domingo, 21 de marzo de 2010

Primavera

Cuando está por llegar la primavera los cerezos estallan en flores blancas y rosadas. La temperatura sube cada día un poquito. Un día se sale sin gorro, otro sin guantes, otro sin bufanda… a veces llueve a cántaros y toca devolverse por el impermeable. Todo va cambiando y yo que crecí en Bogotá donde las 4 estaciones pueden suceder en un solo día, me sorprendo. Negocio magnifico este de estar alejados de la línea del Ecuador. Cambia la decoración de las casas, la ropa, los zapatos, los cosméticos, las prioridades. Increíblemente no sirve nada de una estación a otra. Lo que más me gusta es que cambia la dieta. En las noticias informan que ya podemos comer fresas francesas. Son rojas, enormes, brillantes. La periodista parada en medio del cultivo las prueba y hace: ¡Mmmm! Presa del mundo mediatizado me emociono, me pongo la chaqueta, se la pongo al niño y me voy a comprar fresas. 4 euros el kilo. No importa. Cojo mi cajita y cuando me dirijo a pagar, una mujer con un abrigo beige, rubia y espigada se acerca, coge una de las fresas y me muestra como no está “perfectamente” madura. Alega, está furiosa. El 7% de la fresa no está totalmente roja. Yo asiento con la cabeza. No digo nada. Sigo. Miro mis fresitas.

Yo he hecho todo para integrarme a este país. Hablo, leo y escribo su idioma. Me leo los periódicos y las revistas. Veo los noticieros. Trato de aprender su historia para comprender su visión de la vida. Espío las conversaciones de la gente en los restaurantes. Sigo sus leyes. Me como sus quesos. Me tomo sus vinos. No sé que más podría hacer. Me estoy dando por vencida. Nunca seré una verdadera francesa. No sólo no me parece grave que el 7% de la fresa no esté “perfectamente” roja. Sino que me dan unas ganas incontenibles de mechonear a la rubia del abrigo, que no sabe lo que es el hambre, el respeto a la naturaleza, lo sagrado en los alimentos. Si yo fuera valiente le echaba la madre. Pero no, me subo al carro y me como una de las fresitas. Esta dulce, fresca, jugosa. Es una lástima que la gente a mi alrededor no la pueda disfrutar.

jueves, 18 de marzo de 2010

La rifa del tigre

El matrimonio se parece a ganarse la rifa de un tigre. Cuando uno va a los zoológicos que son las casas de las amigas casadas (y ojalá con niños), se descresta con la belleza del animal. Entonces uno hace todo para ganarse el premio. Compra las boletas. Espera. Se ilusiona y finalmente un día se lo gana. El mio es rubio, ojiazul y con acento francés. Por algún tiempo fui la envidia de mis amigas solteras. Las casadas no me envidiaban porque sabían y no me lo dijeron, que tigre es tigre. Pero llega el día de irse a vivir con el felino en mención. Entonces empieza el trabajo que implica tener un bicho de estos en la casa: cocinar, lavar, recoger, etc. También habrá que ocuparse semanalmente de los tigrillos concebidos con otras hembras y por si fuera poco, aguantarse la suegra que por obvias razones será una fiera.

Hace unos días mi esposo fue asignado a una misión más larga y más lejos de lo habitual. Al saberlo entre en crisis: Qué voy a hacer yo acá sola y con el niño… Pero el estrés de la misión exacerbó al tigre, como si estuviera enjaulado pero listo para irse de casería. Entonces por arte de magia mis dudas sobre que voy a hacer se despejaron: redecoraré la jaula, perdón, la casa, pasaré uno que otro día en piyama, dormiré con la televisión prendida, no contestaré el teléfono cuando llame la fiera, etc.

