo más cool… Los que tenemos niños si la suerte nos acompaña recibiremos un saco, de alguien que se apiadó de nosotros, pero tendremos la ilusión de la llegada del Niño Dios o del Papa Noel, según sea el hemisferio. Comprar juguetes con la excusa de que son para nuestros hijos es uno de los nuevos placeres de los que no nos avergonzamos, aunque muchas veces la selección se acomode más al gusto del niño que dejamos atrás, que al del que tenemos en frente.

En el pasado mi refugio era algún café snob con terraza donde me sorbía un capuchino con el palito de revolver y me fumaba un Kool Light. Ahora lo es cualquier Mc Donals, reino de las mamás con niños pequeños, chillones, gritones e hiperactivos. Refugio de los papas divorciados que recurren, sabiamente, a llevar a sus hijos itinerantes a un lugar donde eso que no se van a comer y que parcialmente se van a untar, no es tan costoso y viene acompañado de un juguete que compensa la baja calidad nutricional de lo que botan a la caneca. Bendito sea el piso pegachento donde un reguero más no es el fin del mundo. Qué me importa a mi quedar con hambre después de ingerir la caricatura de una hamburquesa, si tengo un sitio donde cambiar el pañal, lavarme las manos, hacer pipi y dejar al chino nadar en una piscina de bolas plásticas babosas.

Ahora me paso la vida buscando un buen parque, me gasto la mitad de mis ingresos en vueltas de carrusel, hago careoke con Los Canticuentos… Cuando encuentro a mis iguales intercambio datos representativos como: ¿Cuántos meses tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Ya pasa la noche derecho? Doy consejos, comparto recetas, pregunto donde consiguieron ese abrigo tan chusco y en invierno salir sin gorrito: ¡Jamás!

Recuerdo ese otro mundo en el que uno podía dedicarle el sábado a la peluquería, a hacerse las uñas, a medirse blujeanes, brasieres, zapatos. Noches de rumba. Tardes de siquiatra. Algo me falta, pero no sé que es. Qué desparche. Tengo que cambiar de celular porque mira, se le rayó la pantalla. El celular que tengo ahora es el juguete favorito de mi hijo y se le borraron los números un día tratando de quitarle un pegote de compota.

En este mundo soy la mamá. En este mundo no busco consuelo, lo doy. El centro del universo se desplazó y llora en mis brazos cuando el vecino lo asusta con el ruido del taladro. En este mundo el final del año no me hace preguntarme sobre el sentido de la vida, solo trato de mostrarle a alguien más que la vida vale la pena.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Bogotá

Déjame deambular en Bogotá. Déjame perderme. Que un atardecer anaranjado me exprima el alma y que una noche fría me reúna con mis amigos a repetir las mismas historias de siempre.

Déjame perder el tiempo entre trancones infinitos. Comprar un cigarrillo en el semáforo y fumármelo camino a la casa. Regatear con el vendedor de los aguacates, preguntar cuál es el pan que está más fresco, quedar pegajosa de azúcar de roscón.

Quiero estar entre el ruido, el todo a mil, pague dos y lleve 3, vallenato ventiao, repuesto para la olla exprés, botella, papel, donde el regalaron el pase, pilas pirobo, chao mamita, quien pidió pollo.

Andenes en donde nunca pisé la línea. Plazas de mercado multicolores. La pobreza. El lujo. La miseria. La belleza. La tragedia. El desorden. Déjame comprar todo lo que no necesito en una miscelánea. Drogarme con el olor a pegante de una remontadora. Hacer mercado en la plaza y almorzar en algún restaurante snob. Ropa interior del Only y chaqueta del Centro Andino.

Déjame disfrutar de los niños que ganan el premio de montaña de la ciclovía. Familias que comen oblea después de misa. Chicharrones colgados de un gancho. Dosis personales de lechona en tenedores blancos. Mujeres que educan familias haciendo empanadas.

