Me preguntas que he aprendido en este tiempo que llevo lejos. Aprendí que todos somos iguales. Para bien y para mal. Todos nos enamoramos, odiamos, nos enfurecemos. Todos nos ponemos simpáticos con dos tragos y patéticos con diez. Todos soñamos con ganarnos la lotería, hacemos trampa cuando hacemos dieta, envidiamos el carro del vecino. Todos fuimos niños. Peleamos con nuestros hermanos. Esperamos a alguien mirando por la ventana. En todas partes hay cínicos, sádicos, mártines, héroes, profetas y villanos. Somos tan iguales que nos esforzamos en buscar diferencias para identificarnos. Y esa búsqueda termina siendo una trampa y una mentira.
Pero también nuestros derechos son (o deberían ser) los mismos. Es tan grave la injusticia para unos como para otros. Es igual de trágica la impunidad. Es igual de dolorosa la muerte aquí o allá. Pero a menos que la desgracia toque nuestra puerta somos entes insensibles. Todo se vuelve ficción y miramos las noticias como cualquier otra emisión. La sangre es de tempera y la tristeza una actuación.
En los países desarrollados la discriminación se ejerce hacía afuera, contra los extranjeros, los inmigrantes, incluso contra los turistas. En los países en vía de desarrollo la discriminación se hace hacia adentro. Es social. Hay gente y gentecita. Gente de bien y la otra gente, generalmente la que tiene opiniones políticas opuestas a las propias. El primer mundo se hizo rico, en parte, porque hizo mercado en otros países y no pagó la cuenta. En el tercer mundo los ricos, se hacen más ricos, porque se usufructúan de las diferencias sociales y de los gobiernos corruptos: salarios mínimos miserables, impuestos convenientes, exenciones oportunas, legislaciones a la medida.
Creo que no he aprendido nada nuevo. Sólo tuve nuevas pruebas de algo que sospechaba.
jueves, 4 de febrero de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
Jugo de curuba. Desde Bogotá.
Uno se va. Cambia. Se adapta. Se hace una armadura. Escoge que olvidar y que recordar. No piensa en muchas cosas. Adquiere hábitos. Nuevas manías, vicios y costumbres. Se da permiso de seguir haciendo algunas cosas a la colombiana. A veces pone a Carlos Vives. A veces lee los periódicos por Internet. Pero uno sabe que para que la tristeza no gane, esas cosas no deben ser el centro. Entonces arma en el corazón un compartimento, donde guarda todo eso que uno era. No deja de ser, pero deja de estar.
Pero un día vuelve y todo lo que ama, lo que odia, lo que adora, lo que no sabía que extrañaba lo atropella. Lo acosa. Lo abraza. El viaje se vuelve un revuelto de emociones que van de desde el dolor de muela hasta el éxtasis pasando por la alegría, la nostalgia, la pena. Maldita sea. ¿Cómo es que puedo vivir sin el jugo de curuba? ¿Cómo es que puedo pasar meses sin conversar contigo? ¿A qué horas se crecieron estos niños? ¿Por qué diablos no pasan por la cebra? ¡No, no me pongas noticieros colombianos! ¿Se acabó La Piazzeta? ¿Te acuerdas de ese almacén que quedaba en la esquina? Lástima, cambiaron el menú. ¿Ya no viven ahí? ¿En serio? ¡No, qué injusticia!
Percibe el cariño firme a pesar del tiempo y la distancia. El peso de sentirse abandonado. La carga del que se queda. La incertidumbre del que queriéndose ir no lo ha hecho. La envidia de los que están convencidos de que afuera todo es mejor. La pereza de volver a quererse para tener que despedirse. Otra vez. No me acordaba que te quería tanto.