No es que diga que no me va a hacer falta, pero si cuando el gato se va los ratones hacen fiesta, ¿Cómo será cuando se va el tigre?
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El de la foto no es un tigre, pero esa es la idea.

martes, 9 de marzo de 2010

Treinta y muchísimos

Hace unos días cumplí treinta y muchísimos años. Soy afortunada de vivir en Francia donde hay tanto viejito, porque acá sigo pareciendo joven, mientras que en Colombia estaría en la categoría de las “cuchi”, con el agravante de no tener la plata ni la intención de plastificarme en “cuchi-barbie”. Cuando el hijo de mi esposo hizo la cuenta de cuantos años tenía sentí como una caída libre en el estómago. Después me di cuenta que no era tan grave. Ya superé los años atroces entre los 15 y los 20, donde uno quiere parecer de 30 y pretende que se las sabe todas. Ya tuve frenillo. Ya sé que no se me ve bien la permanente, ni los rayitos rubios. Ya no tengo la angustia horrible de quedarme solterona que tuve entre los 20 y los 30. El hecho de no tener que “pensar” en otro me dio a posibilidad de crecer, de viajar, de darme gusto, de trabajar en cosas interesantes y diversas… pero vaya y dígale eso a una muchacha de 25 años, que llora porque no le ha llegado el mancito que es. Tiempo tan perdido el de sufrir por estar soltera. Si hubiera invertido ese tiempo en aprender idiomas y en hacer ejercicio, sería una mamasita políglota. Tuve suerte porque me llegó el que era a los 30 y la maternidad a los 35: yo ya había rumbiado, comido y comprado todo lo que se me había antojado, ya no era un problema la estabilidad, ni la monotonía, ni el sacrificio. Hoy me pregunto como hace una niña de 14 años para ser mamá y no sentirse perdida y a veces desesperada.

Sin que ahora sea una matrona disfruto de una insipiente sabiduría: Las más bonitas no son necesariamente las más felices. Los más bonitos son los que más hacen sufrir y con los que menos se tiene de que hablar. Cuando uno piensa que la plata lo es todo, lo que tenga nunca será suficiente. Si te responden que no importa, si importa. La inversión que se haga en la fiesta de matrimonio no garantiza el éxito de mismo. Ahorrar es bueno. Gastar también.

Pero claro toda esta sabiduría ya no me sirve de nada, porque me cambiaron todas las preguntas. ¿Cómo hago para educar a este niño y que no quede ni psicorígido ni salvaje? ¿Cómo hago para ser una buena madrasta y no oscilar entre Cruela de Vil y Mary Popins? Si el hijastro se vuelve adolecente ¿Dónde puedo esconderme? ¿Me toca pagar los impuestos por Internet? ¿La póliza de qué? Excuse moi je n'ai pas compris. Si mi amor. No mi amor no los he visto. Dame 5 minutos. ¿Se van a divorciar? ¿Qué yo qué opino? ¿Lo pongo a fuego lento y lo saco cuando este doradito? ¿Viene tu mamá este fin de semana?

Me imagino que cuando esté cumpliendo cuarenta y muchísimos tendré algunas de estas respuestas. Solo espero administrar mis neurosis equilibradamente y celebrar cada año aunque la cifra se vuelva inconfesable.

domingo, 28 de febrero de 2010

La perfección. La casa.

La conversación empezó con el siguiente comentario:

- Yo entendí que tú no eres buena ama de casa porque te gustan mucho los libros.

Y concluyó con el este:

- En cambio mira a … - Dijo orientándose hacia mi cuñada. – … La casa de ella siempre esta perfecta porque ella no lee libros.

Los comentarios de mi suegra se miden con la Escala de Richter. Cuando felizmente cierra la boca, se hace un control de daños a ver con quien acabó, se recogen los escombros y se ordena el desastre.

Yo no soy Bree Hodge. No me interesa. Hace sólo dos años y un mes que soy ama de casa. Hago mi mejor esfuerzo. Pero el oficio sólo se nota cuando uno no lo ha hecho. Las cosas que no sé hacer (como planchar) las omito y me justifico con mi nueva conciencia ecológica. Me gusta cocinar y confieso que la alegría del hogar se llama VIVA, una lavadora de platos con dos funciones: limpiar y esconder el desorden. No sé de donde sale tanta ropa sucia, pero he descubierto que no es grave ponerse el mismo blue jean tres días seguidos. Tengo problemas para acordarme de limpiar el polvo y el día que cambio las sábanas hago la siesta. Ayer oí que una vecina lava las cortinas en cada estación, pero dado que yo nací en la Zona Tórrida, lo haré cada año. A mí las estaciones no se me dan.