Deja que Bogotá me rompa el corazón como lo ha hecho tantas veces. Que llore mis muertos y mis ausentes. Déjame vociferar, maldecir, gritar, reírme a carcajadas. Tener fe en el futuro. Déjame volver.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Criticones Ánónimos

Hola, me llamo Ángela y soy una criticona.- Hola Ángela. – Contestarían los otros participantes de la reunión de Criticones Anónimos.- Llevo 16 días sin criticar a nadie. - Tímidos aplausos felicitarían mi esfuerzo.Porque siempre he sido una criticona. No soy la única. Sé que muchos disfrutamos del placer de armar y desarmar la vida de los otros, cómo se visten, cómo piensan, lo que compran. Ante la imposibilidad de ver objetivamente nuestras carencias, nos dedicamos a la deconstrucción de las de los otros con la ayuda de nuestra lengua viperina. Pero a veces no hace falta ir a las reuniones de Criticones Anónimos. El destino hace la vuelta. Nos hace comer una a una nuestras palabras. Nos muestra cómo siempre existe la posibilidad de estar equivocados. Cómo el chauvinismo y la prepotencia se pagan en módicas cuotas. Hasta aquí pareque que me hubiera intoxicado con un libro de autoayuda escrito por Og Mandino. Qué horror. ¿A qué se debería el repentino acto de contricción?. Tanta humildad parece sospechosa.

Hace 4 días el niño supo cómo abrir la puerta del baño (o tal vez yo la dejé abierta), abrió la llave de la tina, sacó la ducha extensible y minutos más tarde bailaba emparamado en el corredor de un apartamento prácticamente inundado. Hice todo lo que tenía que hacer, sequé, exprimí, escurrí, recogí, colgué… después de una hora de oficio adicional vi mi reflejo en el espejo. Me acordé de todos los comentarios intolerantes y ridículos que osaba expresar cuando veía a primas, amigas y vecinas, pasando trabajos con sus niños pequeños. Las teorías sobre la educación y cómo sería yo de mamá, que me atrevía a profesar cuando veía muchachitos haciendo pataletas en los supermercados. Las críticas idiotas de cómo las que se vuelven mamás viven desgualetadas. Y me comí todas y cada una de mis sandeces mientras metía las toallas en la lavadora incapaz de escurrirlas más. Luego me senté en el sofá con el niño, lo abracé, le dije que no me volviera el apartamento una piscina, él me abrazó también, suspiró y dijo: ma-ma.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Bendición

Dios me premió con un hombre al que no le gusta el fútbol. Temiendo un accidente su mamá le prohibió a él y a sus hermanos cualquier deporte de contacto. Al cumplir 18 años, todos se dedicaron a los deportes extremos y mi esposo adora lanzarse en paracaídas y volar en parapente. A veces, cuando vamos de picnic a la playa intentan él y sus hermanos jugar fútbol con los niños. Familia de troncos. Todos tienen dos pies izquierdos. Y si bien a veces hacen el ridículo cuando niños de otras familias se unen a los equipos, es una bendición que no les guste el fútbol. Si hay partido en la televisión, ellos pasan el canal sin inmutarse. No lloran cuando pierde Francia o algún equipo local. No son fanáticos idiotas tratando de romperle hasta el último hueso a los hinchas del equipo contrario. No se escapan los domingos para ir al estadio. No apuestan. No besan camisetas. No odian a los dirigentes de los equipos y las ligas, porque no tienen ni idea que los equipos y las ligas tienen dirigentes. No discuten horas enteras si era mejor Pelé que Maradona. Que si el toque toque, que si el pase-gol, “si me estima, si me estima”, “pásela guevón que yo estoy solo”, “ese juez esta comprado”, “no, esta vez tampoco fuimos al Mundial”. Nada. Dios me premió con un hombre al que no le gusta el fútbol. Gracias. Amén.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Otoño subversivo

En el otoño los días son atardeceres de 12 horas. No ha hecho tanto frio como se esperaba. Salgo de la clase de francés. Sigue siendo para mí la caricatura de un idioma, pero me gusta. Pongo un cd que me mandó un amigo de mi mamá, marcado con flumaster: “Mis MP3 favoritos”. Es el crossover más despiadado que he oído jamás. Pasa sin compasión de O sole mio, en la versión de Luciano Pavaroti, a Echao pa lante de Joe Arroyo. Canción 54. Yerberito Moderno, en la primera versión de Celia Cruz. Le subo el volumen. Le subo más el volumen. Como un acto subversivo bajo la ventana. Y Celia canta. Se oye el rumor de un pregonar que dice así: el yerberito llegó, llegó. Los niños juegan sobre montañas de hojas secas. Traigo yerba santa pa' la garganta. Traigo keisimon pa' la hinchazón. El semáforo esta en rojo. En amarillo. En verde. Traigo abrecaminos pa' tu destino. Traigo la ruda pa' el que estornuda. Cinco mujeres árabes recogen tres decenas de niños a la salida del colegio. También traigo albahaca pa' la gente flaca, el apasote para los brotes. Alguien hornea una torta de manzana que impregna el aire. El vetiver para el que no ve y con esa yerba se casa usted. Pueblito de Lego en el que todo es como debería ser. Yerberooo. Un hombre anciano me mira expresando descontento. Pero yo traigo yerba santa pa' la garganta y con esa yerba se casa usted. Niñas vestidas de mujeres que besan niños que no tienen afán de ser hombres. Ay pero yo traigo la ruda pa'l que estornuda y con esa yerba se casa usted. Casas preciosas en las que no vive nadie. Pero yo traigo el apasote para los brotes y con esa yerba se casa usted. Ancianatos de lujo. Oye yo traigo keisimon pa'la hinchazón y con esta yerba se casa usted. Farmacias magnificas para placer de vanidosos e hipocondriacos. Y con esa yerba se casa usted. Eh que mi yerbero moderno, yerbero moderno. Pueblito perfecto. Tan bonito. Tan ajeno. Oye yo traigo yerba santa pa'la garganta y con esa yerba se casa usted. Otoño con sabor a sopa de ahuyama. Pero yo traigo el apasote para los brotes y con esa yerba se casa usted. Otoño que me hace pensar en Bogotá y en las ganas infinitas de tomar onces de chocolate y huevos pericos. Mira yo traigo el vetiver para el que no ve y con esta yerba se casa usted. Pueblito de postal donde nunca cantó Celia. Hasta hoy.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Colombianita interior

