jueves, 6 de agosto de 2009

Habas

Yo no me quejo. Por lejos que uno se vaya, siempre hay alguien que lo acompaña: uno mismo. La habilidad de ser feliz, de adaptarse, de cambiar, de mimetizarse… Es la misma aquí o allá. Uno se va con lo que es y en la medida que se administre, logra estar bien la mayor parte del tiempo. Yo vivo en un pueblito lindo (a veces demasiado lindo para mi gusto, y también demasiado pueblito), tengo un esposo chévere, un niño al que adoro, desde mi balcón se ve el mar. Pero obviamente vivo partida en dos. Extraño cosas, personas, lugares y tengo miedo de que al volver ya no existan o hayan cambiado. Me extraño también a mí misma, o a la que era, pero eso no quiere decir que la nueva yo, no me divierta: Si antes era despistada, si antes tenía un humor negro y oscuro, si antes lloraba por cualquier cosa, eso sigue estando ahí, pero el cambio de escenario genera resultados inesperados. La conciencia de mi despiste me ha hecho volverme ordenada y un poco más cuadriculada. Mi sentido del humor es peligroso y si a mis amigos de antes los divertía, a mis nuevos amigos los asusta. Y llorar por todo, se redujo a tener ganas de llorar y aguantárselas para no asustar a mi niño o al menos para no contagiarlo de nostalgias ajenas.


Me volví ligera. Viajo liviano. A veces salgo sin maquillaje. Uso ropa de promoción. Ya no tengo estrato. Ya no soy ex alumna de ninguna parte. Ni socia de nada. Ni VIP, ni millas, ni puntos. Ahora soy inmigrante pero eso sólo lo siento a veces en los trámites o con alguna cajera impaciente. Un día soy invisible, transparente; y al siguiente me siento como un papagayo en una reunión de osos polares.

No soy ni más ni menos feliz. La vida no es una película gringa que se resuelve con un beso a contraluz. La felicidad no tiene nada que ver con vivir en el Primer Mundo. En las autopistas de 10 carriles no hay puestos de mazorcas. A veces la civilización es más inhóspita que el desierto más seco. Acá no hay misceláneas, ni servicio a domicilio, ni aguacates en el semáforo. Y muchos dirán que esas cosas son sintomáticas del subdesarrollo, que son una vergüenza, que no vamos para ninguna parte. Algún imbécil nos dijo que lo que somos no era suficiente. Algún atrevido nos trató de narcotraficantes y no mencionó que cada país tuvo su historia y sus tragedias. Acomplejados no preguntamos cuantos Nazis había en sus familias, si sus tíos bombardearon Hiroshima, si sus antepasados traficaban con esclavos, o si deforestaban las selvas.

A mí que me muestren un país sin suegras, sin intolerancia, sin racismo, sin hipocresía. Sin empleados públicos intransigentes. Sin ancianos solos. Sí, es verdad, acá los niños no se mueren de hambre, pero el origen de esa riqueza es el oro de alguna colonia, o los diamantes de sangre o el buen negocio de las armas y la guerra.

Yo no soy ni más ni menos feliz. Yo sólo miro cómo se cuecen las habas de aquí y de allá. Ni mejores ni peores. Solo habas.

Artículo especial para Conexión Colombia.

3 comentarios:

Olji dijo...

Vas por magistral Angelita!!! Me encantó.

Paula dijo...

En las autopistas de 10 carriles no hay puestos de mazorcas... asi de simple,
buenisimo!!!!

Elvira dijo...

IMPECABLE!
:)