Lo que más me molesta son las señoras que cantan mientras limpian el piso en los comerciales. Huelen la superficie brillante. Acarician la baldosa. ¿Por qué están tan bien vestidas? ¿Tan peinadas? ¿Acaso sólo yo hago oficio en pijama? ¿Por qué no se ponen furiosas cuando el niño riega la papilla? ¿Quién va a visitarlas a sus casas perfectas, Geoge Clooney?

Mi casa no es perfecta. El revuelto de niños de varios matrimonios, de los muebles de pino y de un ama de casa de buen corazón pero bastante mediocre, la han hecho un lugar ideal para echar motosos el fin de semana y para sentirme siempre como en mi casa.

La perfección. Las huellas.

El tipo me sacó a bailar. Tenía una cicatriz que empezaba en la frente y terminaba abajo del ojo. Era español y trabajaba para la Cruz Roja. La mezcla de las tres cosas, me hizo sucumbir. Mientras bailaba (sin ritmo) me lo imaginaba en algún rescate. Le pregunté cómo se hizo la cicatriz.

- Vamos que era un crio, y como la verdad yo soy un poco torpe, pues que casi no aprendo a montar en bicicleta. Y pues me he caído, y en el piso había un …

Cuarenta y cinco minutos de historia después, yo buscaba mi chaqueta y pedía un taxi para irme sola a mi casa. Me fui pensando que si hubiera sido una mujer la de la cicatriz, tendría un complejo insoportable y habría hecho miles de cosas para borrar la huella del accidente, como hacemos las mujeres con todas las huellas. Yo sufro con las de la maternidad a pesar de tener un hijo precioso. (Precioso porque es mi hijo.) Cremas, ejercicios, dietas. Todo. Lo confesable y lo inconfesable. Mi esposo aburrido con mi último experimento de régimen, entró hace dos noches a nuestro cuarto con una revista para mujeres en las manos.

- Acá dice que esta crema es adelgazante. Que en 10 días vas a bajar 2 centímetros. ¿Yo te la compro y vuelves a comer como antes?

No tengo corazón para decirle que esas cremas no funcionan. Como casi todos los productos de una industria dedicada a hacernos sentir imperfectas. No tenemos derecho a las arrugas. A los kilos de más. A las manchas del sol. A las canas. Pero estamos obligadas a comprar todo y a soñar con borrar el paso del tiempo, la gula del fin de año, el hecho de haber tenido un hijo.

Me consuelo pensando que las mujeres perfectas tampoco son felices. Que viven con hambre. Que tarde o temprano envejecen. Que es puro Photoshop. Que la presión es tanta que terminan haciéndose un lifting que las deja parecidas a una Barbie: siempre con la misma expresión idiota.

Pero no. En la meta esta la trampa. La meta es la perfección, no la felicidad.

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Foto retocada con PhotoShop.

lunes, 22 de febrero de 2010

La nieve

La nieve es linda cuando es de icopor y decora la vitrina de la Panamericana. De resto, es horrible. Fría. Húmeda. El cine nos engaña mostrándonos niños que hacen muñecos y abuelitas que agradecen que nevó en la víspera de navidad. Viejas locas. Postales de Los Alpes mentirosas, tratando de vender el turismo de entrenadores de sky churrísimos y rubias despampanantes. Debajo de esa capa blanca hay personas, animales y cosas que no sobreviven. Nadie es sexy con la nariz roja y un gorrito motoso.

Mi esposo me ha llevado dos veces a ver la nieve. La primera, me puso un vestido que estuvo de moda al mismo tiempo que Billi Jean. Para hacer más interesante la experiencia, tuvo a bien inventarse un camino y nos perdimos. Yo solo pensaba que afortunadamente los colores fluorecentes de la chaqueta le ayudarían a los helicópteros a encontrarnos. Cuando por fin encontramos la ruta yo juré que nunca más pisaría la nieve. Sí, como no. Hace 8 días nevó en el pueblo en el que vive mi suegra después de 10 años de no suceder y mi esposo no perdió la oportunidad de llevarnos a ver “el espectáculo”. No solo la vimos, nos obligó además a bajarnos del carro y a jugar con ella. Después de 1 hora yo ya me había caído dos veces porque la nieve se convierte en hielo, y es inevitable resbalarse. Como estábamos con los niños sacaron un trineo y todos aprovechamos para hacer el ridículo en el parqueadero del conjunto. Mi contacto con la nieve me reitera el hecho de que el invierno y todos sus accesorios van en contra de mi naturaleza. Y de que definitivamente uno hace muchas cosas por amor.