Uno vuelve y narra su cuento. Donde vive. Cómo. Qué hace. Repite anécdotas. Trata de explicar eso que aún no ha entendido. Que es lo mismo pero diferente. Que no es mucho más feliz. Que allá, en el nuevo hogar que trata de construir, también le da gripa, también hay que subir el mercado, también se aburre, también se cansa. Compra artesanías que nunca habría volteado a mirar si viviera en Colombia. Arma su maleta y se va. Otra vez. No me acordaba que te extrañaba tanto.
Pero un día vuelve y todo lo que ama, lo que odia, lo que adora, lo que no sabía que extrañaba lo atropella. Lo acosa. Lo abraza. El viaje se vuelve un revuelto de emociones que van de desde el dolor de muela hasta el éxtasis pasando por la alegría, la nostalgia, la pena. Maldita sea. ¿Cómo es que puedo vivir sin el jugo de curuba? ¿Cómo es que puedo pasar meses sin conversar contigo? ¿A qué horas se crecieron estos niños? ¿Por qué diablos no pasan por la cebra? ¡No, no me pongas noticieros colombianos! ¿Se acabó La Piazzeta? ¿Te acuerdas de ese almacén que quedaba en la esquina? Lástima, cambiaron el menú. ¿Ya no viven ahí? ¿En serio? ¡No, qué injusticia!
Percibe el cariño firme a pesar del tiempo y la distancia. El peso de sentirse abandonado. La carga del que se queda. La incertidumbre del que queriéndose ir no lo ha hecho. La envidia de los que están convencidos de que afuera todo es mejor. La pereza de volver a quererse para tener que despedirse. Otra vez. No me acordaba que te quería tanto.
Uno vuelve y narra su cuento. Donde vive. Cómo. Qué hace. Repite anécdotas. Trata de explicar eso que aún no ha entendido. Que es lo mismo pero diferente. Que no es mucho más feliz. Que allá, en el nuevo hogar que trata de construir, también le da gripa, también hay que subir el mercado, también se aburre, también se cansa. Compra artesanías que nunca habría volteado a mirar si viviera en Colombia. Arma su maleta y se va. Otra vez. No me acordaba que te extrañaba tanto.
jueves, 21 de enero de 2010
Ruido. Desde Bogotá.
En Bogotá he vuelto a encontrar el ruido. Ruido sordo o blanco. Ruido de trancotes, de insultos, de gritos, de carcajadas, de pitos, de sirenas. Ruido en todas sus formas. Lo extrañaba. Chirimía de retahílas mezcladas con música y alta voz. Invitación de almacenes, de mercados, de prostíbulos. Sexo, drogas y reguetón. Chicas. Chicas. Si no puedes contra ellos confúndelos, o en su defecto déjalos sordos. Máquinas que martillan a lo lejos. Copetones que cantan en mi ventana. Lluvia, brisa, llovizna, ventarrón. Gente que habla duro en los restaurantes de moda, por si no habíamos notado que estaban allí. El ruido que hace la llave en el portón de mi casa. Los oigo a todos al mismo tiempo. Conozco como debe sonar cada hora del día, según el día de la semana y el mes del año. No me molesta, aunque a veces no oigo ni lo que pienso, y por consiguiente no entiendo ni lo que escribo.
sábado, 16 de enero de 2010
Pecados de omisión.
No llamar. No preguntar. No comentar. Me preguntaste porque no te quería si tú nunca habías hecho nada. Como quererte, me pregunto yo. Pereza. Desaliento. Dejadez. Desamor. Mi abuela decía que se peca por lo que se dice y por lo que se deja de decir. Prefiero yo los pecados capitales, la ira, la gula, la lujuria. Pecados de exceso y no de ausencia. El que no firma el acta, el que no manda el fax, el que no contesta el mail. El que te ve morir. El que no te abre la puerta. El que no recoge. El que no cierra el frasco. El que nunca dijo lo que sentía. Expedientes que se pudren sobre un escritorio. Trámites inconclusos. Poder malsano: no hacer nada por nadie. Si al menos hubieras dicho algo, no habría sentido culpa por no quererte.lunes, 11 de enero de 2010
La foto. Desde Bogotá.