Patacones con queso Boursan a las finas hierbas. Aunque los plátanos verdes me cuesten 7 euros el kilo. Integrarse no es comerse el queso con el vino que toca según el código francés - que no está escrito en ninguna parte -. Es conocer el quesito y comérselo como a uno le dé la gana. Es hacer guiso con queso Emmental. Es armar las empanadas con pâte feuilletée. Integrarse no es cambiar: es aprender. Nunca he sido tan colombiana como desde que vivo en Francia. Nunca antes me fue tan útil el sentido común, la simpatía y la capacidad de “hacer la vuelta” como ahora. Y no es que yo fuera la persona más simpática y la verdad siempre fui bastante inútil y eran otros los que hacían la vuelta por mí. Pero hoy la es misión aprender. Todo. Lo inútil. Lo simple. Lo importante. Aunque muchas veces lo inútil, lo simple y lo importante sea todo lo contrario a lo que yo pienso. Los europeos no son más sofisticados, son sólo más aburridos. Como niño rico que se respete nada es suficiente y todo está mal. Aunque tengan en exceso y las cosas estén bien. Por eso para ser feliz, yo aprendo, escucho, tomo nota. Mientras ellos se quejan yo disfruto. Mientras a ellos les parece poco, yo aprovecho. Colombia no es pasión como dijo el publicista gringo que cobró millones por una falsa obviedad. Y no es que se me haya ocurrido un slogan mejor. Yo solo sé que esa colombiana que habita en mí, que aprende todo y que no cambia, ha sido la mejor compañía desde que vivo lejos.

Promoción

- Quiero verificar con usted que mi esposa no va a tener problemas para reclamar la promoción. Yo se que ustedes a veces hacen más difícil este trámite a las personas que son extranjeras.
- No señor Blanc, no se preocupe. Además su esposa no parece extranjera. A simple vista se ve normal.

El gatito es un animal.

Cuando tenía 7 años, el Niño Dios, nos trajo a mi hermano y a mí la enciclopedia: El mundo de los niños. Nuestros papás acuciosos forraron cada tomo en un plástico transparente para proteger los libros. Mi hermano y yo nos sentábamos tardes enteras a mirarlos, leerlos y releerlos. A veces mientras repetíamos el tomo 5 llamado Los Aninales, peleábamos por quién debía pasar la página 209, que tenía la foto de la serpiente de cristal. Le teníamos terror.

Mientras esperaba a mi niño, mi mamá me mandó por barco la enciclopedia. Mi esposo subió la caja sin saber qué era y quedó atónito cuando la abrimos. No podía creer que alguien mandara una enciclopedia vieja a través del mar. Le expliqué qué era y lo que representaba. No pude explicarle lo que sentí cuando la vi, acá, en el mundo paralelo que es nuestra vida. Aún no puedo explicármelo a mí misma.