Hablando solo

Salió hablando solo del café. Sollozaba, gritaba, gesticulaba, movía las manos. No era francés y me parece cada vez más incompleta la definición “árabe”. A veces siento que “árabe” es la síntesis de “todo eso que no entiendo y todos esos que no son como yo”. Atravesó la plaza. No era viejo ni joven. Cojeaba. Más que borracho parecía enfermo. No sé si hablaba solo, o simplemente lo estaba. Como yo que lo miraba desde el carro. Hace 13 días volví y hasta hoy sentí el peso de la soledad. Me estaba haciendo la loca. Todo bien. Normal. Ya puse las artesanías en la alacena. Ya organice las montañas de juguetes y de ropa que le dieron al niño. Ya. Todo bien. Normal. Pero el hombre atravesó la plaza hablando solo. Y yo lo miraba desde el carro. Tal vez escribo para disimular que yo también he empezado a hablar sola.

lunes, 15 de febrero de 2010

Pascalito

Tú te llamabas Pascalito. Cuando aún eras un proyecto, un deseo atesorado en los corazones de tu papá y yo, jugábamos en la distancia a imaginarnos tu nombre. Un día tu papá dijo: - ¡Que se llame Pascalo de la Vega! – Y nos morimos de risa. Pero desde ese día fuiste nuestro Pascalito. Y cuando la magia hizo efecto y empezaste a crecer en mi barriga, yo le hablaba a mi Pascalito. Encontrarás tarjetas y cartas felicitándonos que te llaman de esa forma. Pero mientras yo te esperaba, tu papá estaba aficionado a jugar Age of Empires, y por esa razón quiso ponerte Alexander (Alexandre). El Grande. Te confieso que a mí no me gustaba. Pero naciste y eras enorme. Has ido creciendo y te has convertido en un macancán. Fuerte, valiente. Obviamente te queda mejor el Alexander que el Pascalito. Y como siempre en la vida las cosas son más chéveres cuando salen bien, a pesar de no ser como uno las planeó.

viernes, 12 de febrero de 2010

Tener un tío

Tener un tío que te enseñe a jugar futbol. Que te deje hacer ruido con el piano y desafinar su guitarra. Que te lleve a comprar el pan y te gaste buñuelo. Que se ría cuando estas insoportable. Que celebre cuando eres maleducado. Un tío que te lleva a jugar al parque y que pelea con las niñas cuando no te dejan entrar a su “cocina”. Que se levanta a jugar contigo a las seis de la mañana. Que corrió detrás de ti por todo el aeropuerto a pesar del calor y la multitud. Un tío como este mereció el honor de ser la primera persona a la que llamaste por su nombre: “Tati” (Santi). Tienes suerte. Tienes tremendo tío.

jueves, 11 de febrero de 2010

El taller y los pájaros.

Para ir a su casa atravesábamos la ciudad. Pasaba los días cacharreando en un pequeño taller debajo de la escalera con puerta al patio. Yo tenía la certeza de que había desarmado y vuelto a armar todo lo que lo rodeaba. Miles de tornillos, tuercas, destornilladores, martillos, pedazos y pedacitos de todo y de nada. Yo que vivía en un apartamento crecí pensando que si un día tenía una casa iba a tener mi propio taller.

La vida cambió. Lo volví a ver años después visitando a mi papá en el hospital.

Gracias al internet volvimos a encontrarnos. Hemos intercambiado mensajes discutiendo de lo divino y de lo humano. De política. De moda. De mi hijo y de su vida. A mí me gusta leerlo y a él les gusta escribirme. Y viceversa. A veces me hace reír. A veces me pone triste, no por lo que dice sino por lo que me recuerda.