Sacar una foto de Bogotá. Una muy buena. Una que la describa, que la represente, que la merezca. Una foto que no caiga en el cliché, ni en la porno miseria, ni en el falso lujo de los yupies del tercer mundo, ni en el facilismo de los edificios de ladrillos anaranjados sobre las montañas, “más cerca del cielo”. Una foto que le haga justicia, ciudad grande, absurda, infinita, siempre en obra, siempre en movimiento. Ahora que vuelvo te entiendo más, te quiero más, te temo más. Yo no te quiero perfecta, ni inmaculada, ni virgen. Yo te amo así: con historia, con pasado, con mancha. Y sigo pensando en la foto. Pasan frente a mí los niños de algún jardín, agarrados unos a otros de sus delantales de cuadritos para atravesar la calle, mientras una volqueta pita enfurecida, esperando agilizar su paso. Un payaso promociona algún almorzadero y se acerca para saludar a mi hijo. Hordas de mujeres que usan pantalones una talla inferior a la de sus caderas. Yo busco y busco. El chontaduro para el amor. 100 gafas oscuras para la venta sobre un plástico amarrado a un poste. Un millón de personas que sale de las oficinas para almorzar a medio día. Otro millón que calienta lo que trajo de la casa. Edificios coloniales, republicanos, constructivistas. Casas que crecen un piso cada vez que hay con qué. Antiguos cinemas que hoy son centros de culto. Perros callejeros. Parques. Grafitis. Vallas políticas. Bibliotecas. Parques. Domingo de bicicleta, pincho de caballo y mazorca negra. Pasto verde. Copetón. Paloma. Tomo y tomo fotos. Nada. Parecen pedacitos de un espejo roto. Tal vez deba desistir. Ingenua yo reducirte a una foto.
18 horas
18 horas de viaje y llegaste sonriente. Hyeres – Marseille – Paris – Bogotá. Tranquilo y feliz. Disfrutaste del viaje. Me miraste aterrado en los despegues y los aterrizajes, pero luego sonreíste para que yo no me asustara. El viaje fue mucho más agradable porque estábamos juntos. Pensé que me iba a enloquecer y por el contrario, gracias a ti, hablé con muchas personas y otras muchas nos ayudaron con coche, maletas, teteros y juguetes… Un azafato te dio paleta y te sentó en sus piernas para que yo descansara. Del cielo nos cayeron unos abuelitos que nos ayudaron en inmigración mientras yo hacía los trámites. Aprendiste a ponerte los audífonos y oíste música por casi una hora. Comimos sanduches y papitas de paquete que habíamos empacado desde la casa. Antes cuando viajaba sola a ver a tu papito, odiaba las horas de avión y las filas de aeropuerto. Contigo todo me parece nuevo, te muestro, te cuento, te explico, no pienso en mi y esa es tal vez la mejor forma de sentirse mejor.Y si en el viaje te portaste como un príncipe, el Bogotá has sido el rey. Has comido papitas criollas, morcillas, chorizos, arepitas, plátanos rellenos de bocadillo. Hemos salido por las mañanas, atravesamos el conjunto, compramos el pan y nos devolvemos compartiendo un roscón. Me acompañas a comer Sushi con los amigos de mi pasado remoto y siempre logras que terminemos jugando contigo en algún parque. Has corrido por todos los centros comerciales, mientras tu tío “Tati” (Santi) te persigue muerto de risa. Bailas en la puerta de todos los almacenes donde ponen música estridente y te miras al espejo las luces de los tenis. Te has puesto de ruana todas las reuniones a las que hemos ido. No te afecta el cambio del clima o el de horario. Duermes igual de bien en la camita que te compró tu abuelita, como en la que tienes en la casa. Siempre te levantas tan contento. Me miras como diciendo: “¿Qué vamos a hacer hoy?”. Yo te respondo con un abrazo: “Estar juntos y ser felices mi amor”.
miércoles, 6 de enero de 2010
Desde Bogotá. Plaza de mercado.