Mi niño ya tiene 17 meses, casi 18. Edad llena de emociones fuertes como subirse, bajarse, atravesar, esconder, encontrar, inspeccionar, investigar, reírse a carcajadas para luego gritar y finalmente llorar. Después de una de sus aventuras y mientras lo consolaba del nuevo chichón en su frente, decidí mostrarle el tomo 5, el de los animales. Sentados en el piso llegamos a la página 7: “El gatito es un animal”. Un dibujo de un gatico maullando llena la página. Para hacer la experiencia aún más interactiva hago mi mejor imitación. El niño queda extasiado. Paso la página. Llora. Volvemos a la página 7. “ete”. “miaooouuuuu”. Pasamos la página. “no”. “ete”. “miaooouuuuu”. Pasamos la página. “no”. “ete”. “miaooouuuuu”. Pasamos la página. “no”. “ete”. “miaooouuuuu”. 20 minutos de gatico e imitación de maullido. Casi 30 años después paso de nuevo la tarde con El mundo de los niños. La diferencia es que ahora vivo al otro lado del mar.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El infierno

Su abuela nunca podrá perdonarle haber escogido la religión de su mamá. La anciana lo había intentado todo. La había encerrado sin que otros se dieran cuenta a contarle las parábolas del nuevo testamento. La había hecho recitar los 7 pecados capitales. También las virtudes teologales. Todo lo que la dejaba recordar su mente aturdida por los años y el alcohol. Al nacer la niña la abuela hizo prometer a su hijo que la dejaría escoger su religión cuando llegara el momento, tratando de conseguir el tiempo para traerla a su equipo. Pero ella que vivía con su mamá nunca entendió una palabra de lo que la anciana decía. Al momento de escoger prefirió eso que había vivido en el ejemplo y no en la catequesis codificada de la mujer. Los miembros de la familia temiendo la reacción de la matrona, escondieron la decisión de la niña. Pero fue inútil. Enfurecida la abuela le reclamó, le explicó, le ordenó, le cuestionó y en la desesperación la amenazó con el infierno. La niña angustiada vino a buscarme a la cocina.

- ¿Tú sabes qué es el infierno?
- Si. Es un lugar que se inventaron los adultos para asustar a los niños cuando no hacen lo que ellos quieren.
- ¿Pero existe o no existe?
- No existe.
- ¿Entonces, cuando me muera no voy a ir allá?
- No.
- ¿Entonces, por qué mi abuela me dice que me voy a ir al infierno?
- Porque tal vez ella viva en él.
- No entiendo.
- No te preocupes.
- ¿Y el cielo?
- Ese si existe.
- ¿Y cuando me muera me voy a ir allá?
- No sé. Yo solo sé que cuando tienes mucho amor en tu corazón y quieres a la gente que te rodea, la vida se parece más al cielo que al infierno.
- ¿Y cuando mi abuela se muera a dónde va a ir?
- No sé.
- ¿Qué vamos a almorzar?
- Spaguetti Bolognesa.
- Mmm delicioso. ¿Y cuando yo…?
- No sé mi amor, no sé. Por el momento ayúdame a poner la mesa.
- ¿En el cielo comen spaguetti bolognesa?
- No sé, pero eso espero…
- Sí, yo también.

domingo, 25 de octubre de 2009

Café y mouse de chocolate

Hace una semana nos expulsaron de un restaurante a mi esposo, a mi niño y a mí. Nos sacaron. Nos echaron. No paguen, va por nuestra cuenta, pero váyanse. Pararse, ponerse la chaqueta y agarrar al niño. Irse como un miserable. La gente nos mira. Maldito coche que se enreda en todo. Mi esposo está pálido. Yo escucho todo como entre una bolsa porque tengo el corazón tan agitado que me falta el aire. Era la celebración de nuestro aniversario. Como no estamos legalmente casados, celebramos el primer día que nos vimos y la locura furiosa que vino después. Salimos. En el andén terminamos de arreglarnos, ponemos al niño en el coche. Me da tanta tristeza ver a mi esposo descompuesto, que hago un esfuerzo:

- Finalmente nos salió gratis. Ven te invito a un café y al postre.

Encontramos una pastelería y ahogamos el mal momento entre café y mouse de chocolate. En una iglesia que queda en frente, se celebra un matrimonio. Una corte de mujeres ataviadas a la usanza provenzal espera a los novios, adentro una gaita irlandesa, extraña mezcla, que se vuelve aún más exótica cuando empiezan a salir invitados asiáticos y franceses. Novia francesa. Novio asiático. Pétalos de flores en el aire. Música de flautas dulces. Fotos y más fotos de propios y extraños.

En teoría este es el país de la liberté, la égalité, y la fraternité. Acá se escribió la déclaration universelle des droits de l'homme. Ese es el país teórico. En el otro, en el práctico, el dueño de un restaurante nos expulsa porque le molestan los niños. No perderé el tiempo poniendo una queja. No es la primera vez y no nos pasa sólo a nosotros.