Ayer me escribió contándome de los casi 100 pájaros que comen y toman agua alrededor de su nueva casa lejos de la ciudad. Me describió sus colores y sus cantos. Al terminar de leerlo me fui a dormir. Me soñé con él, con el taller y con los pájaros. No sé de qué hablábamos. Me despertó el ruido de una ventana cerrada por el viento. Me levanté al baño. Prendí la luz y vi como sobre el horrible papel tapiz de florecitas, había dibujados 5 pájaros rojos de pecho negro volando en círculos. Pensé en el bebé. Me fui a su cuarto y vi como dormía plácidamente. El alzar la mirada vi que el móvil de pescaditos tenía ahora 6 periquitos de tela, cada uno de un color. Pensé que tal vez me lo estaba soñando y volví a la cama. Al levantarme esta mañana vi como mi taza del desayuno estaba decorada con 12 pajaritos blancos de pico amarillo. En el tapete de la entrada aparecieron bordados 14 pajaritos verdes de alitas azules y pecho rojo. El tarro del azúcar tiene ahora 20 pajaritos violeta parados todos sobre el borde de la tapa. En el reflejo que hacen las plantas sobre la pared de la sala se ven dibujados 34 pajaritos que juegan entre una fuente de agua. Mientras me tomo el té del desayuno recorro la casa. No encuentro más. Saco papel y lápiz y anoto cuantos hay y donde están. En total son 101. Prendo el computador y escribo:

- Querido tío, a tu casa vienen a comer y a tomar agua 101 pajaritos. Acá los estoy viendo. Son preciosos. Gracias por mandármelos.

Mi esposo se despierta. Entra al baño. Sale, me da un beso. No dice nada. Se alista para ir al trabajo y por casualidad mira el tapete de la entrada. Ve los pajaritos bordados y me dice:

- ¿Tapete nuevo?
- Si mi amor.

Me da un beso y se va. Baja las escaleras silbando la tonada que oí en mi sueño. Me siento otra vez frente al computador y escribo:

- ¿… y los cantos? Tienes razón, son bellísimos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Sospecha

Me preguntas que he aprendido en este tiempo que llevo lejos. Aprendí que todos somos iguales. Para bien y para mal. Todos nos enamoramos, odiamos, nos enfurecemos. Todos nos ponemos simpáticos con dos tragos y patéticos con diez. Todos soñamos con ganarnos la lotería, hacemos trampa cuando hacemos dieta, envidiamos el carro del vecino. Todos fuimos niños. Peleamos con nuestros hermanos. Esperamos a alguien mirando por la ventana. En todas partes hay cínicos, sádicos, mártines, héroes, profetas y villanos. Somos tan iguales que nos esforzamos en buscar diferencias para identificarnos. Y esa búsqueda termina siendo una trampa y una mentira.

Pero también nuestros derechos son (o deberían ser) los mismos. Es tan grave la injusticia para unos como para otros. Es igual de trágica la impunidad. Es igual de dolorosa la muerte aquí o allá. Pero a menos que la desgracia toque nuestra puerta somos entes insensibles. Todo se vuelve ficción y miramos las noticias como cualquier otra emisión. La sangre es de tempera y la tristeza una actuación.

En los países desarrollados la discriminación se ejerce hacía afuera, contra los extranjeros, los inmigrantes, incluso contra los turistas. En los países en vía de desarrollo la discriminación se hace hacia adentro. Es social. Hay gente y gentecita. Gente de bien y la otra gente, generalmente la que tiene opiniones políticas opuestas a las propias. El primer mundo se hizo rico, en parte, porque hizo mercado en otros países y no pagó la cuenta. En el tercer mundo los ricos, se hacen más ricos, porque se usufructúan de las diferencias sociales y de los gobiernos corruptos: salarios mínimos miserables, impuestos convenientes, exenciones oportunas, legislaciones a la medida.

Creo que no he aprendido nada nuevo. Sólo tuve nuevas pruebas de algo que sospechaba.

viernes, 29 de enero de 2010

Jugo de curuba. Desde Bogotá.

Uno se va. Cambia. Se adapta. Se hace una armadura. Escoge que olvidar y que recordar. No piensa en muchas cosas. Adquiere hábitos. Nuevas manías, vicios y costumbres. Se da permiso de seguir haciendo algunas cosas a la colombiana. A veces pone a Carlos Vives. A veces lee los periódicos por Internet. Pero uno sabe que para que la tristeza no gane, esas cosas no deben ser el centro. Entonces arma en el corazón un compartimento, donde guarda todo eso que uno era. No deja de ser, pero deja de estar.