Plaza de mercado generosa llena de olores y colores. Comer mandarina mientras escojo las frutas. Regatear. Conversar. Comentar. Buenas vecina. Lleve la docenita. Sólo con entrar siento hambre, ganar de cocinar, de comer. Mundo imperfecto y mágico. Regalo de la tierra. Alverjas desgranadas que nunca estarán en una lata. Arepas, harinas, almojábanas, panelitas, bocadillos. Hierbas para la tos. Remedios para el mal de amor. Quereme. El encime. La ñapa. Córtemela en filetes pero déjeme el gordito. Tiempo sin verla sumercé. Papitas criollas, de las chiquiticas, de las que cocino y luego frito y me como con un aguacate. Huevos de doble yema y cáscara dura. Cilantro, calditos que curan la gripa y las penas. Jugos de curuba, de guanábana, de mango. Ensaladas de fruta monumentales. Longaniza en canasto. Si pudiera te llevaría conmigo.
Desde Bogotá. El tráfico.
Las personas mas buenas y generosas se transforman en bestias furiosas atrás de un volante. Podrían compartir el pan de su mesa, pero no ceder el paso. Los taxistas son guerreros salvajes que se abalanzan sobre la vía, la dominan, la marcan. Los camiones, los buses, lo automóviles, todos son tanques de una guerra contra todo y contra todos. Si bien la ciudad crece y las obras en cualquier otro lugar serían sinónimo de progreso, acá son un castigo y el motivo de la ira. Un obstáculo a vencer. Las señales de tránsito son objetos decorativos, inertes, sin función alguna. Los peatones son acróbatas que saltan entre los tanques. ¿La vida? Qué importa la vida. El papá más dedicado no tendrá reparo en dejar sus hijos huérfanos saltándose un semáforo o atravesando la calle burlando las cebras. Cuánta de esta gente irá al médico, hará dieta, leerá, irá a misa, pedirá perdón por sus pecados, amará a sus hijos, hará deporte, intentará tener su propia casa… tal vez todos, pero también todos estarán dispuestos a perder la vida si eso implica dejar que el otro pase primero.
Desde Bogotá. Los cambios.
Todo cambia. No. No todo, algunas cosas siguen iguales. Pero volver es un extraño ejercicio de inventarios de lo que sigue igual, de lo que varió, de lo que se movió, incluso de lo que desapareció. Solo hace dos años que me fui de esta ciudad y ya soy extranjera. Efecto perverso. También soy extranjera allá. De ambos lugares se muchas cosas, pero de ninguno lo se todo y en los dos soy una especie de bicho raro.Los días de sol en Bogotá son tan lindos, tan brillantes. Me acuerdo que cuando era niña nos acostábamos en el pasto y si no había una sola nube en el cielo, pedíamos un deseo. En mi vida todos mis deseos se han cumplido de formas extrañas, así que desde hace años cuando tengo la oportunidad de pedir uno, solo repito: “Que todo salga bien”.
Los amaneceres en Bogotá son helados. Estamos resfriados y dormimos con saco y medias. Este frío lo recuerdo, sigue igual.