Antonio

Con motivo del lanzamiento en francés de su libro: Sin Remedio (Un mal sans remède), entrevistaron esta semana por televisión a Antonio Caballero. Lo presentaron con toda deferencia y elegancia. Luego hicieron una reseña en la que un periodista explicaba con emoción quien era y lo que representaba. Acto seguido la entrevista en estudio. No, que emoción. Cuenta, explica, responde y hace uno de esos comentarios de los que él no se ríe, pero que hacen que los demás se rían a pesar de su profunda oscuridad. No, que emoción. Y yo a quién llamo a contarle. Diez minutos de éxtasis. Y me quedo en el sofá, atravesada por la felicidad y con ganas de llorar.

jueves, 22 de octubre de 2009

Camisas blancas planchadas

Ya había escrito sobre esto. La repetición de la repetidera. Que lora con eso mija.

A mí me gustaban los yupies. En mi juventud, allá a lo lejos. Cuando todavía creía que había una relación directa entre el éxito y la felicidad. Siempre oliendo rico, con sus camisas planchadas. Preferiblemente blancas. Planchadas y almidonadas. Corredores de bolsa, ejecutivos, abogados, economistas, tecnócratas… qué se yo. La pinta les ayudaba - o lo era todo - y esas camisas blancas, planchaditas, impecables… Alguna vez un amigo me dijo: Imagínese al man atendiendo una tienda. Y vino a mí la imagen: Forrado en una camiseta de Pintuco, con un palillo entre la boca, chupándose un lápiz para sacarme el precio sumando detrás de un cartón. Favor que me hizo. Después de eso, les perdí el respeto a los yupies, metrosexuales y a todos esos que eran lo que eran por lo que tenían y no por lo que eran. Luego conocí al que hoy es mi esposo, me lo imaginé atendiendo una tienda y me dieron ganas de comprar una y atenderla con él. Prueba superada. Pero toda la carreta tiene que ver con las camisas blancas planchadas. Yo no plancho, o al menos eso procuro. No me gusta, me da dolor de espalda, no sé hacerlo. En 6 años le he planchado a mi esposo 6 camisas: las que se pone para Navidad. Y yo la verdad compro la ropa dependiendo de si toca plancharla o no. Pero lo que en el pasado fue una prueba de mi pereza y de mi limitada habilidad como ama de casa, se volvió hoy un gesto de solidaridad con el planeta. Planchar la ropa, y sobre todo ser de esas señoras maniáticas que planchan sábanas, toallas, calzoncillos, carpetas, carpeticas, limpiones, trapos del piso… y que antes de ponerse la ropa vuelven y la planchan… es uno de los gestos más agresivos que se hace desde los hogares, hacia el ecosistema. Socialmente, si uno está arrugadito, es un dejado, desordenado, que no tiene cuidado de su presentación personal… Claro, no se pensará que es un ecologista. Nadie le daría su dinero a un corredor de bolsa arrugado: Si uno va a perder su plata, que al menos él que se la invierte esté de punta en blanco.

Y qué decir de las bolsas del mercado. Cuántas personas que se consideran civilizadas, educadas y gente divinamente de toda la vida, piden que en Carulla les empaquen la carne en una bolsita, que luego meten en otra bolsa, separada de la bolsa en la que llevan el jabón. Como si fuera el equipaje con el que van a subir al Himalaya. Como si vivieran a 4 días de sus casas. Algunos al menos usan estas bolsas una segunda vez. Otros las botan y compran otras bolsas para la basura. Viviendo en Francia aprendí a usar bolsas de mercado de “larga duración”, llevo mis bolsas, empaco mi mercado y lo subo y lo guardo y lo cocino y me lo como. Y si bien de solo pensarlo me agoto, es evidente que el pequeño gesto de no usar 10 bolsas plásticas semanales, representa 520 bolsitas de menos en el mar al año.

Y la gente me dirá, qué hago yo pensando en ecología con medio mundo muriéndose de hambre, habiendo tanto tema chusco y controversial como la guerra, los desplazados, la desigualdad, la corrupción… etc. Tal vez yo siga creyendo en poner un granito de arena.

domingo, 18 de octubre de 2009

Barcos

Mi vecina demacrada me saluda en el corredor. Le pregunto si se siente mal. Confiesa estar cansada. Pasó la tarde peleando con su hijo tratando de obligarlo a escribir 100 veces: “Debo oír todo lo que la profesora dice.” Le digo que me parece un poco desmedido el castigo y algo inútil, que hable con la profesora. Al día siguiente me la encuentro de nuevo, viene subiendo con el niño de la mano.