Pero un día vuelve y todo lo que ama, lo que odia, lo que adora, lo que no sabía que extrañaba lo atropella. Lo acosa. Lo abraza. El viaje se vuelve un revuelto de emociones que van de desde el dolor de muela hasta el éxtasis pasando por la alegría, la nostalgia, la pena. Maldita sea. ¿Cómo es que puedo vivir sin el jugo de curuba? ¿Cómo es que puedo pasar meses sin conversar contigo? ¿A qué horas se crecieron estos niños? ¿Por qué diablos no pasan por la cebra? ¡No, no me pongas noticieros colombianos! ¿Se acabó La Piazzeta? ¿Te acuerdas de ese almacén que quedaba en la esquina? Lástima, cambiaron el menú. ¿Ya no viven ahí? ¿En serio? ¡No, qué injusticia!

Percibe el cariño firme a pesar del tiempo y la distancia. El peso de sentirse abandonado. La carga del que se queda. La incertidumbre del que queriéndose ir no lo ha hecho. La envidia de los que están convencidos de que afuera todo es mejor. La pereza de volver a quererse para tener que despedirse. Otra vez. No me acordaba que te quería tanto.

Uno vuelve y narra su cuento. Donde vive. Cómo. Qué hace. Repite anécdotas. Trata de explicar eso que aún no ha entendido. Que es lo mismo pero diferente. Que no es mucho más feliz. Que allá, en el nuevo hogar que trata de construir, también le da gripa, también hay que subir el mercado, también se aburre, también se cansa. Compra artesanías que nunca habría volteado a mirar si viviera en Colombia. Arma su maleta y se va. Otra vez. No me acordaba que te extrañaba tanto.

jueves, 21 de enero de 2010

Ruido. Desde Bogotá.

En Bogotá he vuelto a encontrar el ruido. Ruido sordo o blanco. Ruido de trancotes, de insultos, de gritos, de carcajadas, de pitos, de sirenas. Ruido en todas sus formas. Lo extrañaba. Chirimía de retahílas mezcladas con música y alta voz. Invitación de almacenes, de mercados, de prostíbulos. Sexo, drogas y reguetón. Chicas. Chicas. Si no puedes contra ellos confúndelos, o en su defecto déjalos sordos. Máquinas que martillan a lo lejos. Copetones que cantan en mi ventana. Lluvia, brisa, llovizna, ventarrón. Gente que habla duro en los restaurantes de moda, por si no habíamos notado que estaban allí. El ruido que hace la llave en el portón de mi casa. Los oigo a todos al mismo tiempo. Conozco como debe sonar cada hora del día, según el día de la semana y el mes del año. No me molesta, aunque a veces no oigo ni lo que pienso, y por consiguiente no entiendo ni lo que escribo.

sábado, 16 de enero de 2010

Pecados de omisión.

No llamar. No preguntar. No comentar. Me preguntaste porque no te quería si tú nunca habías hecho nada. Como quererte, me pregunto yo. Pereza. Desaliento. Dejadez. Desamor. Mi abuela decía que se peca por lo que se dice y por lo que se deja de decir. Prefiero yo los pecados capitales, la ira, la gula, la lujuria. Pecados de exceso y no de ausencia. El que no firma el acta, el que no manda el fax, el que no contesta el mail. El que te ve morir. El que no te abre la puerta. El que no recoge. El que no cierra el frasco. El que nunca dijo lo que sentía. Expedientes que se pudren sobre un escritorio. Trámites inconclusos. Poder malsano: no hacer nada por nadie. Si al menos hubieras dicho algo, no habría sentido culpa por no quererte.

lunes, 11 de enero de 2010

La foto. Desde Bogotá.