Los atardeceres siguen siendo tristes. Pero la tristeza se acaba al llegar la noche.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Gracias
Si alguien lee los primeros post publicados en este blog, se dará cuenta que yo empecé a escribir porque sentía que me estaba desapareciendo. El hecho de no ser ni francesa, ni árabe y de vivir en un pueblito muy elegante del sur de Francia, me dio la sensación de haberme vuelto transparente, invisible. Aislada en medio de la gente, sin hablar la lengua, sin amigos, habiendo dejado todo y a todos, sólo tenía a mi esposo que constantemente esta en misiones de entre una semana y tres meses. También tenía un bebé para cuidar, al que debía procurarle una vida feliz. Entonces para existir, para dejar un registro de mi experiencia y una prueba de mi existencia, empecé a escribir semana tras semana. Les mande enlaces a algunos familiares y amigos buscando consuelo. Le mandé los textos a mi mamá para que me corrigiera la ortografía. Y dado que el blog esta en internet hubo gente que me encontró por azar. Entre ellos hubo personas que se tomaron el trabajo de escribirme, que me mandaron comentarios, críticas, palabras de aliento. Sin saberlo esas personas han sido como un cable a tierra. A esas personas les debo mucho. Esos mensajes son mi tesoro. Esas personas saben que yo no desaparecí, que solo cambié. Que no soy la misma, pero que sigo igual.Yo no soy una escritora. No soy coherente. Me contradigo. “Así como digo una cosa digo otra”, como sentencia sabiamente la Chimoltrufia. Pero escribir organiza mis ideas y descongestiona mi alma. Y afortunadamente existe gente que lee lo que escribe mi corazón a pesar de que no sea un experto en sintaxis o gramática. A todos ellos muchas gracias.
viernes, 11 de diciembre de 2009
La heredera
Yo he recibido una extraña herencia: el 50% de un divorcio. Un montón de muebles de pino. Con lo lindos que son los pinos en las postales de Los Alpes, o en las tarjetas de navidad, ¿Porqué vienen a invadirme a mí que nunca tuve la intención de cortarlos?. También heredé montañas de sabanas, toallas y limpiones viejos, que han desaparecido misteriosamente, cada vez que hay promociones de lencería y ropa de hogar en Carrefour. La mitad de una vajilla azul y amarilla de pésima calidad que se rompe cuando toca el piso con el más mínimo impulso. Un juego de copas de cristal que no me hace feliz, pero que no me incomoda. Unos cubiertos de mango azul plástico, que se confunden con la comida y van a parar a la caneca al menor descuido. Una docena de electrodomésticos tipo waflera, sanduchera, crepera, que dado su buen estado, no me producen ni frio ni calor. Pero también lo heredé a él. La máquina del diablo como le dice mi esposo. Un ayudante de cocina con más de 50 accesorios. Algún día buscando si entre todas esas cajas había una licuadora para hacer jugo lo encontré en su empaque original. Nuevo. Sin abrir. Incluía la licuadora así que lo saque y preparé un jugo de banano con mandarina. El que hoy es mi esposo que en esa época era mi novio, saltó como una fiera a la cocina a ver qué era lo que sonaba, y me encontró con las manos en el ayudante. Si el ayudante hubiera sido un muchacho buenmozo de 20 años, no se habría puesto tan furioso. Me dijo que era una máquina carísima y delicadísima. Que tuviera cuidado de no dañarla. Y dicho y hecho, yo seguí experimentando con tan mala suerte que le puse mal una de las 50 piezas y sonó un ruido horrible que evidenció que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Segunda vaciada. Y así sucesivamente. Un día con juicio saqué el manual y aprendí todas y cada una de las funciones. Pero cada vez que lo usaba mi esposo se ponía insoportable. Le pregunté a mi cuñada si sabía la historia del señor Moulinex. Haberlo sabido. Fue el último regalo de mi suegra a la anterior esposa de mi esposo, con una nota: “Para que aprendas a cocinar”. Sutil y a la yugular como todas las cosas entre suegras y nueras. Después de 10 años de comer todos los fines de semana en su casa, le regala algo a ver si por fin aprende. Encantadora como siempre.
