lunes, 10 de agosto de 2009

La calidad

Calzoncillos y esqueleto blancos. Poco a la imaginación. Así se vestía a este hombre blanco de ojos y pelo negro con el que muchas, muchísimas se portaron mal. Sin importar los 8 grados centígrados promedio de las noches bogotanas, el llegaba cada noche del trabajo, se quitaba el vestido negro, la camisa blanca y la corbata de seda de algún color rechinante. Fuera quien fuera a su casa lo recibía en calzoncillos. Nunca se supo muy bien en que trabajaba y a sus espaldas le decían “el contrabandista”. Debía ganar mucho dinero para poder mantener a su esposa, a su mujer, a su mujercita y a su exesposa. Y a los 9 hijos que tenía repartidos entre ellas. Tuve la suerte de estar entre sus afectos por ser amiga de su hija consentida. Si alguien nos pegaba, nos molestaba, nos quitaba la cicla, corríamos donde él llorando, se asomaba a la ventana y miraba al implicado sin decir palabra, pero le daba a entender: “Te estoy mirando y se dónde vives pendejo”. Hasta ahí les llegaba la valentía.

Yo lo quería mucho por eso y porque en su casa aprendí a bailar salsa. Hombre de pocas palabras que se hacía entender. Cuando tenía algún problema con Jhonatan, uno de sus hijos calaveras, le decía: “¿Qué se le dijo Jonatancito? ¿Qué se le dijo?”. Era claro que le había dicho y lo que él no había hecho. Alguna vez me pidió que le ayudara a redactar unas cartas y para agradecerme dijo: “La calidad, mija, la calidad.” No podía existir un mejor cumplido.

Pero lo mejor eran sus amenazas. Perfectas. Cortas. Elocuentes. Como deben ser las amenazas. Sencillas. Mínimo de palabras, máximo de impacto. Nunca olvidaré esa noche. La administradora del edificio venía a amenazarlo con quitarle el parqueadero, porque estaba colgado en dos cuotas de administración. Había amigos de la señora colgados en más 20 cuotas. Pero a ella le dolía no estar entre sus afectos. La escucho 20 minutos de cantaleta, en calzoncillos y sin musitar palabra. Cuando ella terminó dijo: “Mi señora, usted haga lo que tenga que hacer, que yo hado lo que tenga que hacer.” Ella abrió los ojos y él cerró la puerta. Ella no hizo nada y él se puso al día unos meses después.

Siempre que hago este bendito trámite pienso en él. Esta señorita me mira como si me estuviera haciendo un favor. A pesar de que atenderme es su trabajo, me dice hipócritamente condescendiente que va a mirar que puede hacer, a sabiendas de que mis papeles están correctos. Y yo me pregunto cómo se dirá en francés: “Usted haga lo que tenga que hacer (…)”. Pero como sea, mañana mismo lo averiguo.

1 comentario:

Lea Mackay-Mejia dijo...

Me encanto este post, como todos, Angela! Ahora ando diciendome, 'La calidad, mija, la calidad.' Tienes un don para despertar todas mis nostalgias de los personajes eccentricos que conoci en Colombia. Gracias y felicitaciones por este blog que cada dia adquiere mas seguidores. ; )