Sacar una foto de Bogotá. Una muy buena. Una que la describa, que la represente, que la merezca. Una foto que no caiga en el cliché, ni en la porno miseria, ni en el falso lujo de los yupies del tercer mundo, ni en el facilismo de los edificios de ladrillos anaranjados sobre las montañas, “más cerca del cielo”. Una foto que le haga justicia, ciudad grande, absurda, infinita, siempre en obra, siempre en movimiento. Ahora que vuelvo te entiendo más, te quiero más, te temo más. Yo no te quiero perfecta, ni inmaculada, ni virgen. Yo te amo así: con historia, con pasado, con mancha. Y sigo pensando en la foto. Pasan frente a mí los niños de algún jardín, agarrados unos a otros de sus delantales de cuadritos para atravesar la calle, mientras una volqueta pita enfurecida, esperando agilizar su paso. Un payaso promociona algún almorzadero y se acerca para saludar a mi hijo. Hordas de mujeres que usan pantalones una talla inferior a la de sus caderas. Yo busco y busco. El chontaduro para el amor. 100 gafas oscuras para la venta sobre un plástico amarrado a un poste. Un millón de personas que sale de las oficinas para almorzar a medio día. Otro millón que calienta lo que trajo de la casa. Edificios coloniales, republicanos, constructivistas. Casas que crecen un piso cada vez que hay con qué. Antiguos cinemas que hoy son centros de culto. Perros callejeros. Parques. Grafitis. Vallas políticas. Bibliotecas. Parques. Domingo de bicicleta, pincho de caballo y mazorca negra. Pasto verde. Copetón. Paloma. Tomo y tomo fotos. Nada. Parecen pedacitos de un espejo roto. Tal vez deba desistir. Ingenua yo reducirte a una foto.

18 horas

18 horas de viaje y llegaste sonriente. Hyeres – Marseille – Paris – Bogotá. Tranquilo y feliz. Disfrutaste del viaje. Me miraste aterrado en los despegues y los aterrizajes, pero luego sonreíste para que yo no me asustara. El viaje fue mucho más agradable porque estábamos juntos. Pensé que me iba a enloquecer y por el contrario, gracias a ti, hablé con muchas personas y otras muchas nos ayudaron con coche, maletas, teteros y juguetes… Un azafato te dio paleta y te sentó en sus piernas para que yo descansara. Del cielo nos cayeron unos abuelitos que nos ayudaron en inmigración mientras yo hacía los trámites. Aprendiste a ponerte los audífonos y oíste música por casi una hora. Comimos sanduches y papitas de paquete que habíamos empacado desde la casa. Antes cuando viajaba sola a ver a tu papito, odiaba las horas de avión y las filas de aeropuerto. Contigo todo me parece nuevo, te muestro, te cuento, te explico, no pienso en mi y esa es tal vez la mejor forma de sentirse mejor.

Y si en el viaje te portaste como un príncipe, el Bogotá has sido el rey. Has comido papitas criollas, morcillas, chorizos, arepitas, plátanos rellenos de bocadillo. Hemos salido por las mañanas, atravesamos el conjunto, compramos el pan y nos devolvemos compartiendo un roscón. Me acompañas a comer Sushi con los amigos de mi pasado remoto y siempre logras que terminemos jugando contigo en algún parque. Has corrido por todos los centros comerciales, mientras tu tío “Tati” (Santi) te persigue muerto de risa. Bailas en la puerta de todos los almacenes donde ponen música estridente y te miras al espejo las luces de los tenis. Te has puesto de ruana todas las reuniones a las que hemos ido. No te afecta el cambio del clima o el de horario. Duermes igual de bien en la camita que te compró tu abuelita, como en la que tienes en la casa. Siempre te levantas tan contento. Me miras como diciendo: “¿Qué vamos a hacer hoy?”. Yo te respondo con un abrazo: “Estar juntos y ser felices mi amor”.

miércoles, 6 de enero de 2010

Desde Bogotá. Plaza de mercado.

Plaza de mercado generosa llena de olores y colores. Comer mandarina mientras escojo las frutas. Regatear. Conversar. Comentar. Buenas vecina. Lleve la docenita. Sólo con entrar siento hambre, ganar de cocinar, de comer. Mundo imperfecto y mágico. Regalo de la tierra. Alverjas desgranadas que nunca estarán en una lata. Arepas, harinas, almojábanas, panelitas, bocadillos. Hierbas para la tos. Remedios para el mal de amor. Quereme. El encime. La ñapa. Córtemela en filetes pero déjeme el gordito. Tiempo sin verla sumercé. Papitas criollas, de las chiquiticas, de las que cocino y luego frito y me como con un aguacate. Huevos de doble yema y cáscara dura. Cilantro, calditos que curan la gripa y las penas. Jugos de curuba, de guanábana, de mango. Ensaladas de fruta monumentales. Longaniza en canasto. Si pudiera te llevaría conmigo.