Como buena herencia yo lo disfruto sin merecerlo. Ya casi lo domestico. Ya sé hacer papas y platanitos en chips. He hecho tortas de zanahoria y de espinaca. Toda clase de ponqués, tortas y masitas. Jugos y sorbetes. Guisos, salsas y picadillos. Lo uso como licuadora, como batidora y como picadora y sé que hay otras utilidades que aun no he ensayado. Pero siempre que lo uso pienso que nadie sabe para quien trabaja, o como un regalo que era para amargarle la vida a unos, termina facilitandole la vida a otros.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Dos mundos
Mientras a los amigos solteros la navidad y el final del año, les da permiso de deprimirse y/o emborracharse y/o cuestionar el sentido de sus vidas, los que tenemos niños, no tenemos ni permiso ni tiempo de deprimirnos ni de cuestionar nada diferente a armar el árbol, comprar los regalos, organizar las celebraciones, pasear por las iluminaciones… Los solteros se auto regalaran el último teléfono, el último computador, lo más top, lo más cool… Los que tenemos niños si la suerte nos acompaña recibiremos un saco, de alguien que se apiadó de nosotros, pero tendremos la ilusión de la llegada del Niño Dios o del Papa Noel, según sea el hemisferio. Comprar juguetes con la excusa de que son para nuestros hijos es uno de los nuevos placeres de los que no nos avergonzamos, aunque muchas veces la selección se acomode más al gusto del niño que dejamos atrás, que al del que tenemos en frente.
En el pasado mi refugio era algún café snob con terraza donde me sorbía un capuchino con el palito de revolver y me fumaba un Kool Light. Ahora lo es cualquier Mc Donals, reino de las mamás con niños pequeños, chillones, gritones e hiperactivos. Refugio de los papas divorciados que recurren, sabiamente, a llevar a sus hijos itinerantes a un lugar donde eso que no se van a comer y que parcialmente se van a untar, no es tan costoso y viene acompañado de un juguete que compensa la baja calidad nutricional de lo que botan a la caneca. Bendito sea el piso pegachento donde un reguero más no es el fin del mundo. Qué me importa a mi quedar con hambre después de ingerir la caricatura de una hamburquesa, si tengo un sitio donde cambiar el pañal, lavarme las manos, hacer pipi y dejar al chino nadar en una piscina de bolas plásticas babosas.
Ahora me paso la vida buscando un buen parque, me gasto la mitad de mis ingresos en vueltas de carrusel, hago careoke con Los Canticuentos… Cuando encuentro a mis iguales intercambio datos representativos como: ¿Cuántos meses tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Ya pasa la noche derecho? Doy consejos, comparto recetas, pregunto donde consiguieron ese abrigo tan chusco y en invierno salir sin gorrito: ¡Jamás!
Recuerdo ese otro mundo en el que uno podía dedicarle el sábado a la peluquería, a hacerse las uñas, a medirse blujeanes, brasieres, zapatos. Noches de rumba. Tardes de siquiatra. Algo me falta, pero no sé que es. Qué desparche. Tengo que cambiar de celular porque mira, se le rayó la pantalla. El celular que tengo ahora es el juguete favorito de mi hijo y se le borraron los números un día tratando de quitarle un pegote de compota.
En este mundo soy la mamá. En este mundo no busco consuelo, lo doy. El centro del universo se desplazó y llora en mis brazos cuando el vecino lo asusta con el ruido del taladro. En este mundo el final del año no me hace preguntarme sobre el sentido de la vida, solo trato de mostrarle a alguien más que la vida vale la pena.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Bogotá
Déjame perder el tiempo entre trancones infinitos. Comprar un cigarrillo en el semáforo y fumármelo camino a la casa. Regatear con el vendedor de los aguacates, preguntar cuál es el pan que está más fresco, quedar pegajosa de azúcar de roscón.
Quiero estar entre el ruido, el todo a mil, pague dos y lleve 3, vallenato ventiao, repuesto para la olla exprés, botella, papel, donde el regalaron el pase, pilas pirobo, chao mamita, quien pidió pollo.
Quiero estar entre el ruido, el todo a mil, pague dos y lleve 3, vallenato ventiao, repuesto para la olla exprés, botella, papel, donde el regalaron el pase, pilas pirobo, chao mamita, quien pidió pollo.
Andenes en donde nunca pisé la línea. Plazas de mercado multicolores. La pobreza. El lujo. La miseria. La belleza. La tragedia. El desorden. Déjame comprar todo lo que no necesito en una miscelánea. Drogarme con el olor a pegante de una remontadora. Hacer mercado en la plaza y almorzar en algún restaurante snob. Ropa interior del Only y chaqueta del Centro Andino.