- Hablé con la profesora.
- ¿Y qué te dijo?
- Qué el problema de André, es que es un soñador.
- Pero eso no es un problema…
- Parece que sí, que se la pasa en las nubes pensando no sabe en que cosas…

Llegamos a su casa y me invita a seguir. Encima de la mesa del comedor hay un barco hecho con cajas y botellas plásticas recicladas. Le pregunto al niño y me cuenta que el fin de semana vuelve su papá de misión, que está haciendo un barco para jugar con él en la playa. Como percibe mi interés, me lleva a su cuarto y me muestra otros barcos, carros, carretas y la maqueta de un restaurante llena de detalles hechos de toda clase de materiales.

- Si cuando sea grande no puedo trabajar haciendo barcos voy a ser chef.

Su mamá se acerca y se disculpa por el desorden. Me explica que este niño prefiere inventar mamarrachos con la basura que hacer las tareas del colegio. Que no sabe qué hacer con él. Tengo mil cosas para decir, pero me abstengo. Cuando escucho sus historias tengo la sensación de que la profesora y ella prefieren un muchachito promedio, que hagan lo que se le dice y que termine de cajero en un supermercado. Yo espero que al final André gane la batalla. Por el momento le estoy haciendo una bolsita con las tapas de las botellas, con alambres, y con otras cosas que me encuentro por ahí… Tenemos que mejorar la resistencia de sus barcos.

100 años

El último estudio sobre la expectativa de vida en Francia, dice que los niños que nacieron en el país durante el 2008, incluido el mío, vivirán 100 años. Con la ayuda de una página de internet sobre el tema pude calcular que por el hecho de haber inmigrado a Francia, mi expectativa de vida aumento en 10 años. Yo me pregunto si esos 10 años de más me tocará vivirlos en este pueblito tan aburrido. Espero que no.

Saber que este niño va a vivir 100 años me produjo una crisis ecologista. Llevo dos días calculando. Primero su relación con el agua: cuántas veces va a ducharse, cuántas va a soltar el agua del inodoro, cuántas veces nadará en el mar, cuántas en una piscina, cuánta loza se lava en 100 años, cuánta ropa… Y he seguido y seguido pensando: cuántos galones de gasolina, cuánto consumo de energía eléctrica, cuántas toneladas de basura…

Luego vino la crisis existencial: cuántas veces puede enamorarse uno en 100 años, cuántos comerciales de televisión puede ver, cuántos mails mandará, cuántas preguntas le hará a Google, cuántas veces va a llorar, a reírse, a maldecir, a gritar… Cuántas cosas puede aprender, cuántas cosas debe olvidar, cuánta gente va a conocer, cuánto y que tan lejos viajará, a cuántas personas va a querer y a cuántas va a detestar…

Más tarde la crisis de identidad, cuántas personas distintas es uno en 100 años: el bebe, el niño, el alumno, el adolescente, el universitario, el empleado, el sindicalista, el turista, el enamorado, el divorciado, el inmigrante, el malo de la película, el bueno, el que se las sabe todas, el que no da una, el arrancado, el despechado, el desilusionado, el pesimista, el optimista, el vecino, el observador, el protagonista…

Yo sólo espero poder enseñarle cosas simples. Respetar la naturaleza. Tener la fuerza de voluntad para salir y reducir las horas frente a la televisión y el computador. Hacerle sentir que por más oscuros que sean los escenarios, todo pasa. Enseñarle a creer en el amor. Darle siempre una segunda oportunidad a las personas y a las cosas. Reparar antes de cambiar. Saludar. Sonreír. Saber el nombre de la gente, conocer sus gustos y ser solidario con sus problemas. Decir la verdad por principio y mentiras cuando haga falta. No ser el más bueno, ni el más malo… También tengo que enseñarle a que no me oiga, ni me tome tan en serio, para que los próximos 99 años sean los mejores de su vida.

lunes, 12 de octubre de 2009

Pan y leche

Bajarse del bus y ser normal. Comprar el pan y la leche y no tener pena en tomársela directamente de la bolsa. Sentarse en un andén y amarrarse los zapatos. Encontrar 1000 pesos en el bolsillo y alegrarse. Ser normal. Soñar con el Nobel, con el Lotto, con el Oscar, pero despertarse feliz de no estar obligado a nada distinto de ser normal. Comer sánduche de jamón y queso. Reírse de lo que se ríen todos. Guardar debajo de la cama la pose intelectual. No es perder las ambiciones. Es más bien restarle importancia a los deseos, para ser normal, para estar bien. Una canción francesa dice que si la vida es terrible, el día puede ser el más hermoso. Tal vez mañana empiece a escribir el libro que me inmortalice, o compre el primer billete del Loto. Pero hoy, me bajo del bus de lo que debería ser y soy normal, compro el pan, me lo como, tomo leche de la bolsa y soy feliz con los 1000 pesos que me acabo de encontrar.