Desde Bogotá. El tráfico.

Las personas mas buenas y generosas se transforman en bestias furiosas atrás de un volante. Podrían compartir el pan de su mesa, pero no ceder el paso. Los taxistas son guerreros salvajes que se abalanzan sobre la vía, la dominan, la marcan. Los camiones, los buses, lo automóviles, todos son tanques de una guerra contra todo y contra todos. Si bien la ciudad crece y las obras en cualquier otro lugar serían sinónimo de progreso, acá son un castigo y el motivo de la ira. Un obstáculo a vencer. Las señales de tránsito son objetos decorativos, inertes, sin función alguna. Los peatones son acróbatas que saltan entre los tanques. ¿La vida? Qué importa la vida. El papá más dedicado no tendrá reparo en dejar sus hijos huérfanos saltándose un semáforo o atravesando la calle burlando las cebras. Cuánta de esta gente irá al médico, hará dieta, leerá, irá a misa, pedirá perdón por sus pecados, amará a sus hijos, hará deporte, intentará tener su propia casa… tal vez todos, pero también todos estarán dispuestos a perder la vida si eso implica dejar que el otro pase primero.

Desde Bogotá. Los cambios.

Todo cambia. No. No todo, algunas cosas siguen iguales. Pero volver es un extraño ejercicio de inventarios de lo que sigue igual, de lo que varió, de lo que se movió, incluso de lo que desapareció. Solo hace dos años que me fui de esta ciudad y ya soy extranjera. Efecto perverso. También soy extranjera allá. De ambos lugares se muchas cosas, pero de ninguno lo se todo y en los dos soy una especie de bicho raro.

Los días de sol en Bogotá son tan lindos, tan brillantes. Me acuerdo que cuando era niña nos acostábamos en el pasto y si no había una sola nube en el cielo, pedíamos un deseo. En mi vida todos mis deseos se han cumplido de formas extrañas, así que desde hace años cuando tengo la oportunidad de pedir uno, solo repito: “Que todo salga bien”.

Los amaneceres en Bogotá son helados. Estamos resfriados y dormimos con saco y medias. Este frío lo recuerdo, sigue igual.

Los atardeceres siguen siendo tristes. Pero la tristeza se acaba al llegar la noche.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Gracias

Si alguien lee los primeros post publicados en este blog, se dará cuenta que yo empecé a escribir porque sentía que me estaba desapareciendo. El hecho de no ser ni francesa, ni árabe y de vivir en un pueblito muy elegante del sur de Francia, me dio la sensación de haberme vuelto transparente, invisible. Aislada en medio de la gente, sin hablar la lengua, sin amigos, habiendo dejado todo y a todos, sólo tenía a mi esposo que constantemente esta en misiones de entre una semana y tres meses. También tenía un bebé para cuidar, al que debía procurarle una vida feliz. Entonces para existir, para dejar un registro de mi experiencia y una prueba de mi existencia, empecé a escribir semana tras semana. Les mande enlaces a algunos familiares y amigos buscando consuelo. Le mandé los textos a mi mamá para que me corrigiera la ortografía. Y dado que el blog esta en internet hubo gente que me encontró por azar. Entre ellos hubo personas que se tomaron el trabajo de escribirme, que me mandaron comentarios, críticas, palabras de aliento. Sin saberlo esas personas han sido como un cable a tierra. A esas personas les debo mucho. Esos mensajes son mi tesoro. Esas personas saben que yo no desaparecí, que solo cambié. Que no soy la misma, pero que sigo igual.

Yo no soy una escritora. No soy coherente. Me contradigo. “Así como digo una cosa digo otra”, como sentencia sabiamente la Chimoltrufia. Pero escribir organiza mis ideas y descongestiona mi alma. Y afortunadamente existe gente que lee lo que escribe mi corazón a pesar de que no sea un experto en sintaxis o gramática. A todos ellos muchas gracias.