Déjame disfrutar de los niños que ganan el premio de montaña de la ciclovía. Familias que comen oblea después de misa. Chicharrones colgados de un gancho. Dosis personales de lechona en tenedores blancos. Mujeres que educan familias haciendo empanadas.
Deja que Bogotá me rompa el corazón como lo ha hecho tantas veces. Que llore mis muertos y mis ausentes. Déjame vociferar, maldecir, gritar, reírme a carcajadas. Tener fe en el futuro. Déjame volver.
Déjame disfrutar de los niños que ganan el premio de montaña de la ciclovía. Familias que comen oblea después de misa. Chicharrones colgados de un gancho. Dosis personales de lechona en tenedores blancos. Mujeres que educan familias haciendo empanadas.
Deja que Bogotá me rompa el corazón como lo ha hecho tantas veces. Que llore mis muertos y mis ausentes. Déjame vociferar, maldecir, gritar, reírme a carcajadas. Tener fe en el futuro. Déjame volver.
sábado, 28 de noviembre de 2009
Criticones Ánónimos
Hace 4 días el niño supo cómo abrir la puerta del baño (o tal vez yo la dejé abierta), abrió la llave de la tina, sacó la ducha extensible y minutos más tarde bailaba emparamado en el corredor de un apartamento prácticamente inundado. Hice todo lo que tenía que hacer, sequé, exprimí, escurrí, recogí, colgué… después de una hora de oficio adicional vi mi reflejo en el espejo. Me acordé de todos los comentarios intolerantes y ridículos que osaba expresar cuando veía a primas, amigas y vecinas, pasando trabajos con sus niños pequeños. Las teorías sobre la educación y cómo sería yo de mamá, que me atrevía a profesar cuando veía muchachitos haciendo pataletas en los supermercados. Las críticas idiotas de cómo las que se vuelven mamás viven desgualetadas. Y me comí todas y cada una de mis sandeces mientras metía las toallas en la lavadora incapaz de escurrirlas más. Luego me senté en el sofá con el niño, lo abracé, le dije que no me volviera el apartamento una piscina, él me abrazó también, suspiró y dijo: ma-ma.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Bendición
Dios me premió con un hombre al que no le gusta el fútbol. Temiendo un accidente su mamá le prohibió a él y a sus hermanos cualquier deporte de contacto. Al cumplir 18 años, todos se dedicaron a los deportes extremos y mi esposo adora lanzarse en paracaídas y volar en parapente. A veces, cuando vamos de picnic a la playa intentan él y sus hermanos jugar fútbol con los niños. Familia de troncos. Todos tienen dos pies izquierdos. Y si bien a veces hacen el ridículo cuando niños de otras familias se unen a los equipos, es una bendición que no les guste el fútbol. Si hay partido en la televisión, ellos pasan el canal sin inmutarse. No lloran cuando pierde Francia o algún equipo local. No son fanáticos idiotas tratando de romperle hasta el último hueso a los hinchas del equipo contrario. No se escapan los domingos para ir al estadio. No apuestan. No besan camisetas. No odian a los dirigentes de los equipos y las ligas, porque no tienen ni idea que los equipos y las ligas tienen dirigentes. No discuten horas enteras si era mejor Pelé que Maradona. Que si el toque toque, que si el pase-gol, “si me estima, si me estima”, “pásela guevón que yo estoy solo”, “ese juez esta comprado”, “no, esta vez tampoco fuimos al Mundial”. Nada. Dios me premió con un hombre al que no le gusta el fútbol. Gracias. Amén.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Otoño subversivo
sábado, 7 de noviembre de 2009
Colombianita interior
Promoción
- Quiero verificar con usted que mi esposa no va a tener problemas para reclamar la promoción. Yo se que ustedes a veces hacen más difícil este trámite a las personas que son extranjeras.