Disentir

Prometí no escribir esta semana. Ni una línea. Ni una letra. Nada. Estoy furiosa. Triste. Maldita costumbre de leer periódicos por Internet y sus espantosos foros. Intolerancia infinita. La semana pasada toque fondo. Tengo un amigo que vive al norte. Allá donde los gringos. Paso horas por teléfono preguntándole por Obama. Que los demócratas. Que el cambio. La política internacional y no sé cuantas pendejadas mas. Feliz me contesta, me cuenta anécdotas, me da cifras y me divierte con datos. Él, mi amigo, allá a lo lejos es un demócrata. Los demócratas creen en la igualdad de derechos, respetan a los homosexuales, promueven el cambio, no discriminan a las mujeres, se comprometen con la ecología, con el desarrollo sostenible y promulgan la democracia en la política exterior. Juegan a ser políticamente correctos y el discurso de las utopías les queda bien.

Pero cuando mi amigo habla de Colombia, se transforma. Se vuelve uno de los seguidores de régimen. Las ideas patológicas sobre ([{“Él”}]) entran en escena. Mano dura. ¡Qué constitución ni que carajos! ¡Si claro es un ladrón, pero todos han robado! Colecta firmas en cartas infames cuyo contenido evidencia el pecado sumo que es pensar diferente a ([{“Él”}]). Allá, al norte, mi amigo es un demócrata del primer mundo. Al sur, mi amigo es facho del tercero. Lo que yo interpreto es que en su visión, los gringos tienen derechos, libertades, instituciones. Obvio, porque ellos son mejores. Nosotros en cambio, no merecemos nada y mucho menos tenemos derecho a disentir.

Me dan ganas de recordarle que ([{“Él”}]) iba por John McCain. Pero todo es inútil. A pesar de haberme desahogado. Sigo furiosa.

Gusano verde (Post 100)

Un gusano verde con ojos saltones y manchitas blancas se pasó a vivir a la caja del azúcar. Un elefante azul con una flor en la barriga, vive ahora en el cajón de las medias. Una tortuga de cabeza roja se esconde entre la lavadora. Pensábamos que eran solo juguetes perdidos y los pusimos de nuevo en la alacena. Pero al día siguiente volvieron a sus nuevos hogares. Tú vienes, los visitas, les hablas y te vas. A pesar de estar ocupado en tus múltiples tareas, -jugar con el agua del inodoro, esconder los plátanos debajo del sofá, hablar por teléfono por los controles remotos del televisor, ponerte los zapatos de tu papá y sacar todo de la cartera de tu mamá-siempre sacas tiempo para venir a visitar a tus amigos. Qué puedo decir. Me parece que es una costumbre que habla bien de ti.

