sábado, 22 de enero de 2011

3 años

Este febrero cumplo 3 años de vivir en Francia. Las fechas son una extraña contabilidad que hace el corazón para medir en cantidades inexistentes lo incuantificable. Aunque trato de evitarlo hago balances, me pregunto que habría hecho y que no, y como en una historia que venía en el Tarot de Osho, lo que un día se ve como un hecho afortunado, al siguiente se ve como un fatídico error.

Me pregunto qué he aprendido en estos tres años. A qué le he dedicado más tiempo. Qué he descubierto. Sin querer sonar como una “Susanita”, tal vez es la maternidad, la que en mi inútil balance, se lleva todos los premios. Aclarando que estoy lejos de ser una mamá perfecta, que sufro debido a mi evidente descoordinación, a pesar del hecho de no ser alguien dotado físicamente para correr 2 horas en un parque, de añorar las épocas en que podía ir a cine o conversar con mis amigos, aclarándolo todo, este es el amor que pone las cosas en la justa proporción, que consuela, que mejora, que equilibra.

Gran parte del tiempo que no le dedico a ser mamá lo he invertido en aprender francés de supervivencia. Cosa distinta a aprender francés en la Alianza Francesa para darse algo de caché. Años de gramática, pronunciación y conversación, difícilmente facilitarán que con la cocina inundada, usted a través del teléfono le explique a un plomero impaciente que el sifón del lavaplatos se tapó y que eso hace que el agua sucia se devuelva por el conducto de la lavadora de platos. Recordándole al amigo lector que la palabra “lavaplatos” no es ni parecida a la palabra “lavadora de platos” en tan sofisticada situación. Los idiomas son un problema de contexto, de expresiones idiomáticas cocinadas lentamente, nutridas de historias y personajes, modificadas por la publicidad o el cine, frases de canciones llenas de significado que no están incluidas en ningún libro, intraducibles en su sentido con un diccionario. Luego estará el problema del acento, que como un tatuaje marcará siempre todo lo que se diga y la forma en que esto sea interpretado, porque una cosa será llamar al plomero con un acento parisino y otra muy distinta con este cacareante acento bogotano, que me da el aire de estar siempre desesperada. Idioma que hablo, leo, en el que veo la televisión, en el que empecé a entender las metáforas, el cinismo y la ironías, en el que me puedo reír de algunos chistes, pero que me parece arcaico. No entiendo aún como ha habido científicos con una lengua que se me antoja tan inexacta, tan sujeta a una pronunciación melcochuda y llena de excepciones. Si no, dígale al profesor de la Alianza que le enseñe a pronunciar “ácido desoxirribonucleico”.

También me he dedicado a desmitificar este primer mundo donde todo es sofisticado menos sus ciudadanos. Flojos, ignorantes y perezosos, abandonados de la imaginación, sin motivaciones ni pasiones, estos países son los cementerios de los elefantes donde todos esperan envejecer para luego morirse. Habiendo, eso si, disfrutado de 30 o 40 años de pensión. Pasan de niños a ancianos sin haber sido adultos. Liberados de la responsabilidad de su destino, el estado les dirá que pensar, que sentir, que hacer y siempre se preguntarán el motivo de tanta insatisfacción.  Y mientras el mundo consume sus autores y engulle su cultura, ellos pasarán la vida sin haber puesto el pie en un museo, sin haberse leído un libro, nutridos de quesos, panes y vinos, y apelando “exótico” a todo aquello que no son capaces de entender o respetar.

Tristemente, también, el destino me ha mostrado como mi sabia amiga Jessica Colmenares tenía razón  y si uno quiere conocer una familia peor que la de uno, tiene que casarse. Si en su país de origen su familia política tendrá siempre una excusa para no quererla como el barrio en el que viven sus papas, el hecho de que usted no fue a la universidad, o el hecho de que si fue, que usted es gorda, que usted es flaca, que su mamá es divorciada, que sus papas aun no se han divorciado, etc., etc., Su condición de extranjera le da no sólo nuevos matices sino múltiples posibilidades. Usted no entiende nada o lo entiende todo al revés. Usted no habla la lengua, usted habla la lengua pero con acento, usted ya no habla. Como hacen ellos para saber como discriminarla cómodamente si no saben quien es usted a parte de que viene de un país (más) pobre. El problema radica en que al principio al no entender el idioma usted solo interpretara los gestos, con el tiempo algunas palabras, para finalmente convencerse que en contra de todos los pronósticos, si existía una familia peor que la suya.

Pero si en este punto usted esta diciendo: “pobre, debería devolverse”, hoy confieso que  la soledad, la dificultad y la intolerancia han hecho de mi una persona mas fuerte.  Puedo contar entre mis nuevas virtudes la capacidad de adaptarme a cualquier circunstancia, se me han quitado todos los complejos tercermundistas y tengo la certeza de ser mejor que muchos de los que me rodean.  Me he vuelto una persona agradecida porque he visto las dos caras de la humanidad y eso que yo soy me enorgullece. Lo he descubierto a un costo muy alto, pero ha valido la pena.

3 comentarios:

Scarlet O´Hara dijo...

qué te puedo decir, alma gemela?
puedo hacer un copy paste de el post completo?
tengo uno muy similar en elaboración.
Te entiendo, te acompaño.

Anónimo dijo...

Felicitaciones plasmaste lo que uno siente estando aqui, y es cierto lo que uno gana es la fuerza de caracter, de no dejarse por la gente y de continuar a creer en uno mismo. Lo dificil de estar aqui es de dejarse influenciar de la negatividad y de que nada es posible. Pero cuando uno no lo cree uno logra cosas inimaginables Buena suerte y mucha fuerza
Di

Ha! (^___^) dijo...

uff, wuau, te dejo de leer un tiempo y cada vez que vuelvo me sorprendo, ...si cada vez un poco mas sabios.
Te cuento consegui el disco de "Andre Manoukian" y la version de "what a wonderful world" es hermosa.