- No señor Blanc, no se preocupe. Además su esposa no parece extranjera. A simple vista se ve normal.
- No señor Blanc, no se preocupe. Además su esposa no parece extranjera. A simple vista se ve normal.
El gatito es un animal.
Mientras esperaba a mi niño, mi mamá me mandó por barco la enciclopedia. Mi esposo subió la caja sin saber qué era y quedó atónito cuando la abrimos. No podía creer que alguien mandara una enciclopedia vieja a través del mar. Le expliqué qué era y lo que representaba. No pude explicarle lo que sentí cuando la vi, acá, en el mundo paralelo que es nuestra vida. Aún no puedo explicármelo a mí misma.
Mi niño ya tiene 17 meses, casi 18. Edad llena de emociones fuertes como subirse, bajarse, atravesar, esconder, encontrar, inspeccionar, investigar, reírse a carcajadas para luego gritar y finalmente llorar. Después de una de sus aventuras y mientras lo consolaba del nuevo chichón en su frente, decidí mostrarle el tomo 5, el de los animales. Sentados en el piso llegamos a la página 7: “El gatito es un animal”. Un dibujo de un gatico maullando llena la página. Para hacer la experiencia aún más interactiva hago mi mejor imitación. El niño queda extasiado. Paso la página. Llora. Volvemos a la página 7. “ete”. “miaooouuuuu”. Pasamos la página. “no”. “ete”. “miaooouuuuu”. Pasamos la página. “no”. “ete”. “miaooouuuuu”. Pasamos la página. “no”. “ete”. “miaooouuuuu”. 20 minutos de gatico e imitación de maullido. Casi 30 años después paso de nuevo la tarde con El mundo de los niños. La diferencia es que ahora vivo al otro lado del mar.
lunes, 2 de noviembre de 2009
El infierno
Su abuela nunca podrá perdonarle haber escogido la religión de su mamá. La anciana lo había intentado todo. La había encerrado sin que otros se dieran cuenta a contarle las parábolas del nuevo testamento. La había hecho recitar los 7 pecados capitales. También las virtudes teologales. Todo lo que la dejaba recordar su mente aturdida por los años y el alcohol. Al nacer la niña la abuela hizo prometer a su hijo que la dejaría escoger su religión cuando llegara el momento, tratando de conseguir el tiempo para traerla a su equipo. Pero ella que vivía con su mamá nunca entendió una palabra de lo que la anciana decía. Al momento de escoger prefirió eso que había vivido en el ejemplo y no en la catequesis codificada de la mujer. Los miembros de la familia temiendo la reacción de la matrona, escondieron la decisión de la niña. Pero fue inútil. Enfurecida la abuela le reclamó, le explicó, le ordenó, le cuestionó y en la desesperación la amenazó con el infierno. La niña angustiada vino a buscarme a la cocina.- ¿Tú sabes qué es el infierno?
- Si. Es un lugar que se inventaron los adultos para asustar a los niños cuando no hacen lo que ellos quieren.
- ¿Pero existe o no existe?
- No existe.
- ¿Entonces, cuando me muera no voy a ir allá?
- No.
- ¿Entonces, por qué mi abuela me dice que me voy a ir al infierno?
- Porque tal vez ella viva en él.
- No entiendo.
- No te preocupes.
- ¿Y el cielo?
- Ese si existe.
- ¿Y cuando me muera me voy a ir allá?
- No sé. Yo solo sé que cuando tienes mucho amor en tu corazón y quieres a la gente que te rodea, la vida se parece más al cielo que al infierno.
- ¿Y cuando mi abuela se muera a dónde va a ir?
- No sé.
- ¿Qué vamos a almorzar?
- Spaguetti Bolognesa.
- Mmm delicioso. ¿Y cuando yo…?
- No sé mi amor, no sé. Por el momento ayúdame a poner la mesa.
- ¿En el cielo comen spaguetti bolognesa?
- No sé, pero eso espero…
- Sí, yo también.
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