martes, 6 de octubre de 2009

Actualización política

- Hola tía…
- Mijita, me contó tu mamá que vas a venir. ¡Qué dicha!
- Si tía, por eso te llamo. Necesito pedirte un favor.
- Dime mijita, para que soy buena.
- Tía necesito que me actualices en actualidad política.
- Mija, pero tú que vives pegada al internet, estas más actualizada que yo.
- No tía, lo que yo necesito es información puntual. Quien está con quien, para no irla a embarrar. Los últimos meses que viví en Colombia, me puse a criticarlo a ([{“Él”}]) abiertamente y hubo un montón de gente que no me volvió a hablar.
- Mija pero cómo se te ocurre. Lo primero que no aceptamos los que lo seguimos a ([{“Él”}]) es que se mente su santo nombre en vano y que se ponga en duda su sapiencia suma. Pero me parece bien que seas prudente y vengas preparada. Pregunta mijita, pregunta.
- Alicita de Benedetti y su esposo.
- Están con él. Felices. Hasta el final. Gracias a los subsidios de Agrícolas, acaban de hacerle una piscina a la finca de Honda. No mijita, una belleza, un lujo.
- ¿Y cómo hicieron, porque esa finca siempre ha sido de recreo?
- Pues haciendo la vuelta mija. Además los subsidios son para los que ya tienen tierras y plata.
- Ah… Sigamos. Olguita y Juan Concha.
- No mija. Esos nos dejaron.
- ¿Se murieron?
- No mija. Es que ellos tenían al hijo trabajando en una embajada, estaban felices pero con lo de la reelección, pues al muchacho lo sacaron para meter a la hija de un congresista. Entonces ahora el pobre Juan vive diciendo que él nunca jugó en el equipo de ([{“Él”}]) y que siempre ha izado las banderas del Partido Liberal.
- Paulita, Amelita y Julianita Castañeda.
- Pues mija es que ellas estaban en muy mala situación. Como se dice, llevaban años siendo gente bien venida a menos y en un golpe de suerte a Julianita le salió un trabajo en una ONG americana. Entonces ahora son como tú. Izquierdosas del Centro Andino. De mochila wayúu y zapato de marca. Que los desplazados, que los derechos humanos y todas esas pendejadas que se inventan las ONGs para sacarle plata a los gringos y a los europeos.
- Gracias por el vainazo. Sigamos pero habla más despacio que yo estoy aquí anotando. Alejandrito Parra.
- Mija es que ese muchacho siempre ha sido un desadaptado. Me dicen que se ha dado sus paseos por El Polo… Así como alguien que yo conozco pero que no digo quien es…
- Pues claro que yo me doy mis paseos por El Polo. Por el Polo Club, llevamos como 30 años viviendo ahí tía.
- Si, hazte la pendeja.
- Oye tía… ¿y mi tío?
- Mija, cómo te dijera. El dice que desafortunadamente uno siempre debe jugar en el mismo equipo, en el equipo de los ganadores, pero a tu tío ([{“Él”}]) no lo convence. Cada vez que abre el periódico dice que es un capataz de medio pelo. Un dictadorcito barato. Un enfermo de poder enceguecido por la ambición. Que dejó la pobre Constitución hecha un chicote. Que no lo soporta. Pero claro tu tío no dice eso en público. No va y lo confundan con un guerrillero y aparezca debajo de un puente vestido de camuflado y con una pistola amarrada a la mano con cinta aislante.
- Bueno y si mi tío dice eso, ¿Tu por qué eres tan adepta a ([{“Él”}])?
- Pues mijita, porque yo siempre fui del partido conservador como lo era mi papá. Pero estar con ([{“Él”}]) se volvió una moda y yo no quiero que me pase como a ti, que por no seguir la corriente la gente piensa que uno está con los guerrilos y no lo vuelven a invitar a nada.
- Ah, o sea que tu no eres una “fumadora social”, sino una “fanática social”…
- Algo así mija, algo así…
- Bueno saberlo.

lunes, 5 de octubre de 2009

El día de las brujas

Todo iba bien. Las viejitas de la casa de recuperación venían felices a sus clases de trabajo manual. Pero los “creativos” tenemos un problema: nos las damos de creativos. Y dada la cercanía del Halloween me inventé la idea fantástica de enseñarles a hacer máscaras y antifaces para sus nietos. No vino nadie. Las enfermeras que cuidan a mis alumnas me dijeron que era posible que estuvieran cansadas. No desistí. Y volvieron a faltar. Mientras recogía los materiales dada la falta de público, apareció una señora que había venido las primeras veces.

- Nadie va a venir.
- ¿Y sabe usted porque?
- Porque el Halloween es una costumbre americana, no es francesa.
- ¿En serio?
- Si.

No entré en discusiones y fui a hablar con la directora. Me dijo que no me preocupara. Que si me parecía volviéramos al collage.

En el almuerzo del domingo comento lo sucedido. Mi suegra se molesta.

- ¿Pero es que a quién se le ocurre hacer cosas para el Halloween? En mi pueblo hicimos un grupo que pasó una carta a la Alcaldía para que se prohibiera el Halloween.
- ¿No fue el mismo grupo que hizo la carta para que no dejaran montar un Ikea? – pregunta mi esposo picándole la lengua.
- Claro, los mismos.
- Pero Ikea es sueca.
- Pues de donde sea, pero no es francesa.
Mi esposo se ríe y sin que su mamá se dé cuenta alza el plato y me muestra la marca: “Ikea”.
- ¿Y no han hecho una carta para que acaben los restaurantes chinos?
- No porque a los nietos del presidente del grupo les gusta mucho el arroz cantonés. Yo si no como de esa comida jamás. Ni la he probado.

Yo sigo en silencio y pienso que afortunadamente Louis Pasteur era francés, porque o si no la industria láctea francesa no hubiera llegado a ser lo que es. Yo por el momento mantendré en secreto que los números naturales fueron inventados por lo árabes, para no poner en riesgo el sistema financiero europeo y que se sospecha que la rueda se inventó en Mesopotamia. Por si acaso. Lo único que me falta es tener que hacer mercado